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Frustarado. Memorias de un paraguas transilvano.

El despertar.

El despertar. Los rayos del sol comienzan a colarse por mi ventana, sin ningún permiso y sin llamar. Me giro y aprieto los ojos. Las voces de los niños que han salido a aprovechar la mañana, ahora que no tienen que estar encerrados en un aula. Me giro de nuevo y entierro la cabeza bajo la almohada. Saludos mañaneros con olor a verduras, huevos y pan. Me encojo entre las sábanas, me repliego, me hago una bola, quiero volverme pequeña y desaparecer entre las fibras del colchón. Y cuando lo estaba consiguiendo ha llegado a mis oidos una melodía. El sonido era agridulce, igual de agridulce que las canciones de los segadores. Invitaba a estirar las piernas, separar los brazos, revolverte el pelo y abrir lentamente los ojos. Vislumbrar la habitación bañada por el comienzo de un nuevo día, y poder observar por la ventana un cielo cubierto de antenas y tejas. Y reconozco sonidos pero no melodías. Un timbre musical que llevaba años sin escuchar y que siempre me ha producido la sensación de estar en calma, segura y agusto. Aunque la melodía no sea la misma y ésta parezca más elaborada. Repaso mentalmente todos mis utensilios punzantes, cuchillos y tijeras, y los sueño despierta despidiendo pequeños puntos de luz. Porque la melodía que escuchaba, era la melodía del afilador, que regresó a mis oídos después de mucho tiempo, como un viejo amigo que vuelve con fuerzas renovadas. Ha sido un bonito despertar.
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