Y de pronto....
Los sentimientos olvidados, crean la misma sensación que una visita pesada. Un día llaman a tu puerta, y tú te asomas por la mirilla. Dan ganas, lo reconozco, de quedarse muy callada y esperar hasta que se marche, pero en cambio le abres la puerta y le dices "vaya,¡cuánto tiempo sin verte!, pasa, pasa". Y entonces el sentimiento olvidado, se instala cómodamente en tu vida de nuevo.Ahí es cuando empieza de nuevo nuestra agonía "¿vendrá para unos días o piensa quedarse un tiempo?", o lo que es peor, "¿piensa instalarse aquí para siempre?". Así pasan los días, y te lo cruzas por los pasillos. Sonríes y saludas amablemente, aunque te dan ganas de empujarle balcón abajo cuando se asoma a fisgonear. Consume todos tus recursos, no te deja pensar en otra cosa, y tienes un estado de nervios tal, que ladras cada vez que alguien te hace preguntas de la vida cotidiana, como "¿quieres el café con hielo o con leche?" o "¿Te acuerdas en qué siglo se llevó a cabo la guerra de los teatros en Inglaterra?". Afortunadamente, después de un tiempo se marcha. Te despides de él aliviada, agitando la mano. Y es entonces cuando te encuentras a tí misma, echándolo de menos....
Es un fantástico mundo el de los okupas veraniegos. Desde hace tres veranos, son cinco los que se instalan tranquilamente en los techos de mi casa. Dos de ellos son viejos conocidos. Dos bichejos de color verde limón, de estilizadas y delicadas alas y medio centímetro de largo. Caminan despacito, dando pequeños vuelos cortos posándose delicadamente sin ruido de nuevo en el techo. Este año, uno de ellos se ha adelantado. Será la avanzadilla, porque el pasado verano, llegó a haber overboking en los altillos de mi casa. El resto de la plantilla lo forman una polilla gorda y despistada que intenta desesperadamente romperme la lámpara...no puedo quejarme, su gusto estético demuestra ser mucho más refinado que el de mis padres. La acompaña un insecto alado indefinido de color oscuro. Es el más tímido de la plantilla, pocas veces sale a saludarme. El quinto fue una visita fugaz que no ha vuelto a repetirse. Creo que se marchó ofendido por el modo en el que le pedí gentilmente que se fuera. Estando yo felizmente reposando en el sofá, mientras enrojecía mis ojos con una película lacrimógena de madrugada, escuché el zumbido de lo que podía haber sido perfectamente un montacargas pidiendo atención. Al ver una sombra en la pared y escuchar el sonido metálico de mi lámpara al chocar contra algo, me imaginé que la polilla habría ganado peso durante el invierno. Pero al levantar la vista lo que ví fue un espectáculo maravilloso. Un murciélago de unas dimensiones bastante generosas daba vueltas y vueltas alrededor de las dos únicas luces que quedan con vida en los horribles brazos de la lámpara metálica. "¡Ah no!" me dije a mí misma "¡mamíferos de ningún tipo, tengan alas o no!" así que cerré la puerta del comedor para que no se instalara cómodamente en ningún otro rincón de la casa. Luego me dí cuenta por su comportamiento que probablemente tuviera un importante transtorno de personalidad y se creyera polilla. Pensaría que el mejor modo de ser aceptado entre los demás insectos, sin que éstos desconfiaran y temieran por su vida, era alojarse en una casa de tan buena reputación como la mía. Así que intenté dialogar con él, amablemente. Pero no parecía escucharme. Tenía el mismo empeño que mi inquilina la polilla: acabar con mi lámpara de techo, aunque obviamente el murciélago amenazaba con conseguirlo...y supongo que a mis padres no les valdría como excusa "un murciélago esquizofrénico se ha cargado la lámpara" y sospecharían de mí. Busqué a la polilla para que me ayudara, pero habiendo reconocido a un depredador natural, se había recluído entre mis trofeos de voleibol y demás figuritas de bodas y recuerdos de la geografía mundial. Así que no me quedó otro remedio. Tengo que velar por el buen nombre de mi casa. Y admitir un murciélago entre mis inquilinos no colaboraría a ello. Cogí el cepillo de barrer y lo expulsé de mi comedor, no sin que antes tirara al suelo y rompiera en mil pedazos una escalofriante figura de porcelana en forma de borreguito. Si vuelve por aquí algún día, le daré las gracias por ello.
Milagrosamente aguantaban el equilibrio de su propio cuerpo en las escaleras mecánicas. Ocupaban las dos filas y se notaba que eso molestaba al resto de viajeros, pero nadie decía nada. Allí estaban, muy juntitos, con la mirada perdida y hablando demasiado alto. La coleta en la que ella llevaba recogido el pelo, dejaba escapar algunos mechones, que nerviosamente se metía detrás de las orejas, para que acto seguido se volvieran a escapar. Sus manos tenían las uñas mordidas, y eran muy delgadas, como garfios. Sujetaban un cigarrillo entre los dedos con la destreza del que lleva fumando mucho tiempo. Una vida entera pegada a un cigarrillo. Llevaba un bolso grande, sucio, roído, y parecía pesar demasiado para la fragilidad de su cuerpo. Él vestía, como ella, un chándal. Un chándal que dejaba asomar unos calcetines que se mantenían abrazados alrededor de un tobillo hinchado, agotado de caminar. Sus zapatillas, de esas del "todo a cinco euros", de esas del montón, se arrastraban renqueantes e inseguras a las órdenes de unos pies que parecían tener vida propia y estar cansados de ella. Algo discutían y a su alrededor se había creado un espacio vacío del que parecían no percatarse. Se reñían el uno al otro, miraban a los lados, sacudían la cabeza y cuando sus miradas se encontraban, volvían a reñirse. Sus voces tenían el tono monótono y arrastrado en el que coinciden todos aquellos que han sido y siguen siendo esclavos de la heroína. Si hubiera prestado atención, el resto de mundo hubiera escuchado alguna palabra cariñosa entre las reprimendas que uno a otro se dedicaban. Pero el mundo no prestaba atención, solo miraban con espanto y desconfianza. De arriba a abajo, desde el agujero de la zapatilla en la punta del pie, hasta la flor roja del coletero. Cuando el interminable camino de las escaleras mecánicas terminó, se pararon un instante. Escuché un "no" y un "pues me voy". Me asombré al ver el paso decicido de la mujer avanzando con una dignidad que no esperas en ese cuerpo. Atravesó el hall y alcanzó la puerta de salida. Él, quedó parado, como perdido. Dió media vuelta y sus ojos chocaron con los míos por unos instantes, pero sospecho que nisiquera los miró. Volvió a girar y la buscó entre la multitud. Su voz se quebró en un "espera" y un "perdóname" quedó flotando a mi lado mientras lo veía correr, con zancadas largas y temblorosas, con todo su cuerpo inclinado hacia adelante, intentando cortar el viento, intentando ser más veloz, maldiciendo por notar que sus movimientos se llevaban a cabo a cámara lenta. Un pasillo se abrío a ambos lados de su carrera. Tenía espacio libre para ir más deprisa y alcanzarla. Creo que se me nubló la vista, y tuve que bajar la cabeza. Todavía me emociono al recordar la ternura con la que sus ojos pugnaban por una solución y buscaban un coletero rojo entre la multitud. Los he vuelto a ver sólo una vez. Abrazados, riéndose, ella agarrada al cigarrillo, él agarrado a su cintura. Pasean por cuatro caminos como dos enamorados más. Dos enamorados a la que la gente les deja paso libre. Aunque no lo hicieran, no importaría. Ellos no nos ven. Sólo se ven el uno al otro.
Un domingo como otro cualquiera. Sin demasiados planes. Un domingo cansado. Y alguen propone ir a patinar. Nos alejamos unos kilómetros para encontrar un pabellón de hielo que nos guste. Y al entrar, mochila al hombro, siento como me da un vuelvo el estómago. ¿Acaso estoy nerviosa por patinar? ¿Me preocupa que mi pies no quepan ya en mis patines?...Pero he comprendido enseguida. El olor del hielo me ha puesto nerviosa. Era la misma sensación que me provocaba a los 14 años, cuando pasaba tardes enteras en una pista de patinaje sobre hielo, riendo, hablando, llorando, contando...en fín, creciendo. Curioso sitio para crecer. Curioso sitio para comenzar a sentir esas cosas que se sienten a los 14 años. Muchas emociones, o quizá lo que a mí entonces me parecían emociones, acompañadas por el olor característico y metálico del hielo consegido a base de mucha agua y gas natural. Lo mejor ha sido al mirar a mi alrededor. Y al ver las caras que se deslizaban a mi lado, igual que antaño, exactamente igual que en aquellas tardes, he comprendido porqué el olor del hielo es para mí algo especial.
En un día tan malo como hoy, se agradece poder salir al balcón y oler ( un poquito porque mi nariz tiene un tapón) la lluvia. No puedo decír tierra mojada porque mentiría, no, ya no.
¡Qué de cosas nos quedan por aprender!