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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

Canción bajo el suelo.

Por un momento, su voz inundó el pasillo y avanzó por las escaleras mecánicas hacia arriba, llenando los oídos a la gente de esperanzas.

 

Las palabras fluían en un idioma triste, arrancadas de una historia cifrada por una barrera más alta que Babel, y al compás del sonido del mecanismo de la escalinata la melodía se hacía cada vez más evidente. La caja oscura que yacía a su lado exhalaba estridentes notas a las que la voz no sabía acoplarse, convirtiendo lo que debería ser armónico en una guerra sin tregua.

 

Su pelo parecía áspero por salvaje. Incluso se había rebelado contra el color adquirido a base de tinturas y le caía sobre los ojos a modo de protesta. En su cara una mueca pretendiendo ser sonrisa. Y sus manos apretadas contra un micrófono frío, que lanzaba sus destellos entre los dedos entrelazados que lo sujetaban a modo de plegaria. La puntilla blanca apretaba sus muñecas, atándolas a un pasado que ni ella misma conocía. Daban ganas de escuchar el susurro de su vestido.

 

La voz se quebró, exhausta, ahogada en algo más profundo que una canción. La caja de ritmos había ganado la guerra.

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5 comentarios

noemi -

Siempre parece que nos ganan la batalla, pero en realidad no es cierto. Por dentro alguna lógica nos afina.

Javi -

Ciertamente interesante

Deyector -

Amarga derrota, los ritmos de que se acompañan y el volumen aque los usan son obra de belcebú

nadie -

Habrá ganado una batalla. Pero la guerra continúa.
Dile que la toque otra vez, Sam.

carlos -

¿la habrás dado una monedita, no?

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