Hace mil años (década arriba, década abajo), Anuski invitó a la sombrilla a hacer este meme. El parasol vago que hay en ella, sumado al poco tiempo que tiene cuando llega el calor, ha acarreado un retraso tremendo en cumplir con su palabra de aceptar la invitación a contestar unas preguntitas. Ahora, con un poquito de tiempo bajo sus varillas temblonas, se ha decidido por fin a contestar.
UN OLOR: ¿Sólo uno? Los aromas son lo más evocador que existe, por lo que hay millones que te hacen sonreir. Entre ellos me quedo con el olor a tormenta, cuando todavía no ha llovido, pero puede olerse el agua de las nubes.
ALGO QUE TOCAR: La batería, pero siendo como soy, una negada rítmica, la respuesta es estúpida. En cuanto al sentido del tacto, tengo una manta rosa, roída y con aspecto de haber ayudado a mil y un refugiados de guerra, sin la que me es imposible dormir. Mis manos la llevan desgastando desde que nací, y siempre que puedo la llevo conmigo. Charly Brown y yo seríamos muy amigos si fuéramos juntos a terapia de grupo.
UNA MIRADA: Me gusta mirar muchas cosas, pero hay algo que me gusta observar detenidamente: El humo de un cigarro cuando la luz entra por las rendijas de una ventana, y parece que de repente todo se vuelve extraño, la nubecilla blanca gira en remolinos tornasolados y choca contra algún cristal.
UN SABOR: Argh! Me rindo ¿solo uno? Imposible.
ALGO QUE ESCUCHAR: El sonido más maravilloso del mundo mundial.
La primera vez que supe de esta novela, todavía no tenía título. Para mí no era más que un proyecto que se estaba llevando a cabo con muchísima ilusión, y al que le estaban dando los últimos retoques para que pudiéramos disfrutar de él. La verdad, es que en aquel momento no pude imaginarme a mí misma leyéndola, y creo que por los nervios que mostraba el día de la presentación, la autora tampoco. Rosa Gil tiene muchas virtudes, entre ellas la de ofrecerte una sonrisa sincera, pese a que la última vez que compartimos una caña fuera mucho tiempo atrás. El ser una de las más grandes conocedoras de cómics, literatura fantástica y libros para niños con la que me he topado nunca, es otra. Quizá por eso no me sorprendió que se lanzara a escribir un libro de aventuras...un libro ¡de vampiros!. Rosa cuenta que siempre han sido sus monstruos favoritos, porque eran inteligentes y complejos, y que desde que soñó que salía volando tras una persecución, no paró hasta tener terminado Bruno Dhampiro, la historia de un niño muy peculiar.
Esta novela no es para los seguidores de Harry Potter (que también), sino para todos aquellos que quieran disfrutar tanto como lo estoy haciendo yo ahora mismo. Enfrascarse en un libro de aventuras en el que el misterio de capítulo a capítulo consigue que te fastidie tener que dejar de leer (porque, sí, es triste, pero hay más cosas que necesitamos hacer para seguir vivos), es algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba. Y lo más importante, la impagable sensación de tener un nuevo amigo. Un amigo que se llama Bruno y es muy especial.
Puedes encontrarla en La Casa del Libro y otras muchas más librerías.
Me gusta mi lado urbano, ese que disfruta tanto mirando las luces de las farolas en verano y como se difuminan en invierno. También se lo pasa pipa con los olores de la ciudad, que no son tan malos como se piensa: Huele a comidas de muchos mundos, metal, tierra caliente y café. La mezcla no está nada mal.
Waking Up In The City
Waking up in the city What are we gonna do Take a picnic to the park Sing songs about the moon I will bring the frisbee I will bring the dog We'll frolic in the pesticided grass beneath the smog Don't gotta worry 'bout bee stings Don't gotta worry 'bout ants Now's the time to take off our shoes And dance that cartoon dance In the afternoon time We will stroll downtown Past messengers on bicycles And men dressed up in gowns If we should get tired, let's just take the bus I hope that it's not crowded so we can sit up front I can't even see them scrape the sky Blurring the fashions whizzing by
Sun goes down in the evening Lights start flashing on The city swells with energy The nightlife has begun Kustle and bustle So many sites to see Endless excitement Keeps me up 'till three Don't wanna go to the movies Who wants to sit inside I didn't get on the guest list Don't want to wait in line
Let's go eat pierogis at my favorite cafe The waitreses are grumpy and Their English ain't so great We'll talk ourselves in circles Til the pancakes are all gone Today's become tomorrow I can see the pink of dawn Oh, I'm getting tired, I'm oh so tired I think it's time to retire Time for bed To rest my sleepy head
Aquí la tienes por si quieres escucharla.
(A veces, depende del explorador que uses, se esconde y nadie la ve)
Echo de menos la niebla por las mañanas y que los autobuses avancen sobre raíles.
Siempre es bueno llevar una moneda de dos caras en el bolsillo, por si un hombre siniestro te cuenta una historia en flash-back en un viejo muelle de Nueva York.
Volví allí después de 14 años y seguía oliendo igual. Miré a mi alrededor odiando estar allí, aún después de haberlo anhelado tanto. Me rompí en dos. Desapareció algo dentro de mí. Y descubres que no es el lugar, sino quién te espera cuando llegas.
Sin ella, aquel ya no es un lugar al que regresar.
Lo primero que noto es que me duelen los ojos. Todo está tan desierto, que la luz casi no tiene donde esconderse, ni donde refugiarse, así que rebota en la planicie que se extiende ante mí y penetra en mis ojos a modo de cascada, derramándose en mi interior.
El edificio que se levanta a mi derecha no es tan imponente como yo sospechaba. Si me agacho puedo ver las ventanas. Mirando a través de ellas, hacia abajo, el infinito. Un infinito confeccionado por escaleras. El infinito son las escaleras. Nunca pensé que el infinito pudiera encerrarte.
Mientras mis pies desgarran los terrones de arena secos mientras camino, me parece distinguir dos figuras al fondo. Siento miedo, pero el calor que desprende la tierra las evapora poco a poco y desaparecen ante mis ojos.
Esto también es un infinito. Comprendo que aquí, también estoy encerrada.
Siento la llave en el bolsillo. Pesada, grande, fría. Por un momento dejo que la mirada se vuelva vacía y no veo nada, ni tampoco escucho. Luego sigo al portero, que camina delante de mí, con pasos rápidos y seguros. Sonríe y no sé por qué, pero puedo ver su sonrisa incluso a través de su cogote.
Se vuelve hacia mí y me hace un gesto con la mano que podría abarcar todo el espacio que nos rodea. “¿Ha visto?” me dice sin dejar de sonreír “Tiene que tener cuidado con no confundirse nunca de escalera, o le será realmente difícil poder llegar de nuevo a su puerta”. Yo miro mi puerta, grande, pesada, marrón. Y miro a mi alrededor. Escaleras unidas por pasarelas, puentes, más anchos y más estrechos. Gente paseando por encima de ellos, niños corriendo y riendo, empujando sus triciclos sin miedo a caer por debajo de la barandilla. Todo es blanco y azul, la luz no hace sombras en ningún rincón. No hay rincones. “Además no hay suelo” y ahora su sonrisa envuelve toda su cara. Es una sonrisa, y yo me angustio buscando sus ojos que no encuentro por ningún sitio. “En realidad sí hay, pero muy abajo” espera a que mire hacia el abismo, pero no lo hago “Tenga cuidado” repite “Si alguna vez llega al suelo, no podrá volver a subir” Miro aquellos puentes que se extienden hasta el infinito por encima de mi cabeza y bajo mis pies. En busca de ventanas. No hay. Todo es silencio. Los pasos no suenan y las puertas no dejan un eco casi perpetuo cuando se cierran.
Y de repente ocurre. No sé donde he dejado mi puerta y mi llave parece ser más pequeña que antes. Por más que busco, solo veo espirales de escalones y baldosas blancas, ángulos rectos, cristal y metal. Me he perdido aquí dentro.
No era ningún ritual popular, nadie se había sumado al evento como una celebración, no había canciones en honor a su llegada. Ni siquiera había alguien que esperase su retorno. Simplemente ocurría sin previo aviso, una fecha cualquiera. “Ya llegó el vencejo” decía alguien y a los pocos días (tal vez tres, o cinco) cuando su vuelo interminable cesaba para entrar en el nido, lo atrapaban con cuidado.
Nunca se habían parado a pensar cuánto tiempo llevaban haciéndolo. Cuándo fue la vez primera, el día que se les ocurrió atar una cinta estrecha de raso verde a las alas negras, manchadas de azul y recortadas en blanco. Tampoco recordaban las palabras que escribieron en la tela, también en tinta verde. Quizá un deseo, teniendo la certeza de que estaría mucho más tiempo en el cielo que si lo hubieran gritado.
El vencejo regresaba al nido todos los años con una cinta pálida como respuesta, con unas letras casi borradas, en un idioma que desconocían. Y así, se sabían en contacto con unas manos que también, por unos segundos, sostenían al pájaro, sintiendo el loco palpitar de su corazón entre los dedos.
Un día el vencejo no regresó. Nadie lo notó hasta que, pasado el verano, toparon con las cintas guardadas, enrolladas sobre sí mismas, tan misteriosas como el secreto que contenían.
Pues mire usté. Aquí esta una, abrazada al mundo. Porque si una no se abraza a algo, a fuerza se tiene que caer. Que yo me abrace al mundo no es cosa de casualidad, pero es algo que está muy bien para agarrarse. Porque mantienes los pies tocando suelo, que es donde está lo importante del asunto. Que por mucho que te menees, ya puedes tú, abrazada como estás, mover el pie para un lado o para otra y mantenerte siempre tiesa. Que luego pasa, lo que pasa. Lo que nos ha pasado a muchos. Que si te agarras a un sitio que sea pequeño y esté por encima, los pies se te acaban despegando de la tierra. Sí, sí, que no me lo invento. Primero uno, despacito y sin que te des cuenta, pega pequeños brinquitos y luego como si flotara, se queda de puntillas. El dedo gordo, ese es el que más sentido común tiene, pero al final siempre lo acaban liando. Y allá que va, con los demás. El pie en el aire. ¡Y cuestión de tiempo que se te vaya el otro detrás!. Y entonces te quedas colgando. Como un pasmarote, agarradita a la barra como un trapecista. Y mirando hacia arriba, a tus manos, pobrecitas, soportando lo que los pies deberían hacer por ellas. Se lo digo yo. Abrazada al mundo es como mejor se está, que es muy grande y cabemos todos. ¿Qué hay gente que prefiere que se le balanceen las rodillas? Quite, quite, que una está mayor para eso y las rodillas acaban doliendo con el trote. Pegadita al suelo y sin perder de vista mis pies, que igual en un arranque de rebeldía, les da por intentar moverse sin mi permiso. ¡Una barra! ¡Y bien tostadita! Buenos días, hasta mañana.
También a ella misma le sorprendía su capacidad para corretear por el pasillo de su casa estando todavía medio dormida. Incluso una vez llegó a girar y girar sobre sus pies buscando algo sin saber qué. Su afán previsor se agotaba después de preparar una cafetera la noche anterior, que la recibía con los brazos abiertos por las mañanas.
Se animaba mientras bajaba las escaleras. Aunque tenía la certeza no estar aprendiendo nada nuevo, le gustaba ir al curso todas los días. A otro pueblo, un pueblo algo alejado. A dos transbordos en tren de distancia. Tres trenes llenos de vidas, que ella observaba cuidadosamente. Se había propuesto aumentar su galería de recuerdos y sabía que esto sería importante en algún momento.
El pueblo los recibía con el olor agrio que llegaba desde un polígono industrial cercano. Así que todas las personas que hacían el viaje normalmente, se armaban con un pañuelo que apretaban contra su cara hasta alejarse lo suficiente de la estación de tren. Todas las personas, menos ella, que siempre lo olvidaba.
Las horas de clase se hacían amenas viendo a su compañera chatear, leyendo el manual o sacando de quicio al profesor con más paciencia que nunca había conocido. Pero lo que de verdad deseaba cada mañana, era que llegara el descanso.
Sus compañeros habían elegido una cafetería cercana al lugar donde se impartían las clases. Era un local moderno, con taburetes y mesas altas, pintado en tonos naranjas y amarillos y carta de cafés. Pero su pequeño grupo, decidió pasar de largo, y caminando encontraron un bar, amplio y oscuro, con muchas mesas ordenadas en fila y olor a café y serrín. Era el lugar de encuentro de amas de casa, jubilados y algún trabajador que se escapaba para tomar un café o una cerveza dependiendo de la hora. Y ahora ellos también formaban parte de esa extraña familia creada por la casualidad o la costumbre.
Regentaba el bar un hombre de unos 70 años, que el primer día que los vio llegar se sorprendió tanto como el segundo. Cuando comprendió que tenía nuevos clientes habituales, jóvenes, que llenaban la estancia de risas y discusiones por igual, comenzó a llevarles el pedido a la mesa. Un café solo con hielo, uno con leche y una cocacola. El chico no solía pedir y cuando lo hacía también bebía cocacola. También añadía una jarra de agua con hielo y cuatro vasos, porque había notado que se reían de la chica que siempre pedía agua para acompañar. Disfrutaba como un niño gastándoles bromas o acercándose a contarle anécdotas del pequeño pueblo donde había nacido. Cuando con una congoja mal disimulada les anunció que ese año seguramente se jubilaría y cerraría el bar porque ninguno de sus hijos quería hacerse cargo, le gustó mucho ver sus sonrisas y sus palabras de ánimo. (El chico no, el chico estaba serio. Y la chica delgada solo miraba su cocacola).
Ella también disfrutaba con los saludos del viejo de la barra, la voz tímida de su mujer que a veces les preparaba tostadas o les ofrecía algún dulce casero que había hecho para sus nietos. Con la voz chillona de la mujer del carrito diciéndoles que no tomaran en serio al camarero y con el movimiento de cabeza y el gruñido que les dedicaba todos los días un hombre alto y enjuto. Era su manera de decir “hola”.
Ese día, al ir a pagar, miró al viejo a los ojos y le dijo mientras soltaba las monedas en sus arrugadas y callosas manos: “También vengo a despedirme. El curso acaba hoy y ya sabe usted que no vivimos aquí”. La cara del hombre se convirtió en una mueca agridulce y giró sí mismo para comenzar a buscar algo frenéticamente. Se llevaba las manos del delantal a la cabeza, semicubierta de pelo blanco. De una caja de cartón extrajo cuatro paquetes de chicles de diferentes sabores y los depositó sobre la barra, como con miedo o descuido. “Toma hija, para vosotros. Siento mucho no tener nada mejor que daos como despedida” susurró algo avergonzado.
Sonriendo, llevó los chicles a sus amigos. Y desués de mostrárselos en la palma de la mano como si fuera un gran tesoro , todos le hicieron gestos los brazos al viejo y a su mujer, que retorcía un paño entre los dedos.
Al salir, en el oscuro bar quedó flotando el eco de la última frase que dijeron antes de desaparecer por la puerta.
Aunque después del primer toque de despertador, giraba sobre sí misma y volvía a dormir profundamente, no existía ningún riesgo de levantarse tarde. Esos diez minutos de remoloneo también estaban calculados.
Como hacen aquellos que se resisten a abandonar la semiinconsciencia de las madrugadas, estiraba su cuerpo bajo el edredón y dejaba caer un pie fuera de la cama. Sus pequeños dedos se encogían dentro de los patucos de lana. Después se cubría los hombros con una bata. La ropa que iba a ponerse reposaba doblada encima de la mesa, en pulcro orden. Los pantalones vaqueros primero y sobre éstos un jersey. Encima del jersey descansaba una camiseta de manga corta, unos calcetines, unas bragas y un sujetador. Con todo esto bajo el brazo, se encaminaba a la ducha sin encender ninguna luz para no molestar a nadie.
El agua estaba siempre en su temperatura justa y nunca duraba más de 15 minutos. Por orden se enjabonaba el pelo, luego lo aclaraba y repetía dos veces. Entonces se aplicaba la mascarilla (esta vez la había elegido, por cambiar, con olor a frutas silvestres) y frotaba el cuerpo durante cuatro minutos exactos, lo justo para que la crema hiciera efecto hasta en la última raíz y punta de su cabello.
El ritual del desayuno se llevaba a cabo con la banda sonora que le proporcionaba el walkman. Le gustaba escuchar música por las mañanas y esa era la única forma de hacerlo sin despertar a su familia durmiente. Mirando con asco la taza, acababa colando los restos de cereales que le quedaban y bebiendo el cacao oscuro con auténtico deleite. Después de lavarse los dientes y ponerse dos tipos distintos de crema en la cara, volvía al dormitorio a por la carpeta y el bolso.
Ese día no pudo fumarse un cigarro en la cocina porque los cinco minutos que premeditadamente solían sobrarle para ello, los había gastado en desempaquetar el nuevo frasco de mascarilla. Así que lo fumaría en la calle.
Y como siempre, la persona con la que tenía que ir a la estación todavía no había llegado. Y como siempre, se repetía una y mil veces que mañana dormiría más, que de nada le servía tenerlo todo calculado para que luego los demás llegaran tarde, y que se estaba helando de frío cuando podría estar en su casa tranquilamente fumando sentada en la banqueta de la cocina y escuchando el walkman.
Cuando su amiga llegaba, ella agachaba la cabeza hasta llegar a la estación, mientras el objetivo de sus iras matutinas parloteaba y parloteaba. ¿Cómo era posible que se tuvieran tantas cosas que decir a las seis y media de la mañana?
Las horas de clase se hacían tediosas. Bueno, solo cuando se quedaba sin el control del ordenador. Cuando su compañera decidía ponerse a leer el manual y hacer por una vez caso al profesor, ella podía adueñarse del equipo y reunirse con los amigos que había conocido en un chat. No le preocupaba en absoluto no enterarse de nada. Tenía la certeza que aquellos habían sido los tres meses peor empleados de su vida.
A la hora del café sucedió lo de siempre. Aquel imbécil al que tenía que soportar sin tener todavía muy claras las razones de por qué lo hacía, volvería a repetir la misma frase insultante de siempre, volvería a burlarse de ella porque pide un vaso de agua para acompañar y volvería a insultar al hombre de la barra cuando les trajera las bebidas en una bandeja a la mesa. “Todo acaba hoy por fin” se decía mentalmente mientras intentaba no escuchar las carcajadas insultantes del personaje que tenía delante y la cuarta en discordia que siempre le seguía las bromas. Se levantó y fue al baño. Su amiga le guiñó un ojo mientras pasaba y observó que el camarero buscaba algo bastante nervioso.
Se iba a la camadespués de su ración diaria de tres horas completas de televisión nocturna. Con la cabeza llena de las palabras del presentador, los gritos de los colaboradores y la información exacta de las medidas de aquellas chicas que se paseaban por encima de la mesa, sin ser perfectas pero aparentándolo.
Cuando se despertaba iba directamente a la cocina y encendía el primer cigarrillo del día. El primero de los otros muchos que le seguirían siempre y cuando tuviera dinero para comprar un paquete del rubio más barato que no estuviera mal visto por el resto de fumadores.
Como estaba en su fase de régimen, no desayunaba. Miraba con asco la fruta de la nevera, pensando que debería tomar una y nunca decidiéndose a hacerlo.
Después de vestirse y cambiarse de camiseta tres veces, se encerraba en el baño. Extendía el maquillaje por su rostro con tanta fuerza que parecía querer borrarlo, hacerlo desaparecen para así quedarse con un lienzo en blanco al que dar forma. Después de recogerse el pelo en una coleta tan elaborada que no lo parecía, agarraba unos papeles y salía por la puerta sin despedirse de un familiar (o dos) que se cruzaba con ella por el pasillo. En el espejo del portal, se miraba de reojo. En el fondo se gustaba mucho más de lo que daba a entender, y sabía que los que no la apreciaban lo hacían solo por envidia.
En el portal le esperaba el mismo saludo de siempre. Nervioso, rasgado, con carajada estrepitosa al final. Era un pesado. Pero siempre la seguía como un perrillo faldero y cualquier cosa que le pidiera, lo haría. Más le valía aguantarle, como llevaba haciendo desde que eran niños. Sabía que su amistad hacia ella era sincera y se preguntaba a sí misma si esto debía hacerle sentir mal. Notaba que a veces él intentaba no quererla. Nunca lo conseguía.
Las clases a su lado eran aburridas. Miraba con envidia las risas de sus dos compañeras que se divertían cinco filas más adelante. Además sabía que no serviría de nada todo eso que les contaban. Ella no quería dedicarse a nada relacionado con ordenadores, ni cables. No sabía que quería hacer. No sabía nada. No sabía. No.
El rato de descanso le permitía fumar y mirar el café de una de sus amigas con cierta fruición. No le gustaba, pero el efecto de la taza en sus manos le parecía interesante. Ella bebía cocacola. Todo era siempre lo mismo. Agua, café, burlas, enfados, y discusión. Luego risas. Menos mal que todo acababa ya.
Pero ese día ocurrió algo. Su amiga se entretuvo en la barra más de lo normal, hablando con el viejo. Y vino sonriendo de una manera extraña a la mesa. Y allí extendió las manos, las abrió y enseñó algo. Y en ese momento, sintió una punzada en un costado, algo que experimentaba por primera vez.
Su abuelo hablaba en sueños muy a menudo, así que era algo por lo que no tenía que preocuparse. Sin embargo, había podido observar como de vez en cuando, repetía algo que había llamado su atención, tanto por lo insólito, como por la forma obsesiva en la que el anciano pronunciaba aquellas palabras. Por eso, cuando el médico les informó de que su estado era el normal para las circunstancias (es decir, muy débil), pero que había algo extraño que parecía perturbarle mientras dormía, todos asintieron con la cabeza y dijeron lo mismo. “Chicles”. El doctor, pese a haber estado toda su vida ensayando su pose grave y seria para estas ocasiones, no pudo disimular su asombro. “Exacto, Chicles” repitió, como si fuera él el descubridor de tan peregrino acontecimiento. “Sí, a veces pasa noches enteras diciendo ‘Los de los chicles, los de los chicles’ ”
Pero nadie le dio más importancia a aquello, y durante el entierro, solo su nieto recordaba las palabras de su abuelo, en las noches oscuras en las que compartían habitación. Porque le parecía intuir, que cuando las decía, su abuelo sonreía.
Nunca olvidará aquella imagen porque recurría a ella una y otra vez obligándose a sentir demasiadas contradicciones en unos pocos segundos.
El olor a cloro se extendía por todas las instalaciones, y allí se mezclaba con el de la goma quemada de las ruedas gastadas sobre el asfalto. El calor era casi insoportable, pero en aquel pequeño oasis de hierba seca que arañaba los pies descalzos, la sombra se extendía tan oscura como su recuerdo. Los gritos y risas en forma de acompañamiento musical llegaban a sus oídos acorchados, como escondidos bajo una almohada. Sonidos que buscaría con ansia a lo largo de toda su vida en las playas y piscinas que visitó.
La zona de juegos se llenaba de carcajadas a media luz. Menos histéricas y más comedidas que las que proporciona el agua. Los chirridos y gemidos de los columpios, que habían aprendido, después de tantos años, a coordinarse y modulars para que el soniquete resultara hipnótico y ensoñador.
Y vio la sangre. Y el bañador negro de su madre. Y la sangre en las piernas de su madre que corrían torpes y torcidas. Y la sangre en las manos de su madre. Y la niña en los brazos de su madre, coloreada de un rojo que se escurría y teñía la hierba marrón.
Dejó de percibir nada excepto los gritos. Lamentos que salían de su garganta con una fuerza estremecedora, pero su cuerpo parecía muerto, sostenido por unos brazos de los que ella se creía dueña. Y la mueca de su madre, desencajada la faz, cristalinos los ojos, perdida como nunca la había visto perderse, rogando hasta con cada estremecimiento, una ayuda que parecía no llegar nunca.
Y el miedo paralizador dejó paso a los celos. Celos de la sangre ajena que chorreaba por su madre y le provocaba un dolor intruso casi palpable. Celos del cuerpo menudo, desmayado, que vociferaba y gritaba llamando a su propia madre y odiando a la postiza. Celos de cada gota brillante bermellón rabioso, que siguió hasta llegar a la enfermería, donde encontró el bañador negro conteniendo el cuerpo tembloroso de una madre a la que no reconocía. Y se dio la vuelta y la abrazó, todavía con el olor metálico impregnado en la lycra, casi hasta hacerla daño.
Le gustaba inventar nuevos lenguajes porque a veces se cansaba de los que ya conocía. Tan ajados y deshilachados, a menudo perdían la esencia de lo que querían decir, y como habían sido tan usados, llevaban una información añadida, una suciedad adquirida al igual que las monedas que pasan de mano en mano en un mercado.
Su favorito para los recuerdos era el lenguaje de los olores. Si a un grupo de fonemas se le podía asignar una idea, ella se deleitaba en asignarle recuerdos a los aromas con los que de repente se topaba.
Así, la antigua casa de sus tíos paternos era el olor del queso curado y los productos dematanza en la cocina, mezclado con el azúcar que se despegaba de la pegajosa capa de miel y aceite de aquellos dulces que le ofrecían sonriendo. De su tía materna en el pueblo manchego, el olor al humo de la estufa pegado en las cortinas, en el barniz de las sillas y en las faldillas de la mesa. La familia de la capital, era olor a cerrado, a afinación, a rancio y tubería vieja. Si pensaba en Zaragoza, eran los efluvios de cera para el suelo de madera y ambientadores de fresa los que la recibían y para Huesca quedaba reservada la humedad que desprendía el yeso, los churros por la mañana, el maíz seco del almacén o el aroma de las medias noches en el armario de la despensa.
Éste último llegaba a ella acompañado de un sonido, el de la puerta al abrirse y cerrarse furtivamente durante las largas noches de verano, las risas infantiles y los susurros ahogados sobre pies descalzos. Y así es como se sentía en el súpermercado, con los inocentes bollos intentando proporcionarle recuerdos a través del plástico de la bolsa crujiendo entre sus manos.
Y decidió hacer más rico su lenguaje. Y se puso a repasar los sonidos que podía asignarle a cada olor recordado.
Me gusta observar a la gente mientras desayuna. Normalmente ingieren cosas de dudosa calidad, de esas que saben bien, pero no alimentan. Y cada vez más gente, se suma al consumo de unos productos que ni siquiera saborean. Se limitan a engullirlos distraídamente sin prestarles ninguna atención. No les culpo. Cuando he olvidado mi desayuno en casa y he optado por estos tentempiés me he dado cuenta de que algunos son insípidos y otros realmente saben mal. Cerrar los ojos y tragar es una alternativa. La otra es quedarte en ayunas.
De vez en cuando, descubres a alguien con un manjar entre las manos. Y es con esas personas con las que más disfruto en mi acto furtivo de observación y espionaje. Saborean pausadamente, paladeando cada miga, mostrando en sus ojos y en algún gesto espontáneo, el placer que está obteniendo de esta ingesta matutina. La primera del día, después de una noche de dieta consentida.
Reconozco que a veces, sin ser vista (o quizá sí, quién sabe) me he aprovechado de estos desayunos ajenos. La mayoría de las veces sólo he acertado a captar el aroma, de lejos. En contadas ocasiones, y sospecho que gracias al consentimiento tácito del anfitrión, he podido degustar una pequeña parte, mínima, ínfima, pero muy reconfortante, aunque una mera limosna para un paladar inquieto.
En realidad hay palabras completamente vacías de significado. Hola, buenos días, hasta luego, adiós,buenas noches….solo sirven para relacionarnos entre nosotros como especie gregaria. Un bote y una chispa que desaturden la corriente de su pensamiento. No puede ser cierta esa gran contradicción. ¿Vacías de contenido si tienen un fin tan importante? Decir hola es decir estoy en el mundo, soy como tú, en algún momento compartimos un tiempo de nuestra existencia y lo gastamos o malgastamos juntos, te recuerdo, formaste parte de una mínima porción del tiempo que me ha sido asignado para ser, te reconozco, el hilo que nos unió no se ha roto todavía. Buenos días, mirarte a los ojos y esperar una sonrisa, intentar adivinar si has dormido poco o que hiciste el tiempo que estuvimos separados, si te quemaste con el agua caliente de la ducha (como yo) o has desayunado (al contrario que yo), hasta luego como la demostración de continuidad en nuestras vidas, un luego que nunca se sabe cuando ocurrirá. Buenas noches, me separo de ti para caer en la inconsciencia del mundo paralelo en el que somos pero no somos, pero espero encontrarte mañana o pasado, o dentro de muchos años, tal y como te recordaba antes de despedirnos sin la luz del sol que nos alumbraba.
¿Vacías de significado? Hola, buenos días, buenas tardes, buenas noches, hasta luego, adios.
Fumaba sola, en la oscuridad quebrada por la luz que se filtraba a través de las tablillas de la persiana de madera.
Al expulsar el humo sobre el cigarro, éste respondía con una incandescencia aún mayor. A su alrededor se creaba un halo naranja, que se difuminaba mientras intentaba alcanzar todo lo que había a su alrededor. Pero solo abarcaba unos cuantos milímetros.
El cigarro se quemaba sin arder. Es lo único que hacía, consumirse poco a poco sin haber conseguido nunca explotar en una llama, o una chispa siquiera.
El pequeño Óscar normalmente jugaba con su hermano. Su hermano era mayor que él, y Óscar se divertía sólo un rato, porque luego, enseguida, su hermano intentaba chincharle. Y lo conseguía. Le tiraba el balón a mala idea solo para hacerle daño, le quitaba la lata a la que ambos daban patadas y no se la dejaba tocar, corría tras él dándole capones o lo perseguía hasta arrebatarle el patinete en el que se deslizaba. Así que Óscar gritaba, se enrabietaba, lloraba mientras insultaba a su hermano y lo perseguía para poder darle un buen pellizco, pero nunca lo lograba, con lo que se enfadaba aún más, y se ponía a chillar bien fuerte, hasta que su padre asomaba la cabeza y los castigaba a los dos a sentarse quietos y sin mirarse. Pero ni aún así podía Óscar estar tranquilo. Su hermano se las apañaba para hacerle burla, contarle mentiras que lo asustaban o darle patadas por debajo de la mesa.
Hoy, el pequeño Óscar jugaba sin su hermano en el parque. Como disponía de toda la plaza para él sólo, no dudó ni un segundo en recorrerla a saltos. Comenzó a jugar un partido de fútbol con un balón imaginario hasta que se cansó. Luego decidió escapar de lo que parecía una gran fortaleza llena de malvados seres que pretendían atraparlo. Saltaba, gritaba, lanzaba patadas al aire y a veces caía bajo el peso de cinco o seis contrincantes que aún así no podían con él. Corría de arriba a abajo, se subía a los bancos y se lanzaba con los brazos extendidos, daba vueltas y vueltas en la farola. Paraba un poco para recuperar el aliento y tenía una pequeña conversación en voz alta (ante la mirada extrañada de los que pasaban por allí, que medio ciegos, no veían ni fortaleza ni villanos ni nada de nada). A veces reía, a veces gritaba, y cuando recibía un golpe, se recuperaba enseguida y reanudaba con más ahínco su misión (que a estas alturas no tenía muy clara).
Al fín, consiguió salir, saltando un enorme foso infestado de cocodrilos y pirañas, y se dejó caer, extenuado, en la fría plaqueta de la plaza. Y sonreía. Y luego comenzó a reírse a carcajadas, porque ese día, el pequeño Óscar, de cinco años, había vencido a su hermano.
"Nuestra vida es corta. Se puede decir que tenemos un tiempo finito para leer. Así que no podemos abarcarlo todo. Sed muy selectivos, porque no estamos para perder el tiempo".
Esas palabras retumbaron en su cabeza durante mucho tiempo. Si quería dedicarse a escribir, tenía que hacerlo bien. Odiaría pensar que alguien ha sentido que por su culpa, ha estado perdiendo el tiempo. Quería ser uno de los elegidos.
Puso todo su empeño. Devoraba la realidad a cada paso, para exprimirla y convertirla en aquello que necesitaba. Su cabeza se llenó de historias inconclusas que guardaba en un rincón por si podían servirle para algo en algún momento.
Gritaba de ira cuando sus personajes se rebelaban en su contra, lo miraban con indiferencia y decidían convertirse en seres convencionales. Pese a sentir tentaciones, nunca pudo matar a ninguno de estos rebeldes sedentarios, que se acomodaban a esperar, como hacía el resto del mundo.
No dormía, casi no comía, apuntaba cada amanecer, cada atarder, cada lluvia y cada noche de tormenta. Llegó a llorar de rabia sobre el papel, y llenarlo de gotas rojas, al sangrar sus dedos contra un lápiz afilado.
Hoy es uno de los grandes. Sus personajes han sido imitados, odiados, admirados, desdeñados, empujados al vacío y reescritos. Su obra es estudiada por niños, universitarios y ancianos. No hay nadie, y cuando digo nadie, es lo que quiero decir, NADIE, que no haya escuchado, al menos una vez en su vida, su nombre.
Y él murió amargo, pensando que no lo había conseguido.
...Así seguíamos caminando entre uno de esos silencios que nos llenan los oídos y los esqueletos de las casas, que nos miraban intentando aterrorizarnos y solo conseguían dar lástima. Parecían castillos de naipes, torcidos, inclinados. Cartas que han perdido su palo. Casi podía ver como se tambaleaban.
Entonces miré a mi alrededor. A esa inmensidad que se extendía hacia todo. Ese sitio era la nada. No tenía nombre ni ser, antes de la llegada de los ladrillos.
La nada, que ahora estaba llena de castillos de naipes.
-...Es fácil de entender.- Dijo pausando las palabras. El chico lo miraba sabiendo que iba a comenzar a decir algo que debía escuchar con atención. Toda la sala se difuminó poco a poco hasta que comenzó a borrarse. Se diluía como si en un mural recien pintado que aún no ha endurecido sus trazos para hacerlos perpétuos, se lanzara un cubo de agua caliente. Las paredes, las lámparas, las mesas y las cortinas, se convirtieron en lágrimas que primero perdían el color, y después hacían invisible su propia transparencia.
-Es muy fácil- repitió- El corazón guardían de sentimientos, no puede ser más que un invento femenino. El alma es, por definición, algo masculino. Recuerda que durante mucho tiempo, las mujeres no tuvieron alma. Se les negó la posesión de un algo al que poder culpar o agradecer esas cosas que nos revuelven el estómago o congelan nuestra garganta. Y eso es una necesidad, aunque algunas veces nos empeñemos en negarlo. Así que buscaron en su cuerpo (¿para qué ir más lejos?) algo en lo que poder descansar esa pesada carga. Por encima de sus vientres, por encima de sus senos, encontraron algo que las remitía al origen de toda vida. Al cerrar los ojos, descubrieron el tam-tam del que ya habían olvidado hasta donde se extendía su recuerdo. Y allí posaron sus vidas.
El chico observaba perplejo la servilleta doblada frente a él. Escuchaba los murmullos de las otras mesas. Alguien reía de una manera escandalosa y desagradable. El agrio chirrido de sus carcajadas colapsaba por completo sus oídos y hacía que se le erizara el vello de los brazos.
- El alma encierra todo eso que normalmente nos da miedo descubrir. Se encuentra en un lugar demasiado profundo, demasiado encerrado, así que a veces los hombres mueren sin haber conocido su propio alma. Quizá sea mejor así, no siempre es agradable lo que nos aguarda allá, al fondo. Enfrentarnos a nuestro alma, no es el final del camino, como piensan muchos. Ahí comienza algo de lo que ya no podremos separarnos nunca.
Los ojos del jóven toparon con los de aquel hombre del que ahora mismo no reconocía el rostro. La perplejidad que mostraba su ceño fruncido divirtió al que acaba de callar para tomar un sorbo del agua que esperaba en la jarra. Tenía una tonalidad un tanto azul, que nadie había percibido. Lentamente, pudo reunir la suficiente fuerza y coraje para preguntar torpemente:
-¿y a usted quién le enseñó eso sobre el alma?
El viejo sonrió, pero tan discretamente que solo se dió cuenta el reflejo de su boca en la copa que se estaba llevando a los labios.
-Muchacho-dijo mirando más allá de las paredes, más allá de las ventanas opacas- todo eso me lo enseñó una mujer, mucho antes de que yo viera la luz.
Podía ver su perfil, que me atrapó al primer vistazo.
Su nuca, que podía verse gracias a que su corte de pelo (azabache al que las luces arrancaban destellos) la dejaba libre y al descubierto, tenía la delicadeza que muestran las muñecas de porcelana. Su nariz era respingona y apuntaba ligeramente hacia el cielo, pero de una manera tímida. Sus labios dejaban asomar de una manera vergonzosa una media sonrisa que debía estar enlazada con la corriente de pensamientos que bailaban en su cabeza.
Y luego, topé con sus ojos. Enmarcados por unas pestañas largas y oscuras, que custodiaban un iris también oscuro, brillante, con toda la intensidad que los niños muestran al mirar. Y así miraba ella.
“Es un hada” pensé. Y en ese momento lo olvidé todo menos su rostro. La habitación, los anuncios pegados a las paredes, las demás personas…y también la silla de ruedas, sus manos agarrotadas como garfios reposando en su regazo y sus piernas inmóviles.
El día era blanco. Y gris. Pero el gris siempre estaba presente, así que tenía la cualidad de ser obviable y obviado.
Sujetaba el bastón entre sus manos, o quizá era el bastón el que sostenía.
La calle se encontraba llena de soledad y luz tamizada, arrojada con capricho para conceder un deseo. Y él seguía mirando, sin placer ni anhelo.
Se levantó un suave viento que agitó la ropa tendida de las cuerdas que decoraban las terrazas como guirnaldas de colores. Y cuando llegó al árbol, una lluvia de hojas salió despedida, como confeti de una fiesta. Hacían un ruido sordo, de rasgar de mil enaguas, de aplausos en un teatro, de papel de caramelo retorcido con intención musical.
Contempló maravillado el espectáculo. Recordó el colegio. Recordó los ciclos a los que el planeta está sujeto. Recordó sus clases de biología. Y siguió mirando la danza rojiza que se desarrollaba ante sus ojos.
Entonces se preguntó a qué había dedicado su vida.
Ya le habían hablado de él. Así que no le sorprendió cuando, como hacía siempre, se coló en el baile a escondidas y se lo encontró allí. Sus amigas lo miraban con desconfianza. La mujer del estanquero les había confesado entre nerviosa y abrumada, que cuando fueron presentados, le había besado la mano.
Sentadas alrededor de una mesa pequeña, charlaban animadas sin descuidar nunca el reloj, el enorme reloj de pared, que como siempre, con oronda redondez y burlón soniquete de tuercas y tornillos, anunciaría la hora en la que deberían marcharse, para que en sus casas nadie sospechara de dónde gastaban sus tardes.
Él se acercó con paso decidido, pero sin la ansiedad que solía mostrar el resto del mundo en situaciones similares, casi como si se estuviera esperando su llegada desde muchos años atrás. Amablemente, inclinándose suavemente hacia delante, pidió permiso para hacer compañía al grupo de muchachas. Sin mediar palabra, todas se corrieron un puesto alrededor de aquella mesa, y un sitio quedó libre para que él pudiera sentarse.
Lucia lo miró con curiosidad, pero sin descaro. Él rechazó la falsa modestia de la que debería hacer alarde alguien que pudo ser llamado ilustre, pero al que el azar de la caprichosa sucesión le había arrebatado un título, que en realidad nunca echó de menos. Comenzó a silabear aquellos trazos de su vida que podían crear un boceto de su persona, y pese a no renunciar nunca a la corrección que le habían marcado a fuego, mucho más allá de la piel, no había alarde en sus palabras.
Su historia, como él mismo reconocía, no tenía nada de especial. Era una copia exacta de otras vidas ya vividas por gente como él, mucho antes. Una burda repetición, que ni siquiera era original. Palabras fetiche que hicieron compañía a muchos otros, antes que a él: Juego, amigos y alcohol. Y por esta última brindó levantando su copa.
Allí llegó en busca de un pasado sin el cual podía perfectamente continuar, pero al que quería rendir homenaje, como último acto de valentía en su vida, emulando burdamente a aquellos a los que se llamaba “hombres”.
Entonces, Lucía, llevada por la infinita compasión que aquel ser le había arrancado de algún sitio escondido, que ni ella misma sabía que tenía dentro de sí, se permitió advertirle sobre aquellos de los que él se hacía acompañar en sus salidas nocturnas, paseos y almuerzos. No era buena gente el marinero. Ni tampoco el estanquero.
-Se creen que me engañan, Lucía- dijo profundamente conmovido.- Se creen que me engañan. Pero no pueden. Nadie puede. Nadie conseguiría engañarme más de lo que ya estoy.
Y Lucía contemplaba aquellos ojos de vidrio, esperando ver más allá de la tristeza que reflejaban, un ápice de calor que le dijera que estaba vivo.
-Señorita – pronuncio nada más había agotado el aliento de su última afirmación - ¿Puedo cogerla de la mano?
- No – dijo secamente Lucía.
- Lo imaginaba – y en sus ojos, al fín, una chispa – Pero tenía que intentarlo.
Camino despacio mirando a mis pies avanzar a través del polvo del camino. Un polvo fino, casi invisible, como una niebla que se levanta en loca danza al más mínimo roce de mi zapato.
Mis piernas obedecen a una fuerza que de repente no sé de dónde ha salido. Quizá es eso a lo que llaman instinto. Avanzan mecánicamente, primero una, luego la otra, sin perder el ritmo, como en ensayada marcha, y las huellas de mi caminar quedan atrás esperando que algún loco destino se aventura a seguirlas y encontrarme.
Hace calor. Un fuego que abrasa, sin proponérselo, algo más que mi carne. Penetra hasta el más recóndito lugar de mi ser, suponinedo que yo siga aún siendo ser. Calma. Ya no tengo calor, puede que incluso esté expulsando vapor por cada uno de los poros de mi piel, pero nisiquiera eso sé.
Al fondo, (del camino, de la senda, del viaje...¿quién puede saberlo?) veo una figura que avanza hacia mí. Me detengo ante él a solo unos metros de distancia. Me mira con extrañeza. Me detengo ante él a solo unos metros de distancia. Me mira con extrañeza. Levanto una mano para saludar y él levanta la mano a su vez. Sonrío y me sonríe.
Doy un paso al frente (uno de esos pasos que en ocasiones suelen ser decisivos) y él también avanza, con la misma seguridad o inseguridad que yo.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que está delante de mí, no es otro sino yo. No hay espejos, ni superficie pulida alguna en la que pueda reflejarme. De repente, ese otro yo, toma vida y me sonríe. Se desvanece poco a poco.
Giro la cabeza y miro entorno a mí. Todo es verde. Verde chillón, verde limón, verde acuoso, verde intenso, verde botella, verde aceituna, verde y más verde.
Escucho un llanto,una risa, un susurro, un gemido... y siento que alguien me invita a darme la vuelta.
Quedo envuelto en una neblina espesa, color humo, olor agrio, sabor amargo (o puede que sea color agrio, sabor humo, olor amargo) Y la sensación de que todo es verde todavía sigue apostada en mi cabeza.
No temas, ya me conoces. No es una voz lo que he escuchado. Es algo que retumba de dentro hacia afuera. Puedo sentir su vibrar desde la punta de mis dedos extendiéndose por cada uno de mis abellos. No sé que decir, y las palabras se qeudan a la mitad del camino entre mi mente y mi boca. No digas nada. Quién eres, logro preguntar. Pero no han sido mis labios los autores de la pregunta. Ya me conoces. Y no interrumpo.
He nacido contigo, dormida al principio. Más tarde las voces de los otros se encargan de despertarme. Cuanto más tiempo pasa, más grande me hago dentro de tí y también a tu alrededor. Puedo ser algo pasajero, divertido, amargo, puedo incluso ser algo dañino y pasado (que es cuando peor me porto). Cambio de forma constantemente, o eso dicen. Puedo instalarme en otro ser, aunque a tí te pertenezca siempre. Suele venir acompañada de otros, que me apartan de tu lado para calamarte. Otros a los que no conoces, o quizá ya has conocido. Otros que llegan para que tú no te acuerdes de mí.
Mis ojos intentan abrirse, pero se cierran. Mis brazos comienzan a pesar, al igual que mis piernas que como plomo, parece que piden a gritos tomar tierra y descansar.
Se dice de mí que en ocasiones hago falta. Muchos de tus actos primero me piden permiso. No le hagas caso a nadie. Para decir algo sincero, diré que no soy ni el bien ni el mal. Soy diferente para cada ser y para cada instante, pero no soy como los demás. Aprendes a crearme, a darme forma, aunque tú no lo sepas. Te enfrentas a mí, y yo lato más fuerte en tu interior. Nunca podrás vencerme, porque si lo hicieras, te vencerías a tí mismo. Al dar un paso al frente, me llamaste para vencerme y desapareciste en un borrón.
Soy la Vergüenza, y la Vergüenza no es más que tú mismo, más real que tú, ese tú escondido que pugna por salir y al que no le es permitido hacerlo. Cuánto más luchdes en mi contra, más hacia el fondo enviarás a ese tú auténtico, y más raices creará en tu interior. Una vez que has nacido, nadie es capaz de hacerme desaparecer.
Dejo de vibrar. Ya no huele agrio, ni sabe amargo, pero mis ojos apretados ven verde en la oscuridad. Quizá se haya ido, pienso. Me doy cuenta de que sigue conmigo y que nunca marchará. Me incorporo y es entonces cuando noto que estoy llorando como un niño, que llevo llorando todo el camino.
El silencio se pegaba a todos los rincones. A cada ladrillo, cada piedra, cada puerta. Las estrechas aceras, en las que no cabía un persona de canto, estaban mojadas porque la niebla se había parado a descansar en ellas durante su inquietante ir y venir. Las trémulas luces que hacían un amago de iluminar la negrura que se cernía a lo largo de las calles, no hacían sino oscurecerlo todo aún más.
En la cerca de Ramón "el lenteja" había reunido un pequeño grupo de amigos. Hacían piña en torno a una vieja estufa de latón, que emitiendo más humo que calor, conseguía al menos que la botella no se les acabara demasiado pronto.
Algunas parejas comenzaron a salir. Cruzaban a oscuras el pequeño corral, esquivando los tímidos charcos, que ensayaban fiereza sin conseguirlo. Cerraron la puerta, golpeándola fuertemente contra su estructura de metal. Pero la puerta no se cerró, solo quedó entornada. Se escucharon los coches de los que habían abandonado la reunión, alejándose, escupiendo toses el tubo de escape.
Alguien protestó porque la puerta permanecía abierta. Soledad salió a cerrarla, acompañada de Rosario y Angelines. Las tres probaron por turnos, empujando con todas sus fuerzas el frío metal, sin conseguir que las piezas encajaran. El resto las miraba desde dentro, riéndo, haciéndo comentarios, profiriendo cariñosos insultos que las muchachas contestaban entre golpe y golpe.
La Manuela se levantó de un salto. Cruzó con grandes zancadas el tramo de corral que la separaba de la puerta, enturbiando el brillo de la luna que se reflejaba en los charquitos, al pisarlos con sus botas. Sin frenar su avance, lanzó la pierna derecha en un perfecto y seco movimiento. De una patada cerró la puerta que quedó temblando y emitiendo un ligero sonido agudo, como de de protesta.
Angelillo miraba la escena a través de la sucia ventana. Le clavó el codo en las costillas a Salus, que casi dormitaba envuelto los arruyos combinados de la ginebra y la estufa de latón. Angelillo escuchó el golpe del portón al cerrarse y le dijo a Salus: "Claro, es que la Manuela es de pueblo". Y las carcajadas llenaron la habitación.
"Las dos chicas caminaban algo más despacio que el resto de personas a su alrededor.
La chica del paraguas observaba la sombra de la que iba detrás de ella. Tenía frío, y la mano con la que sujetaba el mango del pequeño toldo en forma de champiñón, empezaba a escocer al recibir el aire helado sin ningún tipo de protección. La sombra que observaba no tenía paraguas. Llevaba un abrigo largo y caminaba encogida, como si alzando los hombrios las gotas que le caían encima mojaran menos.
La chica del abrigo largo intentaba no arrastrar demasiado los pies, porque los bajos de sus pantalones estaban completamente empapados. Caminaba al mismo ritmo que una chica menuda que portaba un paraguas casi diminuto. Algo más de lo que ella tenía, pero apenas nada. Se mantenía unos pasos rezagada, pero la sensación de compañía se hacía patente con sorprendente facilidad, y aunque debería asombrase, no lo hizo.
Entonces la chica del paraguas comenzó a tararear una canción. Apoyando el minúsculo hongo impermeable sobre su hombro derecho, apenas lanzó cuatro palabras al aire. La chica del abrigo largo, reconoció aquellas cuatro sonidos, e instintivamente continuó con otros cuatro. La portadora del paraguas se giró y sonrió mientras seguía tarareando. Se acercó a la chica del abrigo largo que también cantaba y la cubrió con su paraguas, que ahora parecía más grande. "Yo solo te puedo ofrecer una melodía", le dijo la chica del abrigo mientras sujetaba el paraguas, y la recién liberada guardaba su mano en el bolsillo. Y se alejaron caminando juntas..."
Cuando era jovencita y comenzó a tener recuerdos, los comentaba con todas su amigas, a las que estaba casi literalmente unida. Todas muy juntas, apretujadas, lisitas y tersas.
Llegó el día en el que le explicaron cuál era su cometido y se enfrentó a ello con valor y resistencia. Sería la mejor. Así que cuando se hinchó y triplicó su tamaño, casi ni le importó. Al desinflarse, notó que estaba llena de arrugas, como el resto de sus compañeras, entre las que encontró alguna vieja amiga, de esas con las que había compartido el privilegio de ser siamesa.
Su nuevo alojamiento era mucho más incómodo que el anterior, pero podía compartir recuerdos y experiencias. Conoció las direfencias, las clases, se sintió despreciada a veces, otras veces superior.
Allí descubrió que su final sería el de amontonarse, medio hinchada y fétida, con el resto de sus congéneres, esperar a una putefracción lenta e imparable. Con un poco de suerte, la quemarían, y se consumiría poco a poco hasta quedarse en una porción de la nada retorcida y endurecida. Así que cada vez que veía la luz, se plegaba sobre sí misma, intentaba esconderse, hubiera temblado de haber podido.
Pero un día ocurrió algo que nunca llegó a entender. Y comenzó a flotar, y subió y subió y subió...y giró mil veces y otras mil veces más. Y se reía, y subía más alto, y sus arrugas ahora, no tenían importancia. Y así, casi transparente, volando enloquecida, notó que los ojos de un niño la estaban mirando.
"¡Dí Pamplona, corre, dí Pamplona!" "¡Pamplona!", y los trocitos de rosquilla caían en delicada lluvia silenciosa por toda la cocina. "¡Ahora dí Parapente!" Y las carcajadas se desgranaban, alegres, cantarinas y se pegaban a las paredes y a mis oídos. Risas inocentes que ascendían a lo largo de la garganta y se escapaban a través de la boca sin perjudicar, saliendo disparadas para estallar, como lo hacen los fuegos artificiales, y quedarse grabadas para siempre en el recuerdo. Y avanzaban por el pasillo, por el suelo, se hacían más más vivas, chorreaban por el patio interior, iluminando sus paredes ennegrecidas con el brillo de la despreocupación y un sentiiento compartido. Cuatro voces que danzaban juntas, saltimbanquis, nerviosas, queriendo ser, juntas, de la mano.
Y me parece casi imposible que algo que rezuma tanta felicidad, pueda ser recordado con tristeza.
- Estás escriibendo sobre la lluvia, ¿verdad? - Sí. - Y sobre lo gris y blanco que hoy está el día. - Sí. - ¿Sabes lo plagado que estarán hoy los blogs de lluvia y días grises? - ¿De gente que viva aquí? - De gente que viva en cualquier ciudad en la que esté lloviendo. Y sé palabra por palabra en lo que se va a convertir tu texto, el texto de todo el mundo. - ¿ah sí? - Si. Se llenará de hojas que aspiran a ser doradas, de la madera mojada de los bancos, de los charcos que están naciendo, del ladrillo oscurecido por el agua. - ... - De la piel erizada y el gesto de volverte pequeña bajo el jersey. De un cielo al alcance de la mano, blanquecino y desgarrado. Del recuerdo de katiuskas y trenkas rojas. - ... - Seguro que no faltarán unas manos frías a las que nadie sujeta para darles calor, ni el aluminio empañado de la ventana. Tampoco la hierba muerta de color marrón. Ni el brillo de la tierra que se pega a los zapatos porque quiere formar parte de algo menos infinito. - A veces llego a odiarte. - No lo hagas. Solo pretendo ayudarte. - ¿Sabes lo que no has mencionado? - No, ¿qué? - Pues - sonrío - Paraguas. - Lo vas a escribir de todos modos, ¿verdad? - No, no lo haré.
Se paró en seco. Su carrera frenética por entre las hierbas,dando vueltas y vueltas alrededor de aquella figura de hierro, levantando polvo con sus sandalias de goma, terminó de repente. Como si se abriera un abismo ante sí. Todavía con una mano en el metal ahora caliente, encogió los dedos e intentó refugiarlos entre las tiras de sus zapatillas, como en un acto reflejo de protección.
A unos centímetros de sus pies, se encontraba una culebra. No sinitó miedo. La culebra yacía reventada, mostrando al mundo entero su interior rosado y blando. Estaba cubierta de tierra marrón, que se humedecía al contacto con el cadaver, tornándose aún menos viva que nunca. Las hormigas acudían en ordenada tropa y entraban y salían del vientre abierto del reptil, como si no fueran conscientes de a qué se debía el umbral que atravesaban. Lo que le parecieron centenares de moscas, grandes, de reflejos verdes y amarillentos, se posaban unos segundos en aquel amasijo sin forma concreta, urgaban con sus sucias patas, y volvían a levantar el vuelo. Se estremeció al pensar que una sola de esas moscas pudiera llegar a rozar su propia piel.
Todavía escuchaba las risas a su alrededor de sus compañeras de juegos infantiles. Hacía calor y el ambiente ahora estaba tan cargado que casi se le hacía insoportable. Esucuchó su nombre un par de veces, pero no levantó la vista.
Se acaba de enfrentar por primera vez a la realidad de la muerte.
Camino entre una mezcla de barro, luces, músicas y olores indefinidos que se extienden en forma de humos de diferentes densidades. El viento debería soplar frío, pero ha decidido quedarse inmóvil. Me acerco decidida a un puesto pequeño, separado del resto, con un aire como de benjamín inexperto. Según avanzo comrpuebo como el hombre que está detrás de las sortijas, pentiendes y cacharrerías varias, me mira con una expresión curiosa, como se mira a un conocido al que estás a punto de saludar. Al acercarme más, exclama ¡oh! y me dice: "Llevas algo de mi país en la cara". Señala la piedra falsa de color azul en forma de lágrima que llevo adherida a mi frente. Yo la acricio con mi dedo índice y él asiente. "¿Sabes lo que significa?". Le brillan los ojos como a los niños los días que nieva. "no" le digo sonriendo. "Lo llevan las jóvenes que se van a casar. Las pobres lo pintan" Me contesta. Yo digo ¡oh! y él pregunta de nuevo: "¿Tú ya estás comrpometida?", "no" y hago una pausa. "Lo llevo porque es bonito". "Es bonito, sí, es de mi país" vuelve a decir él, sonriendo, nervioso, balanceándose sobre las puntas de sus pies. Yo sigo mirando sus ojos y su naríz, que ahora apunta en todas direcciones, buscando algo, mientras mi acompañante finge estar distraída y no haber oído nuestra conversación. Al fín, el hombre levanta triunfal la mano y luego me la alarga: "toma" me dice mientras pone entre mis manos un anillo de madera, en forma de espiral, delgado, rugoso a causa de unas pequeñas incisiones a lo largo de todo su diámetro. "Toma. Es un regalo. Por ser bonito". Yo miro el anillo, me lo pongo y le doy las gracias. Me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. Me despizo y arranco a andar, mirando al frente, sin hacer caso de los ojos inquisidores de mi acompañante. A él no le volví a ver, como al anillo, que perdí una noche que me lo quité para dormir en una casa que no era la mía.
The man who is talking by the phone is walking up and down with the celular next to his ear. Some heads (my mother's ) think he's enjoyning a erotic line, and he's choosen the square where we live because it's a lonely and solitary place. Other minds (more sensitive ones) think he is really talking to nobody, he pretends he's talking to somebody, and he believes he is talking to somebody. And I, I look at him as a night ritual. I see him as I see the street furniture or fixtures. The same as a streetlamp, but less alive than a tree.
Estaba por escribir un momento lúcido de aquel coche rojo que aparcado sintió como una lata que rodaba se estrelló contra su neumático. Estaba por narrar cómo sintió por primera vez un contacto puramente casual sin pretensión de ningún tipo. Estaba por explicar que experimentó en un instante piedad, amargura, amor, cariño, ilusión, emoción, excitación, alegría, pena, frustración, envidia, perplejidad, naúsea, remordimiento y pasión.