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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

HADA.

HADA.

Podía ver su perfil, que me atrapó al primer vistazo.

Su nuca, que podía verse gracias a que su corte de pelo (azabache al que las luces arrancaban destellos) la dejaba libre y al descubierto, tenía la delicadeza que muestran las muñecas de porcelana. Su nariz era respingona y apuntaba ligeramente hacia el cielo, pero de una manera tímida. Sus labios dejaban asomar de una manera vergonzosa una media sonrisa que debía estar enlazada con la corriente de pensamientos que bailaban en su cabeza.

Y luego, topé con sus ojos. Enmarcados por unas pestañas largas y oscuras, que custodiaban un iris también oscuro, brillante, con toda la intensidad que los niños muestran al mirar. Y así miraba ella.

“Es un hada” pensé. Y en ese momento lo olvidé todo menos su rostro. La habitación, los anuncios pegados a las paredes, las demás personas…y también la silla de ruedas, sus manos agarrotadas como garfios reposando en su regazo y sus piernas inmóviles.

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3 comentarios

dieneris -

si me llevas de nuevo allí te entrego el mundo y un punto de apoyo para que lo muevas.

papa pan -

Creo que las hadas se tienen que aferrar a algo, porque si no flotan en el aire. Tú conseguiste reconocerla.

Deyector -

Algo de magia habría cuando te hizo olvidar todo
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