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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

Después de observar las paredes detenidamente, intentando no desviar la vista hacia aquello que sonaba a través de la ventana, cerro los ojos y dijo en voz alta: ¿Es posible echar de menos algo que nunca tuviste? Y sonrió en voz baja, porque sabía la respuesta.

Se paró en seco delante del banco y lo miró con atención. Como en un acto reflejo se giró y le dió la espalda. Se sentó lentamente sobre un crujir de maderas y clavos ancianos, expertos en protegerse del mundo con una capa anaranjada de óxido y polución.

Se sentó allí y esperó. No sabía qué, pero sentía un impulso irrefrenable de esperar. Los ojos de par en par, la boca entreabierta, la respiraciión entrecortada, de vez en cuando un vuelco del estómago le hacía removerse por dentro y por fuera.

Después de un largo rato, se percató del resto de las personas que había a su alrededor, también ocupando un asiento, también absorbiendo con ansia todo lo que sus sentidos podían atrapar. A veces sus ojos chocaban con los ojos de algún otro, pero ni el uno ni el otro se miraban. Nisiquiera se veían.

Todos estaban esperando.
Y ninguno sabía el qué.

Pasó un tiempo indefinido en el que ninguno pudo recordar días o noches, y tampoco espacios.

Se acostumbraron a no ver, a no observar, a no mirar. Se acostumbraron a no escuchar ni oír. Se amoldaron a un estado de procesión ante sus vidas, en las que procesar la información se reducía a descartar aquello que no era motivo de su aguardo.

Llegó un tiempo (indefinido, impreciso, indistinto, indiferente) en el que se dieron cuenta de lo inútil de su vigilancia. Se irguieron desperezándo sus extremidades y almas entumecidas, y como en un despertar un domingo de invierno, marcharon en silenciosa columna.

Pero algunos, aquellos que vigilaron con más ahínco, se quedaron inmóviles, ambos pies apoyados en el suelo, la mirada perdida. Se habían acostumbrado a esperar y ya no sabían hacer otra cosa.

Es el lento despertar de un sueño que me hubiera gustado estirar como el chicle. Volver a tener que hacer esfuerzos por creer en algo que pude llegar a creer a pies juntillas. El regreso a la duda ante a cosas que, francamente, me importan un bledo.

Pero también hay algunas huellas que no se borran.

...

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A veces las palabras se atragantan en la boca. Intentan salir, abrirse paso desde donde han sido pronunciadas hasta ese momento glorioso en el que el aire en el exterior produce un sonido que se derrama, esperando ser interpretado. Si eso no ocurre, las palabras tienen un corto periodo de vida, y perecen asfixiadas luchando por ser oídas. Las razones por las que esto sucede son muchas. La mayoría de las veces conscientemente no las dejamos estallar en el exterior, así que implosionan y son olvidadas.

Con los deseos ocurre lo mismo. Cuando no se permite que un deseo se inflame y explote, acaba por morirse. Y un deseo muerto dentro de nosotros pesa mucho más que una palabra que se ha desintegrado.

Y la pregunta fue:

Y la pregunta fue:

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¿Qué hacía ella aquí?
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Hola de nuevo.

Hola de nuevo.

Porque hoy me he encontrado de nuevo con ella. La rutina cara a cara. Y a los lados. Y tras de mí.

La rutina hoy olía a lluvia de broma, a goma quemada, a metal, a perfume barato y a sudor. Olía a tierra aplastada y a humo. También a lejía, amoniaco y a libros viejos llenos de polvo.

Hoy me decía al oído algo que sonaba como un pájaro mudo. Un estruendo y un agudo arañadzo. Cambiaba tan rápidamente de idioma como de registro y me era difícil comprenderla. Hoy no ha cantado. Me ha faltado eso.

Lucía un vestido gris que tornaba al negro para luego cambiar al azul y amarillo deslumbrante. Pero como casi siempre, me la he encontrado vestida de largo, mirándo con sorna mis brazos descubiertos y mi piel erizada por sus caricias frías. Su vestido volvió a cambiar al ocre al mismo tiempo que el calor volvía a sus manos.

La rutina hoy sabía a café caliente. Me lo he tomado a su salud, porque al fín y al cabo, encontrarme hoy con ella me ha hecho sentir...

Justo antes de un examen.

Justo antes de un examen.

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La imagen sin imagen.

La imagen sin imagen.

Sé que en el cuarto piso de un bloque de la calle de atrás, están viendo la misma serie televisiva que se ve en el comedor de mi casa. Las luces cambian y titilan a la vez, ofreciendo un resplandor inquietante. Los mismos diálogos pero, quizá, recibidos de una manera diferente.

Sé que en el primer piso del portal contíguo, también están mirando lo mismo en el televisor. O tal vez se hayan quedado dormidos sin prestarle ninguna atenicón.

Sé que en el bajo de un edificio de la misma calle, ven otro programa diferente. Más pausado, más calamdo, y en el primer piso de enfrente se acaba de hacer la oscuridad total, que suena a sueño pero no a descanso.

A través del patio, la luz de una cocina delata presencia. A mí solo me ilumina la bombilla del frigorífico y bebo agua mientras pienso en un vecino de 18 años al que suele acompañar en coche un amigo que no se marcha hasta que ha cruzado a la seguridad del portal.

Y por la mañana todos volveremos a ser desconocidos.

La ciudad por la noche tiene mucha más vida.

A veces me es imposible no ponerme a soñar

A veces me es imposible no ponerme a soñar

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¿Qué quieres ser de mayor?

¿Qué quieres ser de mayor?

Quería ser sirena. Se sentaba en el fondo de la piscina y aguantaba la respiración y aprovechaba las aguas poco profundas ceranas a la playa para bucear entre los pocos peces que se atrevían a acercarse a ella. Luego decidió ser bailarina, pero de eso se olvidó enseguida. Quiso ser exploradora y descubridora de mundos ocultos. Nunca le apeteció ser hada madrina, pero sí bruja. Y de las malas y poderosas, como Morgana.

Trotamundos o capitán de un barco. Quiso ser escritora de novelas de misterio, pero nunca se resistía a adivinar el final de lo que iba a escribir, así que se aburría enseguida. Reportera de guerra o poeta con capa negra. Cantante en un grupo de música inclasificable, pero solo haciendo los coros, en un segundo plano. Quiso ser fotógrafa de cielos y atardeceres.

Quiso ser espía, como James Bond. O mejor aún, ser la malvada y perversa enemiga que por fín vence al agente 007, o la sustituta de Watson que consigue atrapar a Moriarty.

Incluso una vez llegó a querer ser hombre lobo.

Ahora, sólo intenta ser ella misma.

Vicios.

Vicios.

La puerta de la terraza me da calambre. Cada vez que acerco un dedo al aluminio con la intención de salir a fumar un cigarro, recibo un latigazo que me hace sacudir la mano instintivamente. Estoy comenzando a sospechar que sea un método de disuasión anti-tabaco. Algo así como el escalofriante método de adiestramiento anti-literatura y anti-naturaleza que aparecía en Un mundo felíz.

Lo que realmente me da miedo, es que acabe volviéndome adicta a esos calambrazos traicioneros. Y salga a fumar más a menudo, como excusa para recibir una de esas estimulantes y electrizantes descargas...

Ogro, Bruja y Árbol.

Ogro, Bruja y Árbol.

Ogro salía todos los días de su cueva a dar un paseo. Salía bien temprano porla mañana porque no podía soportar el calor, pues tenía todo el cuerpo cubierto de pelo. Siempre hacía el mismo recorrido, y en su camino se encontraba con Árbol. Cuando esto ocurría, ogro se plantaba delante de Árbol y le gruñía:

- ¡Árbol, te estás torciendo! ¡Deberías avanzar recto! ¡Con las ramas bien estiradas hacia arriba!- Y acto seguido, como Árbol no respondiera, comenzaba a darle golpes con su enorme hombro, para enderezar el camino del tronco.

Y Árbol no decía nada.

Bruja vivía muy cerca de Árbol. Al principio, Árbol se alegró de tener a alguien cerca con quien poder charlar de vez en cuando, pero según fue pasando el tiempo, cada vez que veía a Bruja salir por las mañanas, temblaba desde la raíz hasta las ramas. Bruja se levantaba de mal humor y al mirar por la ventana y ver a Árbol, salía corriendo a su encuentro.

-¡Árbol! ¿No ves que por tu culpa no me da el sol en el tejado de la casa? ¿Sabes lo malo que eso es para mí? ¡Voy a congelarme de frío sin el calor del sol y solo tú tendrás la culpa! ¡Y además, sabes de sobra que no me gusta que tus hojas caigan al suelo! ¿No podrías aguantarlas un poco más? Me llenas la puerta de hojarasca y algún día voy a tropezar y ¡plum! me caeré y me romperé la espalda, y será culpa tuya. ¿Qué te he hecho yo para que me trates tan mal?

Y Árbol no decía nada.

Un día, Árbol empezó a marchitarse. Los golpes de Ogro habían conseguido hacerle crecer en zig zag, y sus ramas, que habían aprendido a buscar el sol tibio de la mañana y quedaban resguardadas del abrasador calor de la tarde, al ser desviadas, se habían empezado a secar. Además, de tanto aguantar las hojas secas para no ensuciar la puerta de Bruja, el tiempo que le quedaba para regenera su sabia era muy poco, y aunque era un árbol jóven, empezó a parecer un árbol muuuy viejo.

A veces, Árbol miraba sus raíces hundidas en la tierra. Sabía que ellas eran las que le daban de comer y las que le permitían estar vivo, pero también las que le sujetaban al lugar en el que no podía ser felíz.

Grillo intentaba animarla todos los días y cantaba para él hermosas melodías que lo mantuvieran distraido. A veces, dejaba de cantar para que pudiera pensar tranquilo, y en una leve sacudida, se deshacía de unas cuantas hojas secas.

Pájaro charlaba con él y le animaba a no rendirse. Cuando venía a visitarle, Árbol se sentía aliviado y estiraba un poquito más sus ramas hacia dónde él quería.

Un día, Árbol comenzó a inclinarse hacía delante. Sin importarle los golpes de Ogro ni los reproches de Bruja porque le tapaba la luz que entraba por la ventana. Y tanto se inclinó, que quebró sus raices y quedó tendido en el suelo. Y comenzó a rodar y rodar. Rodó tanto, que llegó a casa de Leñador.

Leñador miró a Árbol y se dijo.

-¡Qué buen tronco y que buenas ramas!

Cortó las ramas en pedacitos. Algunos los utilizó para avivar el fuego en la chimenea. Las ramas de Árbol, saltaron y bailaron al son de las brasas y se divirtió mucho.

Del tronco, Leñador hizo unas bonitas estanterías. Allí colocó maravillosos cuentos y libros, y Árbol se sentía felíz todas las noches cuando podía elegir a qué escenario de fantasía trasladarse. También sirvieron las estanterías para guardar muchos recuerdos, de viajes que Leñador y su familia hacían alrededor del mundo. Así que es como si Árbol hubiera viajado mucho también.

Ogro y Bruja se encontraron en el hueco vacío que dejó Árbol. Y de repente se sintieron muy tristes y recordaron el día que enterraron la semilla en la tierra. Pensaron que después de aquel esfuerzo, Árbol había sido un desagradecido marchándose sin despedirse.

Viaje de ida y vuelta.

Viaje de ida y vuelta.

Hoy me he encontrado de golpe con eso que he estado buscando desde que comenzó el calor.
Los vecinos que se arremolinan entorno a los bancos de madera sujetando una cerveza fría entre las manos y picoteando de un plato de aceitunas, mientras parlotean sin parar sobre temas repetidos pero que nunca aburren. Los gritos y risas de los niños que saltan y corretean entre columpios inexistentes. Gente en la calle, alzando sus voces hacia un cielo semiestrellado en el que se confunden las luces de las constelaciones y las farolas, en una competición sin fín por ver quien brilla más.
Y todo eso ahora, que agosto se acaba...

Por cierto, ya he regresado.

Carretera y manta.

Carretera y manta.

Me marcho durante una semana.
Una semana que supone llenarme los ojos de cosas bellas, los oídos de agradables palabras y la boca de sonrisas.
Una semana que se hará corta y se convertirá en recuerdo antes de lo que yo desearía, como pasa siempre.
Que nadie se preocupe. Ni notaréis mi ausencia.

Manifiesto Nimpoche.

Manifiesto Nimpoche.

Nosotros, los nimpoches, queremos hacernos oír:

Exigimos libertad de movimientos. Estamos hartos de bailar "paquito el chocolatero"

Deseamos poder charlar con otros nimpoches que se encuentren algo alejados, así como perder de vista al compañero de al lado, en el caso de tener a alguien. Imprescindible contar con labios para eso.

Reclamamos el derecho a separar las piernas, poder mantener el elquilibrio a la pata coja si nos apetece.

Revindicamos unos brazos. ¡Brazos para los nimpoches ya! ¡Abajo la barra de hierro!

Reclamamos libertad de expresión para poder elegir nuestra propia ropa.

Estamos hartos de que inexpertos noveles nos hagan girar y girar sin parar. A partir de ahora será necesario un cursillo mínimo de adiestramiento.

Como última demanda, pedimos permiso para poder establecer contacto con nimpochas, de las que sabemos su existencia, pero a las que nunca hemos tenido el placer de conocer.

Por el bien de todos vosotros, esperamos que se nos tome en serio. Amenazamos con saltar al suelo y en una terrible insurrección, morder piernas y tobillos de todo aquel que se nos cruce por delante.

Dicho queda.

Otra vez el tren.

Otra vez el tren.

Subieron justo antes del pitido que anuncia el cierre de puertas. Eran dos chicas normales con cara de sueño. Como cualquiera en esta época del año. Una de ellas miraba con angustia el cartel luminoso que anuncia la hora, la temperatura y la próxima estación. La otra miraba por la ventanilla.
-No voy a llegar, seguro que no llego. Lo pierdo, ya habrá salido.
-Tranquila, que seguro que llegas, esos autobuses siempre se retrasan.
-No éste. Lo sé porque no sería la primera vez que me pasa...¡que rabia, para un día libre que tengo!
Y la voz de su amiga ya no se oía, pero el chico de azul la veía hacer gestos y asentir con la cabeza con aire de seguridad. Ambas se contaban los planes. Muy animadas y entre risas, de vez en cuanto se escuchaba el lamento por la lentitud del tren y acto seguido una frase que animaba a seguir intentándolo. Llegaron a su destino "Ahora toca correr", pero para su sorpresa, una de ellas no abandonó el tren, sino que sacó un libro y se puso a leer.

Bajaron en la misma estación, caminaron unos minutos uno al lado del otro, y al final de la escalera mecánica se separaron. Desde el siguiente anden, él alzó un par de veces la cabeza y la vió buscando entre la multitud de maletas y saludos que se sucedían abajo. Y nunca supo a quién estaba buscando y si su amiga llegó a tiempo a su destino.

Yo sí sé la respuesta.

Deseos.

Deseos.

"Una vez encontré un genio que me concedió un deseo, sólo uno. Cuando me acerqué y le susurré mi deseo al oído, el genio se enfadó muchísimo. "No pienses que voy a malgastar un deseo en una tontería como esa" y desapareció en una nube de polvo que hizo que mis ojos picaran"

Me gusta contar esta historia porque cada persona imaginará un deseo diferente. Quizá alguien haya imaginado el verdadero.

Mock lightning

Mock lightning

Por ser el día que es hoy, muchos cielos se llenarán de colores brillantes y estruendos que llegan a nuestros oídos después de la lluvia de estrellas artificiales que lo provocan.

¿Recordáis cúando mirábais hacia arriba conteniendo la respiración? ¿Recordáis cómo observábaís una culebrilla relampagueante que dejaba su estela en el negro infinito? ¿Y cómo guiñábais los ojos a cada explosión? ¿Os acordáis de como se os escababa un leve suspiro y vuestras pupilas se abrían y cerraban ante un tunel de destellos? ¿Guardaís en la memoria cómo se iluminaba el rostro de al lado, al que mirábais a hurtadillas para ver su reacción? ¿De cómo le apretábais la mano a alguien ante una carrera de ruidos sin brillo? ¿Y de cómo se paralizaba el lugar, caras en alto y aplauso final?

Yo sí.

Texto no publicado.

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Contradicciones (mis) II

Que al final no tenga que marchar mañana y así no tener que volver pasado.