Blogia
Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

En el metro

The Big...

The Big...

 

Mientras el tren se detenía lentamente, una voz femenina anunciaba

 

-Próxima estación: San Nicasio.

 

Al principio no me percaté, porque tengo la costumbre de repetir mentalmente los últimos sonidos que escucho, cuando voy muy entretenida con mis propios pensamientos. Pero los ecos que se produjeron a mi espalda tenían voces diferentes y estaban entremezclados con carcajadas, que pasaron de la timidez a la histeria antes de que el tren detuviera su marcha completamente.

 

-         San Nicasio, San Nicasio, ja, ja, ja, ja

-         Sannnnnnnnnnnnn Nicasio, jajajaj

-         San, jajaja, Nicasio

-         Sannnnnnnnn jajajajaja

-         Nic ¡jajajajaj1

-         Jajajajajaja

-         ¡Jajajajajajajaj1

-         ¡¡¡¡JAJAJAJAJAJA!!!!!

 

Al girarme me encontré con una pareja de japoneses que no podían ya ni taparse la boca para reír, mientras su acompañante, de pelo rubio y piel enrojecida, los observaba entre extrañado y divertido, y vigilaba de reojo al resto del vagón. Ante su cara de interrogación, la chica, pudiendo tomar aire, le dijo:

 

-         In Japanese, Sanicasio means “A man who has been sleeping three years”

 

Y volví a pensar, mientras los veía salir por las puertas, que las coincidencias no existen.

 

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

next stop...

Él llevaba una guitarra de la que solo se podía ver una funda negra llena de polvillo blanco. Y también una mochila. Era alto y con el pelo rubio, la cara roja y unos pequeños y azules ojos que parecían siempre dormidos.

 

Ella vestía de oscuro, era alta, con las mejillas encendidas. Colgaba una bolsa de su brazo con un logotipo que haría sonreír al que lo reconociera y leía un libro en un idioma prestado.

 

Se miraban sin mirarse, con el rabillo del ojo, en el reflejo del cristal. El uno mientras jugaba con la cremallera que encerraba su guitarra y la otra a hurtadillas por encima del libro.

 

Se abrieron las puertas y ella salió con la cabeza baja. Mientras ascendía miraba fijamente las ondas del pelo de aquel que la buscaba desde el vagón en las escaleras mecánicas.

 

Pero ya había subido demasiado y él no pudo ver que ella le miraba.

 

Yo símplemente sonrío al descubrir con sorpresa como un adolescente de vaqueros roídos y cadenas al cuello me sujeta la puerta para pasar y el chico que va delante de mí espera a salir de la estación para encenderse un cigarro. No lo consigue, hace demasiado aire y la llama del encendedor se le apaga contínuamente.

 

Como a mí.

 

.

Teatro Mágico del Metro de Madrid

Teatro Mágico del Metro de Madrid

    La primera vez que los vi eran dos. Antes de entrar al vagón me pareció distinguir a uno de ellos saltar arriba y abajo y tuve miedo de que fuera uno de esos adolescentes en vena, mostrando orgulloso el nuevo tono de su móvil. Nada más lejos de eso, sus bigotes me saludan amablemente cuando las puertas se abren y me invitan a tomar un sitio agradable para disfrutar de su “programa de televisión”. En un análisis rápido descubro: Pantalones de rayas, tirantes, bombín negro, zapatos grandes y micrófono de papel de aluminio entre las manos. Eso me hace sonreír. Su amigo camina arriba y abajo pero no dice nada, sólo le entrega una cámara de cartón a una de las espectadoras, sentada en su asiento que intentaba contener la risa <<¡Tú eres el cámara, me tienes que enfocar a mí todo el rato porque yo soy el prota, a este enfócale menos!>> y como la chica no levanta la cámara de pura vergüenza, añade <<¿Dónde me estás enfocando pillina? ¡No me enfoques la entrepierna que el número se va al garete>>, y es mágico escuchar a todos el vagón reír al unísono.

    El metro de estación a estación comienza a llenarse. Al llegar a Guzman el Bueno, el más silencioso de los dos ha conseguido disfrazarse de chino y hacer bailar un plato sobre el palillo que sostiene en su nariz. Aplausos y risas. <<¡Ahora el número final damas y caballeros!>> y hemos llegado a Ciudad Universitaria donde el vagón se llena de chicos y chicas sonrientes que se aferran a sus carpetas como si éstas fueran su único tesoro. <<¡Vaya, sí que hay gente, yo es que así noooo puedo trabajar!>>. Los estudiantes cesan su charla habitual de vuelta a casa y miran divertidos el pequeño espectáculo privado que se nos está brindando. Ante nuestra atenta mirada, aparecen un monociclo y cinco bolas de colores que se reparten entre los afortunados que tienen butacas de primera fila. <<¡Señoras y señores, mi invitado de hoy pretendía ir de un lado a otro del vagón en monociclo, pero claro, ha venido tanto público que va a ser un poco dificil!>> Y entonces ocurre algo mágico, tan mágico como el Teatro. Todos nos apretujamos un poco, le hincamos el codo en las costillas al que tenemos detrás, bajamos las mochilas al suelo y nos pegamos unos a otros como si tuviéramos frío. Pero lo hacemos sonriendo y hasta los actores se emocionan al ver el éxito de su petición <<Hostia, tú, Ciudad Universitaria, hora punta, y te veo desde aquí!>>

    Y mientras el monociclo avanza en un mar de pelotas de colores, risas y aplausos, algo maravilloso ocurre, que nos cambia a todos los que regresamos a casa esa tarde, que nos convierte en personas mejores. No cesan los aplausos en Moncloa y los recién llegados nos miran extrañados, pero sonríen, mientras El Teatro Mágico nos despide con una reverencia en el andén.

    Hace poco he vuelto a ver a uno de ellos, animando y saltando entre las caras largas mientras un globo viajaba de una punta a otra del vagón. Apetece mucho darles las gracias por hacer que las sonrisas sean contagiosas en el metro y porque viajar bajo Madrid se convierta en una aventura, mientras le oigo despedirse:

 

<<No lo olviden, en el Metro hay un fantasma…>>

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Baile de máscaras.

Como en una coreografía muy ensayada, los puestos cambiaban de sitio en un instante. Las puertas se abrían, la gente salía en fila y se dispersaba por el andén y en el vagón todo eran giros y pasos de baile perfectamente organizados. Cuando todos tomábamos nuevas posiciones, nos poníamos en movimiento de nuevo.

La chica que había estado a mi lado, miró fugazmente los asientos. Cuando regresó de su parpadeo, ya habían sido ocupados. La chica sostenía con una mano el bloque de hojas tan hábilmente que parecía que no pesaran. La otra mano descansaba apoyada en la barra. No sé quien se percató primero, si los dos chicos que estaban sentados frente a ella, o yo que leía distraído con la espalda apoyada en la puerta. Fue un pequeño detalle, un mínimo movimiento que captó al instante toda nuestra atención.

Un ligero toque, un pequeño movimiento de su dedo índice acariciando la barra. Luego deslizó tres des sus dedos hacia abajo y los volvió a subir, lentamente, paralizando el mundo bajo sus yemas. Toda mi curiosidad se centraba ahora en sus uñas, bien recortadas, que con delicadeza evitaban rozar siquiera el metal, como si no quisiera dañarlo. Giró la muñeca lentamente, volvió a subir unos centímetros, y dejó a su mano deslizarse lentamente a lo largo de aquella pértiga que ahora parecía incluso cobrar vida.

Ella era morena. Su pelo corto solo dejaba escapar algún mechón que le caía sobre la frente. No era particularmente hermosa, hubiera pasado desapercibida de no ser por ese gesto de sus manos. Y allí estaba, con toda mi atención y, me consta, con toda la atención de los dos chicos que hacía solo unos minutos se habían sentado en el asiento que ella había elegido para sí. De vez en cuando su mano caía muerta junto a su cadera, donde arañaba en círculos y de una manera casi imperceptible, la tela de su pantalón. Después suspiraba en silencio. Llenaba los pulmones de aire, haciendo subir y bajar su pecho, dejándonos a los tres imaginando el musical sonido de aquella actuación. Los otros dos, miraban las paradas con ansiedad, y el reloj, y su propio reflejo en el cristal. Pero inevitablemente, sus ojos volvían a posarse en aquella mano, que ahora viajaba de la barra a la cara de la muchacha y después de acariciar sus párpados se detenía un momento en los labios, como contándole un secreto a tan deliciosa parte de la anatomía femenina.

Sus piernas, ligeramente entreabiertas para mantener el equilibrio, descansaban relajadas pues todo el peso de su cuerpo reposaba sobre su espalda. Así, recostada, iniciaba su pierna derecha una ascensión por la pared. Primero despegaba el talón del suelo y luego, con tan solo la punta en contacto con la goma vieja del vagón, flotaba hasta apoyar la planta en el panel de plástico y subía y bajaba varias veces, hasta desmayarse en un instante que parecían eras, de nuevo en el suelo. Y entonces me percaté de que ella se divertía. Descubrí una sonrisa en sus ojos que la delataba ante los más observadores. Después de un parpadeo que podía haber hecho al mundo girar al revés, su sonrisa desapareció en un ensayado disimulo.

Una estación antes del final de trayecto, los dos chicos se levantaron y tambaleándose fueron a la puerta. Se bajaron con prisa en cuanto paró el tren. Y todavía no estoy seguro de si aquella era su parada.

Canción bajo el suelo.

Por un momento, su voz inundó el pasillo y avanzó por las escaleras mecánicas hacia arriba, llenando los oídos a la gente de esperanzas.

 

Las palabras fluían en un idioma triste, arrancadas de una historia cifrada por una barrera más alta que Babel, y al compás del sonido del mecanismo de la escalinata la melodía se hacía cada vez más evidente. La caja oscura que yacía a su lado exhalaba estridentes notas a las que la voz no sabía acoplarse, convirtiendo lo que debería ser armónico en una guerra sin tregua.

 

Su pelo parecía áspero por salvaje. Incluso se había rebelado contra el color adquirido a base de tinturas y le caía sobre los ojos a modo de protesta. En su cara una mueca pretendiendo ser sonrisa. Y sus manos apretadas contra un micrófono frío, que lanzaba sus destellos entre los dedos entrelazados que lo sujetaban a modo de plegaria. La puntilla blanca apretaba sus muñecas, atándolas a un pasado que ni ella misma conocía. Daban ganas de escuchar el susurro de su vestido.

 

La voz se quebró, exhausta, ahogada en algo más profundo que una canción. La caja de ritmos había ganado la guerra.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres