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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

Escapismo mental.

¡Vaya zapatos!
Unos zapatos hipnóticos, alucinógenos, miméticos, estridentes. Unos zapatos curiosos y curioseados. ¡Unos zapatos supercaligrafilisticoespiralidosos!
Debería concentrarme y no pensar en zapatos...eso, eso....¡zapatero a mis zapatos!...

Al final del día.

Al final del día.

En un día tan malo como hoy, se agradece poder salir al balcón y oler ( un poquito porque mi nariz tiene un tapón) la lluvia. No puedo decír tierra mojada porque mentiría, no, ya no.
Si cierro los ojos es como si estuviera en el mar. Las hojas se mueven y hacen "shhhhh, shhhhhh" (las olas). El viento sopla y hace "uuuuhh, uhhhh" (la brisa). Las persianas crujen y hacen "crraaaak patacraaak" (las maderas de mi barca)...
Y así viajo, sin salir de mi balcón.

Mundo matutino ( o los monstruos no salen de noche)

Mundo matutino ( o los monstruos no salen de noche)

La mañana es uno de esos momentos del día que suele aborrecernos, en cualquiera de las etapas de nuestra vida. Solo existen dos tipos de mañanas agradables: Aquellas en las que al darte la vuelta, encuentras a alguien a tú lado al que no esperabas encontrarte, y esas otras en las que cuando te levantas, ya no es por la mañana.

Cuando eres un bebé, te despiertas por la mañana llorando porque tienes hambre, Cuando eres pequeña, te levantas por la mañana para ir al colegio. Cuando creces, tienes que ir a trabajar por las mañanas, y cuando eres viejo, siempre aprovechas las mañananas para perderlas en la sala de espera de la seguridad social.

Mis mañanas desde que empecé la facultad, son bastante peculiares. Durante todo un curso, comencé a levantarme tan temprano que algunos pájaros se asomaban ofendidos para mandarme callar. Esas mañanas eran bastante tranquilas. Las calles estaban vacías y solo me cruzaba con algún madrugador como yo, o algún juerguista despistado que regresaba a casa abrazando un montón de porras envueltas en un papel grasiento.

Bien, despues de ese año, cambié mi recorrido matinal, por lo que podía levantarme a horas más prudentes. ¡Oh ingénua de mí! ¡No sabía que lo que me esperba a cambio de una hora más de sueño, no era otra cosa que el crudo universo madrugador!....y en uno de los peores infiernos que nadie jamás pudiera haber imaginado: El metro.

¿qué podemos encontrar en el metro a éstas horas que deberían estar prohibidas para señoritas decentes como yo? Para empezar un montón de gente histérica, ansiosa por llegar a su destino. Esa masa sin forma de orejas, bocas y cejas, tiene un único objetivo: Entrar antes que tú por la puerta del vagón. Para ello no dudan en utilizar sus afilados codos, que de tanta práctica, reaccionan solos como en un acto reflejo, y son capaces de encontrar tu estómago en milésimas de segundo.

¡Me río yo de los combates de lucha libre! La estrategia forjada durante años de esperiencia metril, puede mostrar el maravilloso espectáculo de ver como una, aparentemente poco ágil, mujer de 55 años le arrebata el asiento a un chico de 20, despues de un intenso y rápido forcejeo apenas perceptible por el ojo inexperto.

Y si pensaban que la figura del "empujador" es algo que solo podríamos encontrar en Japón, están muy equivocados. Lo único que aquí, tienen puriempleados a los empleados de metro (habitualmente llamados metreros en la jerga madrugadora de curritos y juerguistas trasnochadores). Es el metrero el que se encargará de empujar a los "señores viajeros", olvidando el respeto que esa frase implica, y consiguiendo que sientas en tus propias carnes, lo que debe sentir una butifarra cuando la embuten.

El grado de intimidad que se consigue en un viaje en metro a esas horas de la mañana, con el resto de la población, hace que desde mi punto de vista, estos viajes deberían ser recomendados, recetados y subvencionados por la seguridad social, en el caso de enfermedades depresivas. La confianza que da el poder olerle el jabón de afeitar y el desodorante (en el mejor de los casos), al señor que tienes pegado contra tí en una posición que fuera de contexto podría ser causa de pena carcelaria, y al que no conoces de nada, no tiene precio.

Alguna vez escuché, que el parto, es el primer trauma por el que tenemos que pasar en la vida. Pero los afortunados y adas que consiguen superarlo, se enfrentan mejor a los problemas cotidianos. Yo no tengo ese privilegio. Una césarea que casi me deja sin ascendente femenino directo, me convirtió en ese tipo de personas poco resueltas que se paralizan ante un problema de difícil solución. Bien, todo eso cambió con el uso de subterráneo. La hora de salir, hace que recuerde mi propio nacimiento por parto natural, incluso aunque no lo haya vivido. Unos minutos antes de llegar a la estación, la gente comienza a tomar posiciones, y los codos vuelven a cobrar protagonismo. En el momento que las puertas se abren, toda una masa viva tira de tí hacia atrás (una de las razones por las que abandoné mi querida mochila sustituyéndola por un bolso), mientras tú inclinas hacia delante todo tu cuerpo, enfocando con tu cabeza la luz que se ve al fondo....Lo que ocurre es que simultáneamente a la toma de posiciones dentro del vagón, se ha producido otra en la estación de destino. Y cuando piensas que ya puedes respirar aire porque tu nariz ha cruzado el umbral, te encuentras un batallón dispuesto a introducirte de nuevo en el vagón a la mínima que te descuides.

Si has conseguido salir entera del vagón, sin dejar ninguna de tus partes (cabeza, tronco "u" extremidades), queda todavía otro obstáculo a superar. Un obstáculo combinado, diatlon mañananera, que se llama "escalera mecánica-puerta de salida". No entiendo a esas personas que hacen un adelantamiento peligroso en el momento en el que tu pie, suspendido en el aire, va a posarse sobre el primer peldaño de la escalera mecánica. Y lo hace sólamente para colocarse un escalón delante de tí, pararse y encenderse un cigarro, y poder así ahumar tu cara a placer si tener que caminar.

El caso de la puerta no es diferente. Confiada en que tu predecesor sujetará la escotilla hasta que la alcances, bajas la guardia. El golpe que recibes no te deja pensar con claridad, hasta que la señora que no mantenía la distancia de seguridad que dictan las leyes no escritas entre viandantes y peatones, se queja porque has pisado su zapato. Amablemente pides perdón y sujetas la puerta, para que no le pase lo que a tí, no se vea embestida por unos 30 kilos de metal y cristal blindado (con el que solo pueden las piedras lanzadas por juventudes botellenescas). Y sorprendida observas, como ella, digna como solo puede serlo una viajera matutina (abrigo de piel de conejo, maquillaje de los 70 y bolsa de plástico de colores no inventados en la mano), se cuela entre tu brazo y la puerta, dejándote con pinta de portero de discoteca que se quiere jubilar y sin tiempo para evitar que se te cuelen dos o tres usuarios más.

¿Escalofriante verdad?, superé mi miedo a la oscuridad solo con pensar en los viajes "mañaniles" de lunes a viernes. Ahora mis pesadillas son mucho peores.

nota para los conservadores de la lengua: de noche

Desde mi ventana

Este verano va a ser muy triste desde mi ventana.

En la estación estival, mis incursiones nocturnas al balcón se veían recompensadas por el murmullo de las hojas de los árboles, que se mecen cuando sopla una brisa suave. Podía quedarme horas apoyada en la barandilla y observando la calle desierta. Si cerraba los ojos, ese agradable rumor me acariciaba y era el mejor "buenas noches" que podía recibir. En las largas y tortuosas madrugadas sofocantes, me levantaba a hurtadillas y me sentaba en la terraza. Esa nana me arrullaba hasta que mis párpados se volvian pesados y caían lentamente sobre los ojos otra vez.

Este año he visto como han florecido los árboles de un parque alejado. Poco a poco. Ahora estan cubiertos de hojas y veo mecerse sus cabelleras al ritmo del viento, bailando en la lejanía.
Pero este año algo ha cambiado. El parquecito que hay bajo mi ventana ya no es el mismo. El arbol que me dormía y a veces me hacía sonreír como una idiota sin razón alguna, el árbol que ejectuba su danza con más gracia, con más experiencia, el árbol que me dedicaba a mí sus canciones, ya no está.
Un día me desperté con un desagradable ruido. Un sonido que desde siempre me ha hecho estremecer: El sonido de una sierra cortándo un árbol vivo. Escondí la cabeza bajo la almohada y me quedé inmóvil, deseando estar dormida todavía. Pero aquel árbol estaba siendo arrancado de mi vida. Solo llegué a asomar mi cara entre mis manos a la ventana, y ví sus ramas, cuajadas de yemas descansar en un camión como pequeñas ninfas muertas. Las lágrimas acudieron a mis ojos en un gesto de despedida y mi voz se tornó débil y apagada porque también ella estaba triste.
Ahora mis amaneceres están vacíos. Mirar el parque me produce tristeza y asfixia. Cuando recuperaba sus hojas, sus ramas me impedían ver más allá, y tenía que levantar la cabeza hacia el cielo y mirar la distancia. Todavía lo hago. No me acostumbro a observar ese campo de visión que ha estado oculto tanto tiempo. Escudriño el suelo en busca de sus raíces e intento cerrar los ojos e imaginarlo. Y a veces lo veo bailar otra vez para mí. Pero no es algo real.

Poco a poco, desaparecieron todos los árboles. Lentamente sin hacer ruído, y de aquel gran ballet, no queda ya ninguna danza que mirar. Exactamente igual que pasará con nosotros. Yo que ahora escribo, tú que ahora lees. Algún día nos marcharemos, sin hacernos notar. Y en poco tiempo, nuestros bailes se habrán olvidado. O quizás, quede alguien que, como yo, nos imagine.
Para mí puede que sea suficiente.

Rescate.

Hace ya algún tiempo comencé a buscar un libro que leí en mis años escolares. He encontrado el título, pero ninguna de las nuevas ediciones mantiene las ilustraciones que tanto me hicieron soñar. Así que dado que mi búsqueda por internet ha sido del todo infructuosa, hoy me he decidido por buscar en una librería de viejo.
Ya conocía la tienda. Había asomado mi cabeza tímidamente alguna vez. Pero hoy me he sumergido de lleno en el espacio con más libros por milímetro cuadrado de todos los que conozco.

El bullicio de la carretera cercana se apaga al entrar en la librería y de fondo, el sonido de una emisora de radio con música tan variada, que de primeras crea un esperpéntico contraste con el lugar en el que me encuentro.

Resuelta (tanto como mi camirar de perfil entre las altas torres de libros me permitían) he avanzado por la tienda. Allí dentro, solo somos tres personas: Un hombre al que grácilmente he adelantado en la puerta, de cabello blanco y americana marrón sofocante, que lo mimetizaba con el medio, y el librero, escondido detrás de una estantería colocada estratégicamente. Fantaseo pensando qué esconderá el librero allí detrás. Pero en lugar de preguntárselo, saludo cortestemente, cosa que la americana marrón no ha hecho.

Ya en el espacio reservado para "infantil y juvenil" no he podido evitar la tentación de arrastrar un dedo sobre el lomo de los libros. Me he encontrado con viejos amigos a los que casi tenía olvidados. El ejemplar que busco no lo encuentro. Unicamente doy con uno de otra colección que me mira hostil, con sus ilustraciones tristes y descoloridas. Así que acudo en busca de la sabiduría infinita del amo de la fortaleza de tinta, tintero, pluma y palillero.

Cuando le planteo mi pregunta me sonríe. "El título me suena de oirlo...." Le expongo mi problema. No se el nombre de la editorial, ni el de la colección, ni el del ilustrador. Sólo soy capaz de decirle que se cuáles no son. Perplejidad del guardian ante mi exposición. Buscamos juntos, de nuevo, en aquel angosto callejón de historias. Al observar un libro verde que ha llamado mi atención lo sostengo y digo "el formato era éste". Así que repasamos los títulos publicados de la colección. Ni rastro de lo que busco. Disculpa amable del librero "de ilustradores no entiendo, pero puedes seguir buscando"

Resignada, me olvido y me pongo a observar con deleite los estantes. Autores españoles, en francés, Humanidades....En la tienda somos cinco y el librero, que ha vuelto ha desaparecer tras su fuerte de papel. Todos los señores de la tienda visten traje. Son tres. Una señora pregunta si también se compran libros. Soy la más jóven del lugar, como dicen en los cuentos.

No se cuánto tiempo llevo en la tienda, pero ya me remuevo como un pez, con facilidad y gracia entre los anaqueles. Mis ojos se posan en un libro. Pedro Páramo. Instintivamente lo cojo, lo abro, lo miro y ya no lo suelto. Sigo mirando más tentaciones que me llaman a gritos. Desde Hardy, con sus pastas elegantes, hasta un tratado de Saussure, edición de la década de los cincuenta.

Pero yo abrazo mi librito. Lo siento temblar entre mis dedos, temeroso de que me arrepienta. Me acerco al librero y le extiendo el ejemplar. Él lo abre y me señala las páginas pintadas a lápiz, llenas de anotaciones. "¿Sábes que está...?" Nuevo estremecer del librito en sus manos. "Sí" le interrumpo. No quiero que humille a mi nuevo amigo. El librero me hace una rebaja en el precio, pago y me marcho.

Quizá piense que estoy loca, que soy jóven y todavía no se comprar. Pero lo que él no sabe es que el libro me pidió desde la estantería que lo llevara conmigo, que lo rescatara del desprecio y la humillación de todos los que lo rechazan por haberse dejado exprimir al máximo, como sus notas al margen delatan.

¡Qué tontos! Mi libro encierra un secreto. Y es que contiene dos historias: La que sus páginas cuentan en nombre del autor, y la que el lector dejó plasmada de su puño y letra.

Designio.

Arrastrar con cuidado un boligrafo sobre un papel sólo por el placer de hacer menos infinito ese recurso inagotable de combinaciones que un sistema lingüístico ofrece. Ardua tarea da del poeta, que por haber nacido unos siglos más tarde, (unos siglos señoras, díganme que son 200 ó 300 años en la historia de nuestro viejo planeta), ve reducido notablemente el número de combinaciones originales a su disposición. Se adopta entonces la técnica del disfraz, de la máscara; es decir, del sinónimo. Cambiar palabra a palabra algo que en un tiempo sonó magnífico. Retorcerlo, hacerlo igual pero con menos magnificencia.
Afortunadamente contamos con un don precioso que juega a nuestro favor: La connotación y el subjetivismo. Dos musas aliadas que permiten que un sólo texto se convierta en millones de textos diferentes. Díganme entonces ¿Cuántas Ophelias hay en el mundo? ¿Cúantas Bel-Imperia? ¿Cuántas Pecola? ¿Cuántas Dulcinea? La respuesta no es fácil. Hay un número monstruoso suelto, libre, sin correa ni bozal. Lo que en algún momento pudo resultar un magnífico aliado, se torna ahora en pesadilla. Los textos toman vida propia y se independizan de sus creadoras. Adoptan a nuevas madres que los miman y hacen suyos. Y lo que es peor: Este ejército de rebeldes nos sobreviven. Tanto que después de mucho tiempo, ni siquiera los reconoceríamos. Los miraríamos como una madre defraudada que sujeta a su criatura por los hombros y le dice "¿qué te ha pasado?". Altivas, levantarían la barbilla. Han perdido la esencia que les dimos, pero han adoptado otra, dos, mil, millones...Son más grandes que nosotras y ya no estamos ahí para frenarlas, revindicar como nuestra la palabra.
Así que es aquí donde reside el infinito, es por ésto por lo que el sistema de palabras de una lengua nunca se acaba y siempre es original. Es eso lo que nos asusta. Y cualquier intento de cambiarlo será inútil. Incluso éste.

(Gracias a Pierre Menard por hacerme reflexionar sobre ésto)

Días de puente y barbacoa.

Días de puente y barbacoa.

¡Qué de cosas nos quedan por aprender!
Si durante un puente largo, la opción es salir a hacer una barbacoa, ahí van unas nociones básicas para que la empresa sea todo un éxito.

1. Llegar temprano al sitio elegido, o en su defecto mandar una avanzadilla (vease tambien pringado de turno) a reservar sitio, mesa, sombra y barbacoa.
2. Asegurarse de que la carne no está congelada antes de acometer la misión de asarla.
3. Llevar contigo unas pinzas, o algún objeto no conductor del calor, para mover la carne cuando está sobre las brasas candentes (si es que ya se ha descongelado).
4. Nunca olvidarse el abridor (o en su defecto al amigo o amiga que te abre el botellín con los dientes).
5. El hielo en una bolsa no enfría las cervezas que están en otra. Intenta ponerlo todo junto si deseas tener bebidas no indigestas.

Con estas cinco premisas el día se presenta como agradable. Pero si queremos una jornada realmente inolvidable, tenemos que agenciarnos con el "kit del dominguero".

1. Gorra de publicidad y riñonera.
2. Calcetines (raya roja y raya azul) subidos casi hasta la rodilla. (el modelo de calcetín con dos raquetas bordadas tambien nos vale)
3. Bermudas psicodélicas y chancla de marca.
4. Reproductor de música con una selección de las canciones más horteras que estén de moda. Si no se dispone de ellas, recurrir a los chichos, los chunguitos, cualquier grupo que empiece por "los C...", o una recopilación de grandes éxitos de radio olé.
5. Sombrilla, mantel, raquetas, juego de petanca, balón de fútbol desinflado, colchoneta de playa y caja de puros para invitar a los amigos.

Pese a lo que pueda parecer, el dominguero es buena gente, siempre está dispuesto a echar una mano y tendrás su amistad para siempre si accedes a sus ofertas de trueque, por las que siente una pasión incontrolada:
-Majetes,¿nos daís un vasito de vuestra Sangría? Si quereís vosotros os podeis pasar por la mesa del árbol grande y tomaros un cafelito, que veo que no tenéis....

Y es que como siempre, hay algunos que ni para domingueros servimos.

Lenguaje cifrado.

Si alguien dudaba que el cerebro humano es una de las máquinas más perfectas que existen, he aquí la prueba irrefutable. Y es que es capaz de descifrar y comprender información como ésta:

-¿Mañana tenemos a primera en el A?
-No, mañana tenemos a segunda en el A, pero a primera tenemos en el B.
-Pues yo pensaba que era primera en el A y segunda en el C.
-No, a primera tenemos en el C.
-Entonces cogemos el F para ir al C.
-No, el F es para ir al A. Para ir al C tenemos que coger el G.
-El G va al B....y al A tambien.
-El F tambien va al B, pero no llega al C.
-Pues entonces cogemos el F hasta el B y luego vamos andando.
-A mi me viene mejor coger el G porque vengo en la 6.
-Pues entonces cogemos el G hasta el B.
-¿y no sería mejor coger el G hasta el A y luego darnos un paseo más largo?
-Si el 6 no se retrasa, me parece bien.
-Entonces decidido. Quedamos en el A para ir al C.

Ni que decir tiene que los usuarios de metro, que a esas horas vuelven cansados de trabajar y por puro aburrimiento escuchan conversaciones ajenas, todavía tienen que tener dolor de cabeza a juzgar por sus caras mientras intentaban descifrar lo que queríamos decir.

Para los que no conozcan la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, ahí van unas cuantas explicaciones.

Explicación uno. (Es mucho más terrible de lo que parece)
Explicación dos. (tenemos un abecedario entero)
Explicación dos (segunda parte)
Explicación tres.

out of order?

Pocos días ha durado, y este blog ya está "out of order". Igual fue un error meterme en camisas de once varas.

Más tarado que frus.

Nuevo cambio y espero que sea el último. Este paraguas está empezando a cerrarse.

Poniéndonos en marcha.

Supongo que esto ya está casi terminado, aunque algún día, durante un arrebato de los que casi todas las personas solemos sufrir una vez al mes, volveré a cambiar todo de color, me empeñaré en poner colores horteras y os dejaré ciegos a todos. Por ahora creo que no ha quedado mal del todo. Os dejo como prueba de mi esfuerzo, la prueba de colorines número 4, la única sin faltas de ortografía.

Para empezar...

Your spotted snakes with double tongue,
Thorny hedgehogs, be not seen.
Newts and blindworms, do no wrong,
Come not near our Fairy Queen.
William Shakespeare, A Midsummer Night’s Dream.

prueba de colorines 4

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