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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

Tragar

Se iba a la cama después de su ración diaria de tres horas completas de televisión nocturna. Con la cabeza llena de las palabras del presentador, los gritos de los colaboradores y la información exacta de las medidas de aquellas chicas que se paseaban por encima de la mesa, sin ser perfectas pero aparentándolo.

Cuando se despertaba iba directamente a la cocina y encendía el primer cigarrillo del día. El primero de los otros muchos que le seguirían siempre y cuando tuviera dinero para comprar un paquete del rubio más barato que no estuviera mal visto por el resto de fumadores.

Como estaba en su fase de régimen, no desayunaba. Miraba con asco la fruta de la nevera, pensando que debería tomar una y nunca decidiéndose a hacerlo.

Después de vestirse y cambiarse de camiseta tres veces, se encerraba en el baño. Extendía el maquillaje por su rostro con tanta fuerza que parecía querer borrarlo, hacerlo desaparecen para así quedarse con un lienzo en blanco al que dar forma. Después de recogerse el pelo en una coleta tan elaborada que no lo parecía, agarraba unos papeles y salía por la puerta sin despedirse de un familiar (o dos) que se cruzaba con ella por el pasillo. En el espejo del portal, se miraba de reojo. En el fondo se gustaba mucho más de lo que daba a entender, y sabía que los que no la apreciaban lo hacían solo por envidia.

En el portal le esperaba el mismo saludo de siempre. Nervioso, rasgado, con carajada estrepitosa al final. Era un pesado. Pero siempre la seguía como un perrillo faldero y cualquier cosa que le pidiera, lo haría. Más le valía aguantarle, como llevaba haciendo desde que eran niños. Sabía que su amistad hacia ella era sincera y se preguntaba a sí misma si esto debía hacerle sentir mal. Notaba que a veces él intentaba no quererla. Nunca lo conseguía.

Las clases a su lado eran aburridas. Miraba con envidia las risas de sus dos compañeras que se divertían cinco filas más adelante. Además sabía que no serviría de nada todo eso que les contaban. Ella no quería dedicarse a nada relacionado con ordenadores, ni cables. No sabía que quería hacer. No sabía nada. No sabía. No.

El rato de descanso le permitía fumar y mirar el café de una de sus amigas con cierta fruición. No le gustaba, pero el efecto de la taza en sus manos le parecía interesante. Ella bebía cocacola. Todo era siempre lo mismo. Agua, café, burlas, enfados, y discusión. Luego risas. Menos mal que todo acababa ya.

Pero ese día ocurrió algo. Su amiga se entretuvo en la barra más de lo normal, hablando con el viejo. Y vino sonriendo de una manera extraña a la mesa. Y allí extendió las manos, las abrió y enseñó algo. Y en ese momento, sintió una punzada en un costado, algo que experimentaba por primera vez.

8 comentarios

M -

¿Dónde viene el nuevo texto, en el Orient Express? ¡Cuidado cartero, hay un asesino suelto!
Por cierto, ¿la nieve tiene aún detenido el tren y por lo tanto el texto?

la sombrilla insolada -

El nuevo texto está en camino. Aunque no sé si saciará esas ansias de fin de misterio que tenéis...Que me hacéis sentir como la nueva Agatha Christie (o esa ya está pasada de moda?)

noemi -

Entro a tu blog y me entero de que es de suspenso... interesante.

Las puertas del mío están abiertas para tí siempre. Regresaré.

Ateo intrigado -

Fíjate, a mi me intriga más saber de que manera se divertían aquellos chavales cinco filas más adelante o por el triste final de aquel perrillo faldero, que por el final de la historia. Cosas de ser ateo, que no cree uno en el suspense.

P.D.: (Me ha gustado, pero no se lo digas a nadie)

nadie -

¿Continuará?

carlos -

jajajaja... con la intriga yo...???...

es un comentario, muy acorde con el post.

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la sombrilla insolada -

Y me dejas con la intriga, claro, al modo spica...ni que fueras una estrella fugaz!

carlos -

que interesante final... y no lo digo por el enigma que esconde.

(lo digo por otra cosa).

*