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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

El Baúl.

El regreso.

El regreso.

Es curioso cómo me sorprendo a mí misma regalando un pensamiento a rostros y voces que no conozco. Dedicándoles una sonrisa que nadie puede ver.

Porque ayer, mientras me escondía en las sombras, sintiendo el frío de una noche que amenazaba con ser invernal, una vieja amiga vino a saludarme.

Y me dijo:

- Óyeme, ya no estoy vacía, tengo un alma, soy. Vosotros lo habéis logrado.

Y mientras yo escuchaba esas palabras en forma de sordo rodar, sonreí repasando nombres que no han sido impuestos y susurré: "La lata...."

Una sensación parecida.

Una sensación parecida.

"¡Dí Pamplona, corre, dí Pamplona!" "¡Pamplona!", y los trocitos de rosquilla caían en delicada lluvia silenciosa por toda la cocina. "¡Ahora dí Parapente!" Y las carcajadas se desgranaban, alegres, cantarinas y se pegaban a las paredes y a mis oídos. Risas inocentes que ascendían a lo largo de la garganta y se escapaban a través de la boca sin perjudicar, saliendo disparadas para estallar, como lo hacen los fuegos artificiales, y quedarse grabadas para siempre en el recuerdo. Y avanzaban por el pasillo, por el suelo, se hacían más más vivas, chorreaban por el patio interior, iluminando sus paredes ennegrecidas con el brillo de la despreocupación y un sentiiento compartido. Cuatro voces que danzaban juntas, saltimbanquis, nerviosas, queriendo ser, juntas, de la mano.

Y me parece casi imposible que algo que rezuma tanta felicidad, pueda ser recordado con tristeza.

Conmigo misma.

Conmigo misma. - Estás escriibendo sobre la lluvia, ¿verdad?
- Sí.
- Y sobre lo gris y blanco que hoy está el día.
- Sí.
- ¿Sabes lo plagado que estarán hoy los blogs de lluvia y días grises?
- ¿De gente que viva aquí?
- De gente que viva en cualquier ciudad en la que esté lloviendo. Y sé palabra por palabra en lo que se va a convertir tu texto, el texto de todo el mundo.
- ¿ah sí?
- Si. Se llenará de hojas que aspiran a ser doradas, de la madera mojada de los bancos, de los charcos que están naciendo, del ladrillo oscurecido por el agua.
- ...
- De la piel erizada y el gesto de volverte pequeña bajo el jersey. De un cielo al alcance de la mano, blanquecino y desgarrado. Del recuerdo de katiuskas y trenkas rojas.
- ...
- Seguro que no faltarán unas manos frías a las que nadie sujeta para darles calor, ni el aluminio empañado de la ventana. Tampoco la hierba muerta de color marrón. Ni el brillo de la tierra que se pega a los zapatos porque quiere formar parte de algo menos infinito.
- A veces llego a odiarte.
- No lo hagas. Solo pretendo ayudarte.
- ¿Sabes lo que no has mencionado?
- No, ¿qué?
- Pues - sonrío - Paraguas.
- Lo vas a escribir de todos modos, ¿verdad?
- No, no lo haré.

Epiphania.

Epiphania.
Se paró en seco. Su carrera frenética por entre las hierbas,dando vueltas y vueltas alrededor de aquella figura de hierro, levantando polvo con sus sandalias de goma, terminó de repente. Como si se abriera un abismo ante sí. Todavía con una mano en el metal ahora caliente, encogió los dedos e intentó refugiarlos entre las tiras de sus zapatillas, como en un acto reflejo de protección.

A unos centímetros de sus pies, se encontraba una culebra. No sinitó miedo. La culebra yacía reventada, mostrando al mundo entero su interior rosado y blando. Estaba cubierta de tierra marrón, que se humedecía al contacto con el cadaver, tornándose aún menos viva que nunca. Las hormigas acudían en ordenada tropa y entraban y salían del vientre abierto del reptil, como si no fueran conscientes de a qué se debía el umbral que atravesaban. Lo que le parecieron centenares de moscas, grandes, de reflejos verdes y amarillentos, se posaban unos segundos en aquel amasijo sin forma concreta, urgaban con sus sucias patas, y volvían a levantar el vuelo. Se estremeció al pensar que una sola de esas moscas pudiera llegar a rozar su propia piel.

Todavía escuchaba las risas a su alrededor de sus compañeras de juegos infantiles. Hacía calor y el ambiente ahora estaba tan cargado que casi se le hacía insoportable. Esucuchó su nombre un par de veces, pero no levantó la vista.

Se acaba de enfrentar por primera vez a la realidad de la muerte.

Encuentros y desencuentros.

Encuentros y desencuentros. Camino entre una mezcla de barro, luces, músicas y olores indefinidos que se extienden en forma de humos de diferentes densidades. El viento debería soplar frío, pero ha decidido quedarse inmóvil.
Me acerco decidida a un puesto pequeño, separado del resto, con un aire como de benjamín inexperto.
Según avanzo comrpuebo como el hombre que está detrás de las sortijas, pentiendes y cacharrerías varias, me mira con una expresión curiosa, como se mira a un conocido al que estás a punto de saludar.
Al acercarme más, exclama ¡oh! y me dice: "Llevas algo de mi país en la cara". Señala la piedra falsa de color azul en forma de lágrima que llevo adherida a mi frente. Yo la acricio con mi dedo índice y él asiente. "¿Sabes lo que significa?". Le brillan los ojos como a los niños los días que nieva. "no" le digo sonriendo. "Lo llevan las jóvenes que se van a casar. Las pobres lo pintan" Me contesta. Yo digo ¡oh! y él pregunta de nuevo: "¿Tú ya estás comrpometida?", "no" y hago una pausa. "Lo llevo porque es bonito". "Es bonito, sí, es de mi país" vuelve a decir él, sonriendo, nervioso, balanceándose sobre las puntas de sus pies.
Yo sigo mirando sus ojos y su naríz, que ahora apunta en todas direcciones, buscando algo, mientras mi acompañante finge estar distraída y no haber oído nuestra conversación.
Al fín, el hombre levanta triunfal la mano y luego me la alarga: "toma" me dice mientras pone entre mis manos un anillo de madera, en forma de espiral, delgado, rugoso a causa de unas pequeñas incisiones a lo largo de todo su diámetro. "Toma. Es un regalo. Por ser bonito". Yo miro el anillo, me lo pongo y le doy las gracias. Me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.
Me despizo y arranco a andar, mirando al frente, sin hacer caso de los ojos inquisidores de mi acompañante.
A él no le volví a ver, como al anillo, que perdí una noche que me lo quité para dormir en una casa que no era la mía.

Encuentros y desencuentros.

Encuentros y desencuentros. Camino entre una mezcla de barro, luces, músicas y olores indefinidos que se extienden en forma de humos de diferentes densidades. El viento debería soplar frío, pero ha decidido quedarse inmóvil.
Me acerco decidida a un puesto pequeño, separado del resto, con un aire como de benjamín inexperto.
Según avanzo comrpuebo como el hombre que está detrás de las sortijas, pentiendes y cacharrerías varias, me mira con una expresión curiosa, como se mira a un conocido al que estás a punto de saludar.
Al acercarme más, exclama ¡oh! y me dice: "Llevas algo de mi país en la cara". Señala la piedra falsa de color azul en forma de lágrima que llevo adherida a mi frente. Yo la acricio con mi dedo índice y él asiente. "¿Sabes lo que significa?". Le brillan los ojos como a los niños los días que nieva. "no" le digo sonriendo. "Lo llevan las jóvenes que se van a casar. Las pobres lo pintan" Me contesta. Yo digo ¡oh! y él pregunta de nuevo: "¿Tú ya estás comrpometida?", "no" y hago una pausa. "Lo llevo porque es bonito". "Es bonito, sí, es de mi país" vuelve a decir él, sonriendo, nervioso, balanceándose sobre las puntas de sus pies.
Yo sigo mirando sus ojos y su naríz, que ahora apunta en todas direcciones, buscando algo, mientras mi acompañante finge estar distraída y no haber oído nuestra conversación.
Al fín, el hombre levanta triunfal la mano y luego me la alarga: "toma" me dice mientras pone entre mis manos un anillo de madera, en forma de espiral, delgado, rugoso a causa de unas pequeñas incisiones a lo largo de todo su diámetro. "Toma. Es un regalo. Por ser bonito". Yo miro el anillo, me lo pongo y le doy las gracias. Me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.
Me despizo y arranco a andar, mirando al frente, sin hacer caso de los ojos inquisidores de mi acompañante.
A él no le volví a ver, como al anillo, que perdí una noche que me lo quité para dormir en una casa que no era la mía.

No quiero hablar del eclipse. No quiero hablar de la entrada del otoño. No quiero hablar de la última vez que he sonreido ni de bolsas que quieren ser cometas e intentan atrapar miradas, ascendiendo en el cielo. No quiero hablar de libros ni de poemas. No quiero hablar de la canción que estoy escuchando. No quiero contar a quién echo de menos ni a quién temo volver a ver. No quiero nada de eso. Solo quería equilibrar la balanza. He escrito textos sin título. Ahora quería un título sin texto.

.

Estaba por escribir un momento lúcido de aquel coche rojo que aparcado sintió como una lata que rodaba se estrelló contra su neumático. Estaba por narrar cómo sintió por primera vez un contacto puramente casual sin pretensión de ningún tipo. Estaba por explicar que experimentó en un instante piedad, amargura, amor, cariño, ilusión, emoción, excitación, alegría, pena, frustración, envidia, perplejidad, naúsea, remordimiento y pasión.

Pero no lo haré.

Después de observar las paredes detenidamente, intentando no desviar la vista hacia aquello que sonaba a través de la ventana, cerro los ojos y dijo en voz alta: ¿Es posible echar de menos algo que nunca tuviste? Y sonrió en voz baja, porque sabía la respuesta.

Es el lento despertar de un sueño que me hubiera gustado estirar como el chicle. Volver a tener que hacer esfuerzos por creer en algo que pude llegar a creer a pies juntillas. El regreso a la duda ante a cosas que, francamente, me importan un bledo.

Pero también hay algunas huellas que no se borran.

...

... A veces las palabras se atragantan en la boca. Intentan salir, abrirse paso desde donde han sido pronunciadas hasta ese momento glorioso en el que el aire en el exterior produce un sonido que se derrama, esperando ser interpretado. Si eso no ocurre, las palabras tienen un corto periodo de vida, y perecen asfixiadas luchando por ser oídas. Las razones por las que esto sucede son muchas. La mayoría de las veces conscientemente no las dejamos estallar en el exterior, así que implosionan y son olvidadas.

Con los deseos ocurre lo mismo. Cuando no se permite que un deseo se inflame y explote, acaba por morirse. Y un deseo muerto dentro de nosotros pesa mucho más que una palabra que se ha desintegrado.

Hola de nuevo.

Hola de nuevo. Porque hoy me he encontrado de nuevo con ella. La rutina cara a cara. Y a los lados. Y tras de mí.

La rutina hoy olía a lluvia de broma, a goma quemada, a metal, a perfume barato y a sudor. Olía a tierra aplastada y a humo. También a lejía, amoniaco y a libros viejos llenos de polvo.

Hoy me decía al oído algo que sonaba como un pájaro mudo. Un estruendo y un agudo arañadzo. Cambiaba tan rápidamente de idioma como de registro y me era difícil comprenderla. Hoy no ha cantado. Me ha faltado eso.

Lucía un vestido gris que tornaba al negro para luego cambiar al azul y amarillo deslumbrante. Pero como casi siempre, me la he encontrado vestida de largo, mirándo con sorna mis brazos descubiertos y mi piel erizada por sus caricias frías. Su vestido volvió a cambiar al ocre al mismo tiempo que el calor volvía a sus manos.

La rutina hoy sabía a café caliente. Me lo he tomado a su salud, porque al fín y al cabo, encontrarme hoy con ella me ha hecho sentir...

La imagen sin imagen.

La imagen sin imagen. Sé que en el cuarto piso de un bloque de la calle de atrás, están viendo la misma serie televisiva que se ve en el comedor de mi casa. Las luces cambian y titilan a la vez, ofreciendo un resplandor inquietante. Los mismos diálogos pero, quizá, recibidos de una manera diferente.

Sé que en el primer piso del portal contíguo, también están mirando lo mismo en el televisor. O tal vez se hayan quedado dormidos sin prestarle ninguna atenicón.

Sé que en el bajo de un edificio de la misma calle, ven otro programa diferente. Más pausado, más calamdo, y en el primer piso de enfrente se acaba de hacer la oscuridad total, que suena a sueño pero no a descanso.

A través del patio, la luz de una cocina delata presencia. A mí solo me ilumina la bombilla del frigorífico y bebo agua mientras pienso en un vecino de 18 años al que suele acompañar en coche un amigo que no se marcha hasta que ha cruzado a la seguridad del portal.

Y por la mañana todos volveremos a ser desconocidos.

La ciudad por la noche tiene mucha más vida.

¿Qué quieres ser de mayor?

¿Qué quieres ser de mayor? Quería ser sirena. Se sentaba en el fondo de la piscina y aguantaba la respiración y aprovechaba las aguas poco profundas ceranas a la playa para bucear entre los pocos peces que se atrevían a acercarse a ella. Luego decidió ser bailarina, pero de eso se olvidó enseguida. Quiso ser exploradora y descubridora de mundos ocultos. Nunca le apeteció ser hada madrina, pero sí bruja. Y de las malas y poderosas, como Morgana.

Trotamundos o capitán de un barco. Quiso ser escritora de novelas de misterio, pero nunca se resistía a adivinar el final de lo que iba a escribir, así que se aburría enseguida. Reportera de guerra o poeta con capa negra. Cantante en un grupo de música inclasificable, pero solo haciendo los coros, en un segundo plano. Quiso ser fotógrafa de cielos y atardeceres.

Quiso ser espía, como James Bond. O mejor aún, ser la malvada y perversa enemiga que por fín vence al agente 007, o la sustituta de Watson que consigue atrapar a Moriarty.

Incluso una vez llegó a querer ser hombre lobo.

Ahora, sólo intenta ser ella misma.

Ogro, Bruja y Árbol.

Ogro, Bruja y Árbol. Ogro salía todos los días de su cueva a dar un paseo. Salía bien temprano porla mañana porque no podía soportar el calor, pues tenía todo el cuerpo cubierto de pelo. Siempre hacía el mismo recorrido, y en su camino se encontraba con Árbol. Cuando esto ocurría, ogro se plantaba delante de Árbol y le gruñía:

- ¡Árbol, te estás torciendo! ¡Deberías avanzar recto! ¡Con las ramas bien estiradas hacia arriba!- Y acto seguido, como Árbol no respondiera, comenzaba a darle golpes con su enorme hombro, para enderezar el camino del tronco.

Y Árbol no decía nada.

Bruja vivía muy cerca de Árbol. Al principio, Árbol se alegró de tener a alguien cerca con quien poder charlar de vez en cuando, pero según fue pasando el tiempo, cada vez que veía a Bruja salir por las mañanas, temblaba desde la raíz hasta las ramas. Bruja se levantaba de mal humor y al mirar por la ventana y ver a Árbol, salía corriendo a su encuentro.

-¡Árbol! ¿No ves que por tu culpa no me da el sol en el tejado de la casa? ¿Sabes lo malo que eso es para mí? ¡Voy a congelarme de frío sin el calor del sol y solo tú tendrás la culpa! ¡Y además, sabes de sobra que no me gusta que tus hojas caigan al suelo! ¿No podrías aguantarlas un poco más? Me llenas la puerta de hojarasca y algún día voy a tropezar y ¡plum! me caeré y me romperé la espalda, y será culpa tuya. ¿Qué te he hecho yo para que me trates tan mal?

Y Árbol no decía nada.

Un día, Árbol empezó a marchitarse. Los golpes de Ogro habían conseguido hacerle crecer en zig zag, y sus ramas, que habían aprendido a buscar el sol tibio de la mañana y quedaban resguardadas del abrasador calor de la tarde, al ser desviadas, se habían empezado a secar. Además, de tanto aguantar las hojas secas para no ensuciar la puerta de Bruja, el tiempo que le quedaba para regenera su sabia era muy poco, y aunque era un árbol jóven, empezó a parecer un árbol muuuy viejo.

A veces, Árbol miraba sus raíces hundidas en la tierra. Sabía que ellas eran las que le daban de comer y las que le permitían estar vivo, pero también las que le sujetaban al lugar en el que no podía ser felíz.

Grillo intentaba animarla todos los días y cantaba para él hermosas melodías que lo mantuvieran distraido. A veces, dejaba de cantar para que pudiera pensar tranquilo, y en una leve sacudida, se deshacía de unas cuantas hojas secas.

Pájaro charlaba con él y le animaba a no rendirse. Cuando venía a visitarle, Árbol se sentía aliviado y estiraba un poquito más sus ramas hacia dónde él quería.

Un día, Árbol comenzó a inclinarse hacía delante. Sin importarle los golpes de Ogro ni los reproches de Bruja porque le tapaba la luz que entraba por la ventana. Y tanto se inclinó, que quebró sus raices y quedó tendido en el suelo. Y comenzó a rodar y rodar. Rodó tanto, que llegó a casa de Leñador.

Leñador miró a Árbol y se dijo.

-¡Qué buen tronco y que buenas ramas!

Cortó las ramas en pedacitos. Algunos los utilizó para avivar el fuego en la chimenea. Las ramas de Árbol, saltaron y bailaron al son de las brasas y se divirtió mucho.

Del tronco, Leñador hizo unas bonitas estanterías. Allí colocó maravillosos cuentos y libros, y Árbol se sentía felíz todas las noches cuando podía elegir a qué escenario de fantasía trasladarse. También sirvieron las estanterías para guardar muchos recuerdos, de viajes que Leñador y su familia hacían alrededor del mundo. Así que es como si Árbol hubiera viajado mucho también.

Ogro y Bruja se encontraron en el hueco vacío que dejó Árbol. Y de repente se sintieron muy tristes y recordaron el día que enterraron la semilla en la tierra. Pensaron que después de aquel esfuerzo, Árbol había sido un desagradecido marchándose sin despedirse.

Viaje de ida y vuelta.

Viaje de ida y vuelta. Hoy me he encontrado de golpe con eso que he estado buscando desde que comenzó el calor.
Los vecinos que se arremolinan entorno a los bancos de madera sujetando una cerveza fría entre las manos y picoteando de un plato de aceitunas, mientras parlotean sin parar sobre temas repetidos pero que nunca aburren. Los gritos y risas de los niños que saltan y corretean entre columpios inexistentes. Gente en la calle, alzando sus voces hacia un cielo semiestrellado en el que se confunden las luces de las constelaciones y las farolas, en una competición sin fín por ver quien brilla más.
Y todo eso ahora, que agosto se acaba...

Por cierto, ya he regresado.

Manifiesto Nimpoche.

Manifiesto Nimpoche. Nosotros, los nimpoches, queremos hacernos oír:

Exigimos libertad de movimientos. Estamos hartos de bailar "paquito el chocolatero"

Deseamos poder charlar con otros nimpoches que se encuentren algo alejados, así como perder de vista al compañero de al lado, en el caso de tener a alguien. Imprescindible contar con labios para eso.

Reclamamos el derecho a separar las piernas, poder mantener el elquilibrio a la pata coja si nos apetece.

Revindicamos unos brazos. ¡Brazos para los nimpoches ya! ¡Abajo la barra de hierro!

Reclamamos libertad de expresión para poder elegir nuestra propia ropa.

Estamos hartos de que inexpertos noveles nos hagan girar y girar sin parar. A partir de ahora será necesario un cursillo mínimo de adiestramiento.

Como última demanda, pedimos permiso para poder establecer contacto con nimpochas, de las que sabemos su existencia, pero a las que nunca hemos tenido el placer de conocer.

Por el bien de todos vosotros, esperamos que se nos tome en serio. Amenazamos con saltar al suelo y en una terrible insurrección, morder piernas y tobillos de todo aquel que se nos cruce por delante.

Dicho queda.

Contradicciones (mis) II

Que al final no tenga que marchar mañana y así no tener que volver pasado.

Contradicciones (mis) II

Que al final no tenga que marchar mañana y así no tener que volver pasado.

Texto no publicado.

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