...no tan pequeña con muchos planes a corto plazo y aspiraciones a largo. Que se pone nerviosa y se ríe, agita las manos y se retuerce el pelo, mira al cielo y al reloj buscando pistas de algo que no conoce y se regodea en pensar que la sensación que tenía era cierta y buena, todo-a-la-vez. Que después de haber llenado su agenda mental (para las cosas importantes no hace falta tinta azul) de horas y citas para el fin de semana, hincha el pecho y cuenta minutos hasta su llegada.
Y todo esto, señoras y señores, a pesar del sofocante calor.
Cuando el amanecer rompía el cielo ya hacía largo tiempo que el entrechocar de aluminio acompañado de las voces de las mujeres, siempre animadas pese a la hora temprana, había comenzado. Las manos viejas que ordeñaban la cabra lo hacían con arte y cargadas de experiencia, pero siempre vigiladas de cerca por varias decenas de ojos que protestaban si al moverse demasiado rápido, llenaban de espuma el cantarillo en lugar de hacerlo de rica leche.
En una casa cualquiera, el olor a pan frito despertaba a las hijas. El aroma del aceite caliente siempre auguraba un frío cortante en el exterior, dañino, punzante, en exceso doloroso. La jornada comenzaba así, con olor a comida, para recordarles la razón por la que habían de madrugar, resquebrajar sus manos bajo el rocío helado y congelar sus pies en una larga caminata hasta la tierra de labor.
Después del pan y el café, como en un ritual, el padre abría un frasco, extraía algunas cerezas del tamaño de albaricoques y vertía un poco del líquido cristalino en el que nadaban en un vaso. <<No le des eso a las chicas, que no les va a sentar bien>><<¡Calla, mujer!>> Contestaba el padre <<No sabes lo bueno que es el Aguardiente para algunas cosas…>>
Si el padre hubiera podido conocer a su nieta, ella le diría hoy <<Yo sí lo sé>>
...Es abrir el buzón y encontrar que dentro hay un sobre y dentro una carta y olor a canela, ¡y dentro! abrazos y sonrisas y y lo que yo me supongo suena como "purrrrr". Y además, como añadido, unas cuantas horas de delicioso delirio musical.
Te has reencontrado con gente a la que quieres mucho, mucho. Has conocido gente maravillosa (deuna u otra forma) y como en un “clic” te das cuenta del espacio tan importante que ocupan en ti misma.
Aprendes que los detalles más pequeños pueden suponer una muestra insuperable de lo que te aprecian otros (aquí no hay enlace, pero sí un simple póster de papel que lo demuestra, colgando de la pared de mi dormitorio) y de pronto toda esa soledad que hace algún tiempo pensabas que te rodeaba ha decidido extender el dedito pulgar y hacer auto-stop para meterse en el equipaje de quien realmente la quiera como acompañante.
Súbitamente decide no montar en el metro y correr hacia la parada del autobús. Igual de súbitamente se apea una parada antes de lo previsto y comienza a caminar entre las casitas iguales que forman la urbanización. Jo, hacía años que no pisaba este alquitrán. Y pensar que esta ruta era habitual…quizá pueda hacerlo aún con los ojos cerrados, que alguna vez he probado, mejor no arriesgarse.
-Han quitado el banco de la esquina
-Es verdad, donde aparcábamos de mala manerapor las noches.
-No me había fijado, pero las calles parecen más estrechas
-Eso es que tú eres más ancha
-Mira, puede ser.
-Aquí había un perro enorme, quizá siga saliendo a ladrar
-¡Guau! ¡Guau!
-Pues sí, había perro
-Pero lo han debido de lavar con agua caliente
-Por lo menos….
-Je
-¿qué?
- Este encontró al fin la forma ideal de ocultar su jardín…
- ¡Alambre de espino!
- ¡Qué bárbaro! ¿No será para tanto, no?
- Pues sí, ha sido como volver de nuevo del instituto, pero sin mochila….
- ¡Ostras que pantalones! Esto si que ha sido volver a los noventa de golpe y porrazo.
- Vaya, ¿por qué dejarían de llevarse los pantalones así?
- Porque son horribles…
- No lo son, son de rayas, muchas rayas de colores, hacen reír….
-Como los payasos…
-¿Y qué tiene de malo?
- Ser payaso es triste, la gente se ríe de ellos…
- Pero porque ellos quieren, no lo olvides. Es bonito querer hacer reír y conseguirlo.
-Mira el equipo de balonmano del colegio, creí que ya no existiría…
- …
-¿eh?
-…
-eh?
- ¿… Te has dado cuenta que llevas un rato hablando sola?
-……..Sí, como normalmente ¿y qué más da?
- Procuraremos no hacerlo más delante de niños que entrenan al balonmano, ¿trato?
- Pero a cambio me cantas algo mientras ponemos café.
Hace mil años (década arriba, década abajo), Anuski invitó a la sombrilla a hacer este meme. El parasol vago que hay en ella, sumado al poco tiempo que tiene cuando llega el calor, ha acarreado un retraso tremendo en cumplir con su palabra de aceptar la invitación a contestar unas preguntitas. Ahora, con un poquito de tiempo bajo sus varillas temblonas, se ha decidido por fin a contestar.
UN OLOR: ¿Sólo uno? Los aromas son lo más evocador que existe, por lo que hay millones que te hacen sonreir. Entre ellos me quedo con el olor a tormenta, cuando todavía no ha llovido, pero puede olerse el agua de las nubes.
ALGO QUE TOCAR: La batería, pero siendo como soy, una negada rítmica, la respuesta es estúpida. En cuanto al sentido del tacto, tengo una manta rosa, roída y con aspecto de haber ayudado a mil y un refugiados de guerra, sin la que me es imposible dormir. Mis manos la llevan desgastando desde que nací, y siempre que puedo la llevo conmigo. Charly Brown y yo seríamos muy amigos si fuéramos juntos a terapia de grupo.
UNA MIRADA: Me gusta mirar muchas cosas, pero hay algo que me gusta observar detenidamente: El humo de un cigarro cuando la luz entra por las rendijas de una ventana, y parece que de repente todo se vuelve extraño, la nubecilla blanca gira en remolinos tornasolados y choca contra algún cristal.
UN SABOR: Argh! Me rindo ¿solo uno? Imposible.
ALGO QUE ESCUCHAR: El sonido más maravilloso del mundo mundial.
La primera vez que supe de esta novela, todavía no tenía título. Para mí no era más que un proyecto que se estaba llevando a cabo con muchísima ilusión, y al que le estaban dando los últimos retoques para que pudiéramos disfrutar de él. La verdad, es que en aquel momento no pude imaginarme a mí misma leyéndola, y creo que por los nervios que mostraba el día de la presentación, la autora tampoco. Rosa Gil tiene muchas virtudes, entre ellas la de ofrecerte una sonrisa sincera, pese a que la última vez que compartimos una caña fuera mucho tiempo atrás. El ser una de las más grandes conocedoras de cómics, literatura fantástica y libros para niños con la que me he topado nunca, es otra. Quizá por eso no me sorprendió que se lanzara a escribir un libro de aventuras...un libro ¡de vampiros!. Rosa cuenta que siempre han sido sus monstruos favoritos, porque eran inteligentes y complejos, y que desde que soñó que salía volando tras una persecución, no paró hasta tener terminado Bruno Dhampiro, la historia de un niño muy peculiar.
Esta novela no es para los seguidores de Harry Potter (que también), sino para todos aquellos que quieran disfrutar tanto como lo estoy haciendo yo ahora mismo. Enfrascarse en un libro de aventuras en el que el misterio de capítulo a capítulo consigue que te fastidie tener que dejar de leer (porque, sí, es triste, pero hay más cosas que necesitamos hacer para seguir vivos), es algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba. Y lo más importante, la impagable sensación de tener un nuevo amigo. Un amigo que se llama Bruno y es muy especial.
Puedes encontrarla en La Casa del Libro y otras muchas más librerías.
Me gusta mi lado urbano, ese que disfruta tanto mirando las luces de las farolas en verano y como se difuminan en invierno. También se lo pasa pipa con los olores de la ciudad, que no son tan malos como se piensa: Huele a comidas de muchos mundos, metal, tierra caliente y café. La mezcla no está nada mal.
Waking Up In The City
Waking up in the city What are we gonna do Take a picnic to the park Sing songs about the moon I will bring the frisbee I will bring the dog We’ll frolic in the pesticided grass beneath the smog Don’t gotta worry ’bout bee stings Don’t gotta worry ’bout ants Now’s the time to take off our shoes And dance that cartoon dance In the afternoon time We will stroll downtown Past messengers on bicycles And men dressed up in gowns If we should get tired, let’s just take the bus I hope that it’s not crowded so we can sit up front I can’t even see them scrape the sky Blurring the fashions whizzing by
Sun goes down in the evening Lights start flashing on The city swells with energy The nightlife has begun Kustle and bustle So many sites to see Endless excitement Keeps me up ’till three Don’t wanna go to the movies Who wants to sit inside I didn’t get on the guest list Don’t want to wait in line
Let’s go eat pierogis at my favorite cafe The waitreses are grumpy and Their English ain’t so great We’ll talk ourselves in circles Til the pancakes are all gone Today’s become tomorrow I can see the pink of dawn Oh, I’m getting tired, I’m oh so tired I think it’s time to retire Time for bed To rest my sleepy head
Aquí la tienes por si quieres escucharla.
(A veces, depende del explorador que uses, se esconde y nadie la ve)
Echo de menos la niebla por las mañanas y que los autobuses avancen sobre raíles.
Siempre es bueno llevar una moneda de dos caras en el bolsillo, por si un hombre siniestro te cuenta una historia en flash-back en un viejo muelle de Nueva York.
Volví allí después de 14 años y seguía oliendo igual. Miré a mi alrededor odiando estar allí, aún después de haberlo anhelado tanto. Me rompí en dos. Desapareció algo dentro de mí. Y descubres que no es el lugar, sino quién te espera cuando llegas.
Sin ella, aquel ya no es un lugar al que regresar.
Lo primero que noto es que me duelen los ojos. Todo está tan desierto, que la luz casi no tiene donde esconderse, ni donde refugiarse, así que rebota en la planicie que se extiende ante mí y penetra en mis ojos a modo de cascada, derramándose en mi interior.
El edificio que se levanta a mi derecha no es tan imponente como yo sospechaba. Si me agacho puedo ver las ventanas. Mirando a través de ellas, hacia abajo, el infinito. Un infinito confeccionado por escaleras. El infinito son las escaleras. Nunca pensé que el infinito pudiera encerrarte.
Mientras mis pies desgarran los terrones de arena secos mientras camino, me parece distinguir dos figuras al fondo. Siento miedo, pero el calor que desprende la tierra las evapora poco a poco y desaparecen ante mis ojos.
Esto también es un infinito. Comprendo que aquí, también estoy encerrada.
Siento la llave en el bolsillo. Pesada, grande, fría. Por un momento dejo que la mirada se vuelva vacía y no veo nada, ni tampoco escucho. Luego sigo al portero, que camina delante de mí, con pasos rápidos y seguros. Sonríe y no sé por qué, pero puedo ver su sonrisa incluso a través de su cogote.
Se vuelve hacia mí y me hace un gesto con la mano que podría abarcar todo el espacio que nos rodea. “¿Ha visto?” me dice sin dejar de sonreír “Tiene que tener cuidado con no confundirse nunca de escalera, o le será realmente difícil poder llegar de nuevo a su puerta”. Yo miro mi puerta, grande, pesada, marrón. Y miro a mi alrededor. Escaleras unidas por pasarelas, puentes, más anchos y más estrechos. Gente paseando por encima de ellos, niños corriendo y riendo, empujando sus triciclos sin miedo a caer por debajo de la barandilla. Todo es blanco y azul, la luz no hace sombras en ningún rincón. No hay rincones. “Además no hay suelo” y ahora su sonrisa envuelve toda su cara. Es una sonrisa, y yo me angustio buscando sus ojos que no encuentro por ningún sitio. “En realidad sí hay, pero muy abajo” espera a que mire hacia el abismo, pero no lo hago “Tenga cuidado” repite “Si alguna vez llega al suelo, no podrá volver a subir” Miro aquellos puentes que se extienden hasta el infinito por encima de mi cabeza y bajo mis pies. En busca de ventanas. No hay. Todo es silencio. Los pasos no suenan y las puertas no dejan un eco casi perpetuo cuando se cierran.
Y de repente ocurre. No sé donde he dejado mi puerta y mi llave parece ser más pequeña que antes. Por más que busco, solo veo espirales de escalones y baldosas blancas, ángulos rectos, cristal y metal. Me he perdido aquí dentro.
No era ningún ritual popular, nadie se había sumado al evento como una celebración, no había canciones en honor a su llegada. Ni siquiera había alguien que esperase su retorno. Simplemente ocurría sin previo aviso, una fecha cualquiera. “Ya llegó el vencejo” decía alguien y a los pocos días (tal vez tres, o cinco) cuando su vuelo interminable cesaba para entrar en el nido, lo atrapaban con cuidado.
Nunca se habían parado a pensar cuánto tiempo llevaban haciéndolo. Cuándo fue la vez primera, el día que se les ocurrió atar una cinta estrecha de raso verde a las alas negras, manchadas de azul y recortadas en blanco. Tampoco recordaban las palabras que escribieron en la tela, también en tinta verde. Quizá un deseo, teniendo la certeza de que estaría mucho más tiempo en el cielo que si lo hubieran gritado.
El vencejo regresaba al nido todos los años con una cinta pálida como respuesta, con unas letras casi borradas, en un idioma que desconocían. Y así, se sabían en contacto con unas manos que también, por unos segundos, sostenían al pájaro, sintiendo el loco palpitar de su corazón entre los dedos.
Un día el vencejo no regresó. Nadie lo notó hasta que, pasado el verano, toparon con las cintas guardadas, enrolladas sobre sí mismas, tan misteriosas como el secreto que contenían.
Pues mire usté. Aquí esta una, abrazada al mundo. Porque si una no se abraza a algo, a fuerza se tiene que caer. Que yo me abrace al mundo no es cosa de casualidad, pero es algo que está muy bien para agarrarse. Porque mantienes los pies tocando suelo, que es donde está lo importante del asunto. Que por mucho que te menees, ya puedes tú, abrazada como estás, mover el pie para un lado o para otra y mantenerte siempre tiesa. Que luego pasa, lo que pasa. Lo que nos ha pasado a muchos. Que si te agarras a un sitio que sea pequeño y esté por encima, los pies se te acaban despegando de la tierra. Sí, sí, que no me lo invento. Primero uno, despacito y sin que te des cuenta, pega pequeños brinquitos y luego como si flotara, se queda de puntillas. El dedo gordo, ese es el que más sentido común tiene, pero al final siempre lo acaban liando. Y allá que va, con los demás. El pie en el aire. ¡Y cuestión de tiempo que se te vaya el otro detrás!. Y entonces te quedas colgando. Como un pasmarote, agarradita a la barra como un trapecista. Y mirando hacia arriba, a tus manos, pobrecitas, soportando lo que los pies deberían hacer por ellas. Se lo digo yo. Abrazada al mundo es como mejor se está, que es muy grande y cabemos todos. ¿Qué hay gente que prefiere que se le balanceen las rodillas? Quite, quite, que una está mayor para eso y las rodillas acaban doliendo con el trote. Pegadita al suelo y sin perder de vista mis pies, que igual en un arranque de rebeldía, les da por intentar moverse sin mi permiso. ¡Una barra! ¡Y bien tostadita! Buenos días, hasta mañana.
También a ella misma le sorprendía su capacidad para corretear por el pasillo de su casa estando todavía medio dormida. Incluso una vez llegó a girar y girar sobre sus pies buscando algo sin saber qué. Su afán previsor se agotaba después de preparar una cafetera la noche anterior, que la recibía con los brazos abiertos por las mañanas.
Se animaba mientras bajaba las escaleras. Aunque tenía la certeza no estar aprendiendo nada nuevo, le gustaba ir al curso todas los días. A otro pueblo, un pueblo algo alejado. A dos transbordos en tren de distancia. Tres trenes llenos de vidas, que ella observaba cuidadosamente. Se había propuesto aumentar su galería de recuerdos y sabía que esto sería importante en algún momento.
El pueblo los recibía con el olor agrio que llegaba desde un polígono industrial cercano. Así que todas las personas que hacían el viaje normalmente, se armaban con un pañuelo que apretaban contra su cara hasta alejarse lo suficiente de la estación de tren. Todas las personas, menos ella, que siempre lo olvidaba.
Las horas de clase se hacían amenas viendo a su compañera chatear, leyendo el manual o sacando de quicio al profesor con más paciencia que nunca había conocido. Pero lo que de verdad deseaba cada mañana, era que llegara el descanso.
Sus compañeros habían elegido una cafetería cercana al lugar donde se impartían las clases. Era un local moderno, con taburetes y mesas altas, pintado en tonos naranjas y amarillos y carta de cafés. Pero su pequeño grupo, decidió pasar de largo, y caminando encontraron un bar, amplio y oscuro, con muchas mesas ordenadas en fila y olor a café y serrín. Era el lugar de encuentro de amas de casa, jubilados y algún trabajador que se escapaba para tomar un café o una cerveza dependiendo de la hora. Y ahora ellos también formaban parte de esa extraña familia creada por la casualidad o la costumbre.
Regentaba el bar un hombre de unos 70 años, que el primer día que los vio llegar se sorprendió tanto como el segundo. Cuando comprendió que tenía nuevos clientes habituales, jóvenes, que llenaban la estancia de risas y discusiones por igual, comenzó a llevarles el pedido a la mesa. Un café solo con hielo, uno con leche y una cocacola. El chico no solía pedir y cuando lo hacía también bebía cocacola. También añadía una jarra de agua con hielo y cuatro vasos, porque había notado que se reían de la chica que siempre pedía agua para acompañar. Disfrutaba como un niño gastándoles bromas o acercándose a contarle anécdotas del pequeño pueblo donde había nacido. Cuando con una congoja mal disimulada les anunció que ese año seguramente se jubilaría y cerraría el bar porque ninguno de sus hijos quería hacerse cargo, le gustó mucho ver sus sonrisas y sus palabras de ánimo. (El chico no, el chico estaba serio. Y la chica delgada solo miraba su cocacola).
Ella también disfrutaba con los saludos del viejo de la barra, la voz tímida de su mujer que a veces les preparaba tostadas o les ofrecía algún dulce casero que había hecho para sus nietos. Con la voz chillona de la mujer del carrito diciéndoles que no tomaran en serio al camarero y con el movimiento de cabeza y el gruñido que les dedicaba todos los días un hombre alto y enjuto. Era su manera de decir “hola”.
Ese día, al ir a pagar, miró al viejo a los ojos y le dijo mientras soltaba las monedas en sus arrugadas y callosas manos: “También vengo a despedirme. El curso acaba hoy y ya sabe usted que no vivimos aquí”. La cara del hombre se convirtió en una mueca agridulce y giró sí mismo para comenzar a buscar algo frenéticamente. Se llevaba las manos del delantal a la cabeza, semicubierta de pelo blanco. De una caja de cartón extrajo cuatro paquetes de chicles de diferentes sabores y los depositó sobre la barra, como con miedo o descuido. “Toma hija, para vosotros. Siento mucho no tener nada mejor que daos como despedida” susurró algo avergonzado.
Sonriendo, llevó los chicles a sus amigos. Y desués de mostrárselos en la palma de la mano como si fuera un gran tesoro , todos le hicieron gestos los brazos al viejo y a su mujer, que retorcía un paño entre los dedos.
Al salir, en el oscuro bar quedó flotando el eco de la última frase que dijeron antes de desaparecer por la puerta.
Aunque después del primer toque de despertador, giraba sobre sí misma y volvía a dormir profundamente, no existía ningún riesgo de levantarse tarde. Esos diez minutos de remoloneo también estaban calculados.
Como hacen aquellos que se resisten a abandonar la semiinconsciencia de las madrugadas, estiraba su cuerpo bajo el edredón y dejaba caer un pie fuera de la cama. Sus pequeños dedos se encogían dentro de los patucos de lana. Después se cubría los hombros con una bata. La ropa que iba a ponerse reposaba doblada encima de la mesa, en pulcro orden. Los pantalones vaqueros primero y sobre éstos un jersey. Encima del jersey descansaba una camiseta de manga corta, unos calcetines, unas bragas y un sujetador. Con todo esto bajo el brazo, se encaminaba a la ducha sin encender ninguna luz para no molestar a nadie.
El agua estaba siempre en su temperatura justa y nunca duraba más de 15 minutos. Por orden se enjabonaba el pelo, luego lo aclaraba y repetía dos veces. Entonces se aplicaba la mascarilla (esta vez la había elegido, por cambiar, con olor a frutas silvestres) y frotaba el cuerpo durante cuatro minutos exactos, lo justo para que la crema hiciera efecto hasta en la última raíz y punta de su cabello.
El ritual del desayuno se llevaba a cabo con la banda sonora que le proporcionaba el walkman. Le gustaba escuchar música por las mañanas y esa era la única forma de hacerlo sin despertar a su familia durmiente. Mirando con asco la taza, acababa colando los restos de cereales que le quedaban y bebiendo el cacao oscuro con auténtico deleite. Después de lavarse los dientes y ponerse dos tipos distintos de crema en la cara, volvía al dormitorio a por la carpeta y el bolso.
Ese día no pudo fumarse un cigarro en la cocina porque los cinco minutos que premeditadamente solían sobrarle para ello, los había gastado en desempaquetar el nuevo frasco de mascarilla. Así que lo fumaría en la calle.
Y como siempre, la persona con la que tenía que ir a la estación todavía no había llegado. Y como siempre, se repetía una y mil veces que mañana dormiría más, que de nada le servía tenerlo todo calculado para que luego los demás llegaran tarde, y que se estaba helando de frío cuando podría estar en su casa tranquilamente fumando sentada en la banqueta de la cocina y escuchando el walkman.
Cuando su amiga llegaba, ella agachaba la cabeza hasta llegar a la estación, mientras el objetivo de sus iras matutinas parloteaba y parloteaba. ¿Cómo era posible que se tuvieran tantas cosas que decir a las seis y media de la mañana?
Las horas de clase se hacían tediosas. Bueno, solo cuando se quedaba sin el control del ordenador. Cuando su compañera decidía ponerse a leer el manual y hacer por una vez caso al profesor, ella podía adueñarse del equipo y reunirse con los amigos que había conocido en un chat. No le preocupaba en absoluto no enterarse de nada. Tenía la certeza que aquellos habían sido los tres meses peor empleados de su vida.
A la hora del café sucedió lo de siempre. Aquel imbécil al que tenía que soportar sin tener todavía muy claras las razones de por qué lo hacía, volvería a repetir la misma frase insultante de siempre, volvería a burlarse de ella porque pide un vaso de agua para acompañar y volvería a insultar al hombre de la barra cuando les trajera las bebidas en una bandeja a la mesa. “Todo acaba hoy por fin” se decía mentalmente mientras intentaba no escuchar las carcajadas insultantes del personaje que tenía delante y la cuarta en discordia que siempre le seguía las bromas. Se levantó y fue al baño. Su amiga le guiñó un ojo mientras pasaba y observó que el camarero buscaba algo bastante nervioso.
Se iba a la camadespués de su ración diaria de tres horas completas de televisión nocturna. Con la cabeza llena de las palabras del presentador, los gritos de los colaboradores y la información exacta de las medidas de aquellas chicas que se paseaban por encima de la mesa, sin ser perfectas pero aparentándolo.
Cuando se despertaba iba directamente a la cocina y encendía el primer cigarrillo del día. El primero de los otros muchos que le seguirían siempre y cuando tuviera dinero para comprar un paquete del rubio más barato que no estuviera mal visto por el resto de fumadores.
Como estaba en su fase de régimen, no desayunaba. Miraba con asco la fruta de la nevera, pensando que debería tomar una y nunca decidiéndose a hacerlo.
Después de vestirse y cambiarse de camiseta tres veces, se encerraba en el baño. Extendía el maquillaje por su rostro con tanta fuerza que parecía querer borrarlo, hacerlo desaparecen para así quedarse con un lienzo en blanco al que dar forma. Después de recogerse el pelo en una coleta tan elaborada que no lo parecía, agarraba unos papeles y salía por la puerta sin despedirse de un familiar (o dos) que se cruzaba con ella por el pasillo. En el espejo del portal, se miraba de reojo. En el fondo se gustaba mucho más de lo que daba a entender, y sabía que los que no la apreciaban lo hacían solo por envidia.
En el portal le esperaba el mismo saludo de siempre. Nervioso, rasgado, con carajada estrepitosa al final. Era un pesado. Pero siempre la seguía como un perrillo faldero y cualquier cosa que le pidiera, lo haría. Más le valía aguantarle, como llevaba haciendo desde que eran niños. Sabía que su amistad hacia ella era sincera y se preguntaba a sí misma si esto debía hacerle sentir mal. Notaba que a veces él intentaba no quererla. Nunca lo conseguía.
Las clases a su lado eran aburridas. Miraba con envidia las risas de sus dos compañeras que se divertían cinco filas más adelante. Además sabía que no serviría de nada todo eso que les contaban. Ella no quería dedicarse a nada relacionado con ordenadores, ni cables. No sabía que quería hacer. No sabía nada. No sabía. No.
El rato de descanso le permitía fumar y mirar el café de una de sus amigas con cierta fruición. No le gustaba, pero el efecto de la taza en sus manos le parecía interesante. Ella bebía cocacola. Todo era siempre lo mismo. Agua, café, burlas, enfados, y discusión. Luego risas. Menos mal que todo acababa ya.
Pero ese día ocurrió algo. Su amiga se entretuvo en la barra más de lo normal, hablando con el viejo. Y vino sonriendo de una manera extraña a la mesa. Y allí extendió las manos, las abrió y enseñó algo. Y en ese momento, sintió una punzada en un costado, algo que experimentaba por primera vez.
Su abuelo hablaba en sueños muy a menudo, así que era algo por lo que no tenía que preocuparse. Sin embargo, había podido observar como de vez en cuando, repetía algo que había llamado su atención, tanto por lo insólito, como por la forma obsesiva en la que el anciano pronunciaba aquellas palabras. Por eso, cuando el médico les informó de que su estado era el normal para las circunstancias (es decir, muy débil), pero que había algo extraño que parecía perturbarle mientras dormía, todos asintieron con la cabeza y dijeron lo mismo. “Chicles”. El doctor, pese a haber estado toda su vida ensayando su pose grave y seria para estas ocasiones, no pudo disimular su asombro. “Exacto, Chicles” repitió, como si fuera él el descubridor de tan peregrino acontecimiento. “Sí, a veces pasa noches enteras diciendo ‘Los de los chicles, los de los chicles’ ”
Pero nadie le dio más importancia a aquello, y durante el entierro, solo su nieto recordaba las palabras de su abuelo, en las noches oscuras en las que compartían habitación. Porque le parecía intuir, que cuando las decía, su abuelo sonreía.
Nunca olvidará aquella imagen porque recurría a ella una y otra vez obligándose a sentir demasiadas contradicciones en unos pocos segundos.
El olor a cloro se extendía por todas las instalaciones, y allí se mezclaba con el de la goma quemada de las ruedas gastadas sobre el asfalto. El calor era casi insoportable, pero en aquel pequeño oasis de hierba seca que arañaba los pies descalzos, la sombra se extendía tan oscura como su recuerdo. Los gritos y risas en forma de acompañamiento musical llegaban a sus oídos acorchados, como escondidos bajo una almohada. Sonidos que buscaría con ansia a lo largo de toda su vida en las playas y piscinas que visitó.
La zona de juegos se llenaba de carcajadas a media luz. Menos histéricas y más comedidas que las que proporciona el agua. Los chirridos y gemidos de los columpios, que habían aprendido, después de tantos años, a coordinarse y modulars para que el soniquete resultara hipnótico y ensoñador.
Y vio la sangre. Y el bañador negro de su madre. Y la sangre en las piernas de su madre que corrían torpes y torcidas. Y la sangre en las manos de su madre. Y la niña en los brazos de su madre, coloreada de un rojo que se escurría y teñía la hierba marrón.
Dejó de percibir nada excepto los gritos. Lamentos que salían de su garganta con una fuerza estremecedora, pero su cuerpo parecía muerto, sostenido por unos brazos de los que ella se creía dueña. Y la mueca de su madre, desencajada la faz, cristalinos los ojos, perdida como nunca la había visto perderse, rogando hasta con cada estremecimiento, una ayuda que parecía no llegar nunca.
Y el miedo paralizador dejó paso a los celos. Celos de la sangre ajena que chorreaba por su madre y le provocaba un dolor intruso casi palpable. Celos del cuerpo menudo, desmayado, que vociferaba y gritaba llamando a su propia madre y odiando a la postiza. Celos de cada gota brillante bermellón rabioso, que siguió hasta llegar a la enfermería, donde encontró el bañador negro conteniendo el cuerpo tembloroso de una madre a la que no reconocía. Y se dio la vuelta y la abrazó, todavía con el olor metálico impregnado en la lycra, casi hasta hacerla daño.
Le gustaba inventar nuevos lenguajes porque a veces se cansaba de los que ya conocía. Tan ajados y deshilachados, a menudo perdían la esencia de lo que querían decir, y como habían sido tan usados, llevaban una información añadida, una suciedad adquirida al igual que las monedas que pasan de mano en mano en un mercado.
Su favorito para los recuerdos era el lenguaje de los olores. Si a un grupo de fonemas se le podía asignar una idea, ella se deleitaba en asignarle recuerdos a los aromas con los que de repente se topaba.
Así, la antigua casa de sus tíos paternos era el olor del queso curado y los productos dematanza en la cocina, mezclado con el azúcar que se despegaba de la pegajosa capa de miel y aceite de aquellos dulces que le ofrecían sonriendo. De su tía materna en el pueblo manchego, el olor al humo de la estufa pegado en las cortinas, en el barniz de las sillas y en las faldillas de la mesa. La familia de la capital, era olor a cerrado, a afinación, a rancio y tubería vieja. Si pensaba en Zaragoza, eran los efluvios de cera para el suelo de madera y ambientadores de fresa los que la recibían y para Huesca quedaba reservada la humedad que desprendía el yeso, los churros por la mañana, el maíz seco del almacén o el aroma de las medias noches en el armario de la despensa.
Éste último llegaba a ella acompañado de un sonido, el de la puerta al abrirse y cerrarse furtivamente durante las largas noches de verano, las risas infantiles y los susurros ahogados sobre pies descalzos. Y así es como se sentía en el súpermercado, con los inocentes bollos intentando proporcionarle recuerdos a través del plástico de la bolsa crujiendo entre sus manos.
Y decidió hacer más rico su lenguaje. Y se puso a repasar los sonidos que podía asignarle a cada olor recordado.
Me gusta observar a la gente mientras desayuna. Normalmente ingieren cosas de dudosa calidad, de esas que saben bien, pero no alimentan. Y cada vez más gente, se suma al consumo de unos productos que ni siquiera saborean. Se limitan a engullirlos distraídamente sin prestarles ninguna atención. No les culpo. Cuando he olvidado mi desayuno en casa y he optado por estos tentempiés me he dado cuenta de que algunos son insípidos y otros realmente saben mal. Cerrar los ojos y tragar es una alternativa. La otra es quedarte en ayunas.
De vez en cuando, descubres a alguien con un manjar entre las manos. Y es con esas personas con las que más disfruto en mi acto furtivo de observación y espionaje. Saborean pausadamente, paladeando cada miga, mostrando en sus ojos y en algún gesto espontáneo, el placer que está obteniendo de esta ingesta matutina. La primera del día, después de una noche de dieta consentida.
Reconozco que a veces, sin ser vista (o quizá sí, quién sabe) me he aprovechado de estos desayunos ajenos. La mayoría de las veces sólo he acertado a captar el aroma, de lejos. En contadas ocasiones, y sospecho que gracias al consentimiento tácito del anfitrión, he podido degustar una pequeña parte, mínima, ínfima, pero muy reconfortante, aunque una mera limosna para un paladar inquieto.
En realidad hay palabras completamente vacías de significado. Hola, buenos días, hasta luego, adiós,buenas noches….solo sirven para relacionarnos entre nosotros como especie gregaria. Un bote y una chispa que desaturden la corriente de su pensamiento. No puede ser cierta esa gran contradicción. ¿Vacías de contenido si tienen un fin tan importante? Decir hola es decir estoy en el mundo, soy como tú, en algún momento compartimos un tiempo de nuestra existencia y lo gastamos o malgastamos juntos, te recuerdo, formaste parte de una mínima porción del tiempo que me ha sido asignado para ser, te reconozco, el hilo que nos unió no se ha roto todavía. Buenos días, mirarte a los ojos y esperar una sonrisa, intentar adivinar si has dormido poco o que hiciste el tiempo que estuvimos separados, si te quemaste con el agua caliente de la ducha (como yo) o has desayunado (al contrario que yo), hasta luego como la demostración de continuidad en nuestras vidas, un luego que nunca se sabe cuando ocurrirá. Buenas noches, me separo de ti para caer en la inconsciencia del mundo paralelo en el que somos pero no somos, pero espero encontrarte mañana o pasado, o dentro de muchos años, tal y como te recordaba antes de despedirnos sin la luz del sol que nos alumbraba.
¿Vacías de significado? Hola, buenos días, buenas tardes, buenas noches, hasta luego, adios.
Fumaba sola, en la oscuridad quebrada por la luz que se filtraba a través de las tablillas de la persiana de madera.
Al expulsar el humo sobre el cigarro, éste respondía con una incandescencia aún mayor. A su alrededor se creaba un halo naranja, que se difuminaba mientras intentaba alcanzar todo lo que había a su alrededor. Pero solo abarcaba unos cuantos milímetros.
El cigarro se quemaba sin arder. Es lo único que hacía, consumirse poco a poco sin haber conseguido nunca explotar en una llama, o una chispa siquiera.
El pequeño Óscar normalmente jugaba con su hermano. Su hermano era mayor que él, y Óscar se divertía sólo un rato, porque luego, enseguida, su hermano intentaba chincharle. Y lo conseguía. Le tiraba el balón a mala idea solo para hacerle daño, le quitaba la lata a la que ambos daban patadas y no se la dejaba tocar, corría tras él dándole capones o lo perseguía hasta arrebatarle el patinete en el que se deslizaba. Así que Óscar gritaba, se enrabietaba, lloraba mientras insultaba a su hermano y lo perseguía para poder darle un buen pellizco, pero nunca lo lograba, con lo que se enfadaba aún más, y se ponía a chillar bien fuerte, hasta que su padre asomaba la cabeza y los castigaba a los dos a sentarse quietos y sin mirarse. Pero ni aún así podía Óscar estar tranquilo. Su hermano se las apañaba para hacerle burla, contarle mentiras que lo asustaban o darle patadas por debajo de la mesa.
Hoy, el pequeño Óscar jugaba sin su hermano en el parque. Como disponía de toda la plaza para él sólo, no dudó ni un segundo en recorrerla a saltos. Comenzó a jugar un partido de fútbol con un balón imaginario hasta que se cansó. Luego decidió escapar de lo que parecía una gran fortaleza llena de malvados seres que pretendían atraparlo. Saltaba, gritaba, lanzaba patadas al aire y a veces caía bajo el peso de cinco o seis contrincantes que aún así no podían con él. Corría de arriba a abajo, se subía a los bancos y se lanzaba con los brazos extendidos, daba vueltas y vueltas en la farola. Paraba un poco para recuperar el aliento y tenía una pequeña conversación en voz alta (ante la mirada extrañada de los que pasaban por allí, que medio ciegos, no veían ni fortaleza ni villanos ni nada de nada). A veces reía, a veces gritaba, y cuando recibía un golpe, se recuperaba enseguida y reanudaba con más ahínco su misión (que a estas alturas no tenía muy clara).
Al fín, consiguió salir, saltando un enorme foso infestado de cocodrilos y pirañas, y se dejó caer, extenuado, en la fría plaqueta de la plaza. Y sonreía. Y luego comenzó a reírse a carcajadas, porque ese día, el pequeño Óscar, de cinco años, había vencido a su hermano.
"Nuestra vida es corta. Se puede decir que tenemos un tiempo finito para leer. Así que no podemos abarcarlo todo. Sed muy selectivos, porque no estamos para perder el tiempo".
Esas palabras retumbaron en su cabeza durante mucho tiempo. Si quería dedicarse a escribir, tenía que hacerlo bien. Odiaría pensar que alguien ha sentido que por su culpa, ha estado perdiendo el tiempo. Quería ser uno de los elegidos.
Puso todo su empeño. Devoraba la realidad a cada paso, para exprimirla y convertirla en aquello que necesitaba. Su cabeza se llenó de historias inconclusas que guardaba en un rincón por si podían servirle para algo en algún momento.
Gritaba de ira cuando sus personajes se rebelaban en su contra, lo miraban con indiferencia y decidían convertirse en seres convencionales. Pese a sentir tentaciones, nunca pudo matar a ninguno de estos rebeldes sedentarios, que se acomodaban a esperar, como hacía el resto del mundo.
No dormía, casi no comía, apuntaba cada amanecer, cada atarder, cada lluvia y cada noche de tormenta. Llegó a llorar de rabia sobre el papel, y llenarlo de gotas rojas, al sangrar sus dedos contra un lápiz afilado.
Hoy es uno de los grandes. Sus personajes han sido imitados, odiados, admirados, desdeñados, empujados al vacío y reescritos. Su obra es estudiada por niños, universitarios y ancianos. No hay nadie, y cuando digo nadie, es lo que quiero decir, NADIE, que no haya escuchado, al menos una vez en su vida, su nombre.
Y él murió amargo, pensando que no lo había conseguido.
...Así seguíamos caminando entre uno de esos silencios que nos llenan los oídos y los esqueletos de las casas, que nos miraban intentando aterrorizarnos y solo conseguían dar lástima. Parecían castillos de naipes, torcidos, inclinados. Cartas que han perdido su palo. Casi podía ver como se tambaleaban.
Entonces miré a mi alrededor. A esa inmensidad que se extendía hacia todo. Ese sitio era la nada. No tenía nombre ni ser, antes de la llegada de los ladrillos.
La nada, que ahora estaba llena de castillos de naipes.
-...Es fácil de entender.- Dijo pausando las palabras. El chico lo miraba sabiendo que iba a comenzar a decir algo que debía escuchar con atención. Toda la sala se difuminó poco a poco hasta que comenzó a borrarse. Se diluía como si en un mural recien pintado que aún no ha endurecido sus trazos para hacerlos perpétuos, se lanzara un cubo de agua caliente. Las paredes, las lámparas, las mesas y las cortinas, se convirtieron en lágrimas que primero perdían el color, y después hacían invisible su propia transparencia.
-Es muy fácil- repitió- El corazón guardían de sentimientos, no puede ser más que un invento femenino. El alma es, por definición, algo masculino. Recuerda que durante mucho tiempo, las mujeres no tuvieron alma. Se les negó la posesión de un algo al que poder culpar o agradecer esas cosas que nos revuelven el estómago o congelan nuestra garganta. Y eso es una necesidad, aunque algunas veces nos empeñemos en negarlo. Así que buscaron en su cuerpo (¿para qué ir más lejos?) algo en lo que poder descansar esa pesada carga. Por encima de sus vientres, por encima de sus senos, encontraron algo que las remitía al origen de toda vida. Al cerrar los ojos, descubrieron el tam-tam del que ya habían olvidado hasta donde se extendía su recuerdo. Y allí posaron sus vidas.
El chico observaba perplejo la servilleta doblada frente a él. Escuchaba los murmullos de las otras mesas. Alguien reía de una manera escandalosa y desagradable. El agrio chirrido de sus carcajadas colapsaba por completo sus oídos y hacía que se le erizara el vello de los brazos.
- El alma encierra todo eso que normalmente nos da miedo descubrir. Se encuentra en un lugar demasiado profundo, demasiado encerrado, así que a veces los hombres mueren sin haber conocido su propio alma. Quizá sea mejor así, no siempre es agradable lo que nos aguarda allá, al fondo. Enfrentarnos a nuestro alma, no es el final del camino, como piensan muchos. Ahí comienza algo de lo que ya no podremos separarnos nunca.
Los ojos del jóven toparon con los de aquel hombre del que ahora mismo no reconocía el rostro. La perplejidad que mostraba su ceño fruncido divirtió al que acaba de callar para tomar un sorbo del agua que esperaba en la jarra. Tenía una tonalidad un tanto azul, que nadie había percibido. Lentamente, pudo reunir la suficiente fuerza y coraje para preguntar torpemente:
-¿y a usted quién le enseñó eso sobre el alma?
El viejo sonrió, pero tan discretamente que solo se dió cuenta el reflejo de su boca en la copa que se estaba llevando a los labios.
-Muchacho-dijo mirando más allá de las paredes, más allá de las ventanas opacas- todo eso me lo enseñó una mujer, mucho antes de que yo viera la luz.
Podía ver su perfil, que me atrapó al primer vistazo.
Su nuca, que podía verse gracias a que su corte de pelo (azabache al que las luces arrancaban destellos) la dejaba libre y al descubierto, tenía la delicadeza que muestran las muñecas de porcelana. Su nariz era respingona y apuntaba ligeramente hacia el cielo, pero de una manera tímida. Sus labios dejaban asomar de una manera vergonzosa una media sonrisa que debía estar enlazada con la corriente de pensamientos que bailaban en su cabeza.
Y luego, topé con sus ojos. Enmarcados por unas pestañas largas y oscuras, que custodiaban un iris también oscuro, brillante, con toda la intensidad que los niños muestran al mirar. Y así miraba ella.
“Es un hada” pensé. Y en ese momento lo olvidé todo menos su rostro. La habitación, los anuncios pegados a las paredes, las demás personas…y también la silla de ruedas, sus manos agarrotadas como garfios reposando en su regazo y sus piernas inmóviles.
El día era blanco. Y gris. Pero el gris siempre estaba presente, así que tenía la cualidad de ser obviable y obviado.
Sujetaba el bastón entre sus manos, o quizá era el bastón el que sostenía.
La calle se encontraba llena de soledad y luz tamizada, arrojada con capricho para conceder un deseo. Y él seguía mirando, sin placer ni anhelo.
Se levantó un suave viento que agitó la ropa tendida de las cuerdas que decoraban las terrazas como guirnaldas de colores. Y cuando llegó al árbol, una lluvia de hojas salió despedida, como confeti de una fiesta. Hacían un ruido sordo, de rasgar de mil enaguas, de aplausos en un teatro, de papel de caramelo retorcido con intención musical.
Contempló maravillado el espectáculo. Recordó el colegio. Recordó los ciclos a los que el planeta está sujeto. Recordó sus clases de biología. Y siguió mirando la danza rojiza que se desarrollaba ante sus ojos.
Entonces se preguntó a qué había dedicado su vida.
Ya le habían hablado de él. Así que no le sorprendió cuando, como hacía siempre, se coló en el baile a escondidas y se lo encontró allí. Sus amigas lo miraban con desconfianza. La mujer del estanquero les había confesado entre nerviosa y abrumada, que cuando fueron presentados, le había besado la mano.
Sentadas alrededor de una mesa pequeña, charlaban animadas sin descuidar nunca el reloj, el enorme reloj de pared, que como siempre, con oronda redondez y burlón soniquete de tuercas y tornillos, anunciaría la hora en la que deberían marcharse, para que en sus casas nadie sospechara de dónde gastaban sus tardes.
Él se acercó con paso decidido, pero sin la ansiedad que solía mostrar el resto del mundo en situaciones similares, casi como si se estuviera esperando su llegada desde muchos años atrás. Amablemente, inclinándose suavemente hacia delante, pidió permiso para hacer compañía al grupo de muchachas. Sin mediar palabra, todas se corrieron un puesto alrededor de aquella mesa, y un sitio quedó libre para que él pudiera sentarse.
Lucia lo miró con curiosidad, pero sin descaro. Él rechazó la falsa modestia de la que debería hacer alarde alguien que pudo ser llamado ilustre, pero al que el azar de la caprichosa sucesión le había arrebatado un título, que en realidad nunca echó de menos. Comenzó a silabear aquellos trazos de su vida que podían crear un boceto de su persona, y pese a no renunciar nunca a la corrección que le habían marcado a fuego, mucho más allá de la piel, no había alarde en sus palabras.
Su historia, como él mismo reconocía, no tenía nada de especial. Era una copia exacta de otras vidas ya vividas por gente como él, mucho antes. Una burda repetición, que ni siquiera era original. Palabras fetiche que hicieron compañía a muchos otros, antes que a él: Juego, amigos y alcohol. Y por esta última brindó levantando su copa.
Allí llegó en busca de un pasado sin el cual podía perfectamente continuar, pero al que quería rendir homenaje, como último acto de valentía en su vida, emulando burdamente a aquellos a los que se llamaba “hombres”.
Entonces, Lucía, llevada por la infinita compasión que aquel ser le había arrancado de algún sitio escondido, que ni ella misma sabía que tenía dentro de sí, se permitió advertirle sobre aquellos de los que él se hacía acompañar en sus salidas nocturnas, paseos y almuerzos. No era buena gente el marinero. Ni tampoco el estanquero.
-Se creen que me engañan, Lucía- dijo profundamente conmovido.- Se creen que me engañan. Pero no pueden. Nadie puede. Nadie conseguiría engañarme más de lo que ya estoy.
Y Lucía contemplaba aquellos ojos de vidrio, esperando ver más allá de la tristeza que reflejaban, un ápice de calor que le dijera que estaba vivo.
-Señorita – pronuncio nada más había agotado el aliento de su última afirmación - ¿Puedo cogerla de la mano?
- No – dijo secamente Lucía.
- Lo imaginaba – y en sus ojos, al fín, una chispa – Pero tenía que intentarlo.
Camino despacio mirando a mis pies avanzar a través del polvo del camino. Un polvo fino, casi invisible, como una niebla que se levanta en loca danza al más mínimo roce de mi zapato.
Mis piernas obedecen a una fuerza que de repente no sé de dónde ha salido. Quizá es eso a lo que llaman instinto. Avanzan mecánicamente, primero una, luego la otra, sin perder el ritmo, como en ensayada marcha, y las huellas de mi caminar quedan atrás esperando que algún loco destino se aventura a seguirlas y encontrarme.
Hace calor. Un fuego que abrasa, sin proponérselo, algo más que mi carne. Penetra hasta el más recóndito lugar de mi ser, suponinedo que yo siga aún siendo ser. Calma. Ya no tengo calor, puede que incluso esté expulsando vapor por cada uno de los poros de mi piel, pero nisiquiera eso sé.
Al fondo, (del camino, de la senda, del viaje...¿quién puede saberlo?) veo una figura que avanza hacia mí. Me detengo ante él a solo unos metros de distancia. Me mira con extrañeza. Me detengo ante él a solo unos metros de distancia. Me mira con extrañeza. Levanto una mano para saludar y él levanta la mano a su vez. Sonrío y me sonríe.
Doy un paso al frente (uno de esos pasos que en ocasiones suelen ser decisivos) y él también avanza, con la misma seguridad o inseguridad que yo.
Y es entonces cuando me doy cuenta de que está delante de mí, no es otro sino yo. No hay espejos, ni superficie pulida alguna en la que pueda reflejarme. De repente, ese otro yo, toma vida y me sonríe. Se desvanece poco a poco.
Giro la cabeza y miro entorno a mí. Todo es verde. Verde chillón, verde limón, verde acuoso, verde intenso, verde botella, verde aceituna, verde y más verde.
Escucho un llanto,una risa, un susurro, un gemido... y siento que alguien me invita a darme la vuelta.
Quedo envuelto en una neblina espesa, color humo, olor agrio, sabor amargo (o puede que sea color agrio, sabor humo, olor amargo) Y la sensación de que todo es verde todavía sigue apostada en mi cabeza.
No temas, ya me conoces. No es una voz lo que he escuchado. Es algo que retumba de dentro hacia afuera. Puedo sentir su vibrar desde la punta de mis dedos extendiéndose por cada uno de mis abellos. No sé que decir, y las palabras se qeudan a la mitad del camino entre mi mente y mi boca. No digas nada. Quién eres, logro preguntar. Pero no han sido mis labios los autores de la pregunta. Ya me conoces. Y no interrumpo.
He nacido contigo, dormida al principio. Más tarde las voces de los otros se encargan de despertarme. Cuanto más tiempo pasa, más grande me hago dentro de tí y también a tu alrededor. Puedo ser algo pasajero, divertido, amargo, puedo incluso ser algo dañino y pasado (que es cuando peor me porto). Cambio de forma constantemente, o eso dicen. Puedo instalarme en otro ser, aunque a tí te pertenezca siempre. Suele venir acompañada de otros, que me apartan de tu lado para calamarte. Otros a los que no conoces, o quizá ya has conocido. Otros que llegan para que tú no te acuerdes de mí.
Mis ojos intentan abrirse, pero se cierran. Mis brazos comienzan a pesar, al igual que mis piernas que como plomo, parece que piden a gritos tomar tierra y descansar.
Se dice de mí que en ocasiones hago falta. Muchos de tus actos primero me piden permiso. No le hagas caso a nadie. Para decir algo sincero, diré que no soy ni el bien ni el mal. Soy diferente para cada ser y para cada instante, pero no soy como los demás. Aprendes a crearme, a darme forma, aunque tú no lo sepas. Te enfrentas a mí, y yo lato más fuerte en tu interior. Nunca podrás vencerme, porque si lo hicieras, te vencerías a tí mismo. Al dar un paso al frente, me llamaste para vencerme y desapareciste en un borrón.
Soy la Vergüenza, y la Vergüenza no es más que tú mismo, más real que tú, ese tú escondido que pugna por salir y al que no le es permitido hacerlo. Cuánto más luchdes en mi contra, más hacia el fondo enviarás a ese tú auténtico, y más raices creará en tu interior. Una vez que has nacido, nadie es capaz de hacerme desaparecer.
Dejo de vibrar. Ya no huele agrio, ni sabe amargo, pero mis ojos apretados ven verde en la oscuridad. Quizá se haya ido, pienso. Me doy cuenta de que sigue conmigo y que nunca marchará. Me incorporo y es entonces cuando noto que estoy llorando como un niño, que llevo llorando todo el camino.
El silencio se pegaba a todos los rincones. A cada ladrillo, cada piedra, cada puerta. Las estrechas aceras, en las que no cabía un persona de canto, estaban mojadas porque la niebla se había parado a descansar en ellas durante su inquietante ir y venir. Las trémulas luces que hacían un amago de iluminar la negrura que se cernía a lo largo de las calles, no hacían sino oscurecerlo todo aún más.
En la cerca de Ramón "el lenteja" había reunido un pequeño grupo de amigos. Hacían piña en torno a una vieja estufa de latón, que emitiendo más humo que calor, conseguía al menos que la botella no se les acabara demasiado pronto.
Algunas parejas comenzaron a salir. Cruzaban a oscuras el pequeño corral, esquivando los tímidos charcos, que ensayaban fiereza sin conseguirlo. Cerraron la puerta, golpeándola fuertemente contra su estructura de metal. Pero la puerta no se cerró, solo quedó entornada. Se escucharon los coches de los que habían abandonado la reunión, alejándose, escupiendo toses el tubo de escape.
Alguien protestó porque la puerta permanecía abierta. Soledad salió a cerrarla, acompañada de Rosario y Angelines. Las tres probaron por turnos, empujando con todas sus fuerzas el frío metal, sin conseguir que las piezas encajaran. El resto las miraba desde dentro, riéndo, haciéndo comentarios, profiriendo cariñosos insultos que las muchachas contestaban entre golpe y golpe.
La Manuela se levantó de un salto. Cruzó con grandes zancadas el tramo de corral que la separaba de la puerta, enturbiando el brillo de la luna que se reflejaba en los charquitos, al pisarlos con sus botas. Sin frenar su avance, lanzó la pierna derecha en un perfecto y seco movimiento. De una patada cerró la puerta que quedó temblando y emitiendo un ligero sonido agudo, como de de protesta.
Angelillo miraba la escena a través de la sucia ventana. Le clavó el codo en las costillas a Salus, que casi dormitaba envuelto los arruyos combinados de la ginebra y la estufa de latón. Angelillo escuchó el golpe del portón al cerrarse y le dijo a Salus: "Claro, es que la Manuela es de pueblo". Y las carcajadas llenaron la habitación.
Domingo, 20 de Noviembre de 2005 22:55 ;?> Hay 2 comentarios.
"Las dos chicas caminaban algo más despacio que el resto de personas a su alrededor.
La chica del paraguas observaba la sombra de la que iba detrás de ella. Tenía frío, y la mano con la que sujetaba el mango del pequeño toldo en forma de champiñón, empezaba a escocer al recibir el aire helado sin ningún tipo de protección. La sombra que observaba no tenía paraguas. Llevaba un abrigo largo y caminaba encogida, como si alzando los hombrios las gotas que le caían encima mojaran menos.
La chica del abrigo largo intentaba no arrastrar demasiado los pies, porque los bajos de sus pantalones estaban completamente empapados. Caminaba al mismo ritmo que una chica menuda que portaba un paraguas casi diminuto. Algo más de lo que ella tenía, pero apenas nada. Se mantenía unos pasos rezagada, pero la sensación de compañía se hacía patente con sorprendente facilidad, y aunque debería asombrase, no lo hizo.
Entonces la chica del paraguas comenzó a tararear una canción. Apoyando el minúsculo hongo impermeable sobre su hombro derecho, apenas lanzó cuatro palabras al aire. La chica del abrigo largo, reconoció aquellas cuatro sonidos, e instintivamente continuó con otros cuatro. La portadora del paraguas se giró y sonrió mientras seguía tarareando. Se acercó a la chica del abrigo largo que también cantaba y la cubrió con su paraguas, que ahora parecía más grande. "Yo solo te puedo ofrecer una melodía", le dijo la chica del abrigo mientras sujetaba el paraguas, y la recién liberada guardaba su mano en el bolsillo. Y se alejaron caminando juntas..."
-¿De verdad?
-No, en realidad ni se miraron.
Miércoles, 16 de Noviembre de 2005 02:28 ;?> Hay 4 comentarios.
Cuando era jovencita y comenzó a tener recuerdos, los comentaba con todas su amigas, a las que estaba casi literalmente unida. Todas muy juntas, apretujadas, lisitas y tersas.
Llegó el día en el que le explicaron cuál era su cometido y se enfrentó a ello con valor y resistencia. Sería la mejor. Así que cuando se hinchó y triplicó su tamaño, casi ni le importó. Al desinflarse, notó que estaba llena de arrugas, como el resto de sus compañeras, entre las que encontró alguna vieja amiga, de esas con las que había compartido el privilegio de ser siamesa.
Su nuevo alojamiento era mucho más incómodo que el anterior, pero podía compartir recuerdos y experiencias. Conoció las direfencias, las clases, se sintió despreciada a veces, otras veces superior.
Allí descubrió que su final sería el de amontonarse, medio hinchada y fétida, con el resto de sus congéneres, esperar a una putefracción lenta e imparable. Con un poco de suerte, la quemarían, y se consumiría poco a poco hasta quedarse en una porción de la nada retorcida y endurecida. Así que cada vez que veía la luz, se plegaba sobre sí misma, intentaba esconderse, hubiera temblado de haber podido.
Pero un día ocurrió algo que nunca llegó a entender. Y comenzó a flotar, y subió y subió y subió...y giró mil veces y otras mil veces más. Y se reía, y subía más alto, y sus arrugas ahora, no tenían importancia. Y así, casi transparente, volando enloquecida, notó que los ojos de un niño la estaban mirando.
Sábado, 12 de Noviembre de 2005 19:06 ;?> Hay 3 comentarios.
"¡Dí Pamplona, corre, dí Pamplona!" "¡Pamplona!", y los trocitos de rosquilla caían en delicada lluvia silenciosa por toda la cocina. "¡Ahora dí Parapente!" Y las carcajadas se desgranaban, alegres, cantarinas y se pegaban a las paredes y a mis oídos. Risas inocentes que ascendían a lo largo de la garganta y se escapaban a través de la boca sin perjudicar, saliendo disparadas para estallar, como lo hacen los fuegos artificiales, y quedarse grabadas para siempre en el recuerdo. Y avanzaban por el pasillo, por el suelo, se hacían más más vivas, chorreaban por el patio interior, iluminando sus paredes ennegrecidas con el brillo de la despreocupación y un sentiiento compartido. Cuatro voces que danzaban juntas, saltimbanquis, nerviosas, queriendo ser, juntas, de la mano.
Y me parece casi imposible que algo que rezuma tanta felicidad, pueda ser recordado con tristeza.
Domingo, 06 de Noviembre de 2005 13:47 ;?> Hay 1 comentario.
- Estás escriibendo sobre la lluvia, ¿verdad? - Sí. - Y sobre lo gris y blanco que hoy está el día. - Sí. - ¿Sabes lo plagado que estarán hoy los blogs de lluvia y días grises? - ¿De gente que viva aquí? - De gente que viva en cualquier ciudad en la que esté lloviendo. Y sé palabra por palabra en lo que se va a convertir tu texto, el texto de todo el mundo. - ¿ah sí? - Si. Se llenará de hojas que aspiran a ser doradas, de la madera mojada de los bancos, de los charcos que están naciendo, del ladrillo oscurecido por el agua. - ... - De la piel erizada y el gesto de volverte pequeña bajo el jersey. De un cielo al alcance de la mano, blanquecino y desgarrado. Del recuerdo de katiuskas y trenkas rojas. - ... - Seguro que no faltarán unas manos frías a las que nadie sujeta para darles calor, ni el aluminio empañado de la ventana. Tampoco la hierba muerta de color marrón. Ni el brillo de la tierra que se pega a los zapatos porque quiere formar parte de algo menos infinito. - A veces llego a odiarte. - No lo hagas. Solo pretendo ayudarte. - ¿Sabes lo que no has mencionado? - No, ¿qué? - Pues - sonrío - Paraguas. - Lo vas a escribir de todos modos, ¿verdad? - No, no lo haré.
Domingo, 30 de Octubre de 2005 20:41 ;?> Hay 5 comentarios.
Se paró en seco. Su carrera frenética por entre las hierbas,dando vueltas y vueltas alrededor de aquella figura de hierro, levantando polvo con sus sandalias de goma, terminó de repente. Como si se abriera un abismo ante sí. Todavía con una mano en el metal ahora caliente, encogió los dedos e intentó refugiarlos entre las tiras de sus zapatillas, como en un acto reflejo de protección.
A unos centímetros de sus pies, se encontraba una culebra. No sinitó miedo. La culebra yacía reventada, mostrando al mundo entero su interior rosado y blando. Estaba cubierta de tierra marrón, que se humedecía al contacto con el cadaver, tornándose aún menos viva que nunca. Las hormigas acudían en ordenada tropa y entraban y salían del vientre abierto del reptil, como si no fueran conscientes de a qué se debía el umbral que atravesaban. Lo que le parecieron centenares de moscas, grandes, de reflejos verdes y amarillentos, se posaban unos segundos en aquel amasijo sin forma concreta, urgaban con sus sucias patas, y volvían a levantar el vuelo. Se estremeció al pensar que una sola de esas moscas pudiera llegar a rozar su propia piel.
Todavía escuchaba las risas a su alrededor de sus compañeras de juegos infantiles. Hacía calor y el ambiente ahora estaba tan cargado que casi se le hacía insoportable. Esucuchó su nombre un par de veces, pero no levantó la vista.
Se acaba de enfrentar por primera vez a la realidad de la muerte.
Lunes, 24 de Octubre de 2005 01:02 ;?> Hay 4 comentarios.
Camino entre una mezcla de barro, luces, músicas y olores indefinidos que se extienden en forma de humos de diferentes densidades. El viento debería soplar frío, pero ha decidido quedarse inmóvil. Me acerco decidida a un puesto pequeño, separado del resto, con un aire como de benjamín inexperto. Según avanzo comrpuebo como el hombre que está detrás de las sortijas, pentiendes y cacharrerías varias, me mira con una expresión curiosa, como se mira a un conocido al que estás a punto de saludar. Al acercarme más, exclama ¡oh! y me dice: "Llevas algo de mi país en la cara". Señala la piedra falsa de color azul en forma de lágrima que llevo adherida a mi frente. Yo la acricio con mi dedo índice y él asiente. "¿Sabes lo que significa?". Le brillan los ojos como a los niños los días que nieva. "no" le digo sonriendo. "Lo llevan las jóvenes que se van a casar. Las pobres lo pintan" Me contesta. Yo digo ¡oh! y él pregunta de nuevo: "¿Tú ya estás comrpometida?", "no" y hago una pausa. "Lo llevo porque es bonito". "Es bonito, sí, es de mi país" vuelve a decir él, sonriendo, nervioso, balanceándose sobre las puntas de sus pies. Yo sigo mirando sus ojos y su naríz, que ahora apunta en todas direcciones, buscando algo, mientras mi acompañante finge estar distraída y no haber oído nuestra conversación. Al fín, el hombre levanta triunfal la mano y luego me la alarga: "toma" me dice mientras pone entre mis manos un anillo de madera, en forma de espiral, delgado, rugoso a causa de unas pequeñas incisiones a lo largo de todo su diámetro. "Toma. Es un regalo. Por ser bonito". Yo miro el anillo, me lo pongo y le doy las gracias. Me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. Me despizo y arranco a andar, mirando al frente, sin hacer caso de los ojos inquisidores de mi acompañante. A él no le volví a ver, como al anillo, que perdí una noche que me lo quité para dormir en una casa que no era la mía.
Martes, 18 de Octubre de 2005 11:17 ;?> Hay 4 comentarios.
The man who is talking by the phone is walking up and down with the celular next to his ear. Some heads (my mother's ) think he's enjoyning a erotic line, and he's choosen the square where we live because it's a lonely and solitary place. Other minds (more sensitive ones) think he is really talking to nobody, he pretends he's talking to somebody, and he believes he is talking to somebody. And I, I look at him as a night ritual. I see him as I see the street furniture or fixtures. The same as a streetlamp, but less alive than a tree.
Lunes, 17 de Octubre de 2005 23:26 ;?> Hay 5 comentarios.
Sábado, 08 de Octubre de 2005 13:39 ;?> Hay 10 comentarios.
Estaba por escribir un momento lúcido de aquel coche rojo que aparcado sintió como una lata que rodaba se estrelló contra su neumático. Estaba por narrar cómo sintió por primera vez un contacto puramente casual sin pretensión de ningún tipo. Estaba por explicar que experimentó en un instante piedad, amargura, amor, cariño, ilusión, emoción, excitación, alegría, pena, frustración, envidia, perplejidad, naúsea, remordimiento y pasión.
Pero no lo haré.
Viernes, 30 de Septiembre de 2005 00:37 ;?> Hay 13 comentarios.
En el silencio de una noche anaranjada, la lata de refresco reposaba fría sobre la acera gris, compartiendo un poco de su frialdad y adquiriendo en un birlibirloque mimético, algo de la grisácea tonalidad de los baldosines. Aún no había sido aplastada. Conservaba todavía su forma cilíndrica perfecta, metálica, brillante y vacía como su interior. No guardaba para sí ni tan siquiera el recuerdo de haber sido llena de falsos besos en el transcurso de un limitado número de vaivenes, que iban del corazón a la boca. Tranquila y muda, era inherte más por su poca importancia, su mínima llamada de atención, que por no tener entrañas calientes que latieran en la oscura oquedad que una pequeña boca dejaba entrever.
Y en un súbito instante que cegó los ojos de todos aquellos que podían haber estado mirando peor no lo hicieron, el eco que habitaba en su interior salió expulsado por un silbido que movía arena, ramas, pelo y piedras. Se llenó la lata de un viento caprichoso que la empujó a lo largo de los baldosines en los que dormitaba, y parecían quejarse éstos a su paso. Cling-clong, balanceo y silencio. Cling-clong, balanceo y silencio. Y arranque de furia, carrera frenética emprendida como una insurrección en contra de todo lo que su nublada apariencia rezaba y sellaba. Cling-clong-clang-cling-cling.... más rápido y rítmico se volvió su avance, sin saber frenar o querer hacerlo, arrancando ya, no quejas sino gritos de júbilo de las piedras andadas y mil veces desandadas. Cling-clon-clon-cling-clon-claaang.
Hasta que ¡tump! seco choque, nada, fín.
Lunes, 26 de Septiembre de 2005 23:11 ;?> Hay 11 comentarios.
Después de observar las paredes detenidamente, intentando no desviar la vista hacia aquello que sonaba a través de la ventana, cerro los ojos y dijo en voz alta: ¿Es posible echar de menos algo que nunca tuviste? Y sonrió en voz baja, porque sabía la respuesta.
Sábado, 24 de Septiembre de 2005 13:50 ;?> Hay 8 comentarios.
Se paró en seco delante del banco y lo miró con atención. Como en un acto reflejo se giró y le dió la espalda. Se sentó lentamente sobre un crujir de maderas y clavos ancianos, expertos en protegerse del mundo con una capa anaranjada de óxido y polución.
Se sentó allí y esperó. No sabía qué, pero sentía un impulso irrefrenable de esperar. Los ojos de par en par, la boca entreabierta, la respiraciión entrecortada, de vez en cuando un vuelco del estómago le hacía removerse por dentro y por fuera.
Después de un largo rato, se percató del resto de las personas que había a su alrededor, también ocupando un asiento, también absorbiendo con ansia todo lo que sus sentidos podían atrapar. A veces sus ojos chocaban con los ojos de algún otro, pero ni el uno ni el otro se miraban. Nisiquiera se veían.
Todos estaban esperando. Y ninguno sabía el qué.
Pasó un tiempo indefinido en el que ninguno pudo recordar días o noches, y tampoco espacios.
Se acostumbraron a no ver, a no observar, a no mirar. Se acostumbraron a no escuchar ni oír. Se amoldaron a un estado de procesión ante sus vidas, en las que procesar la información se reducía a descartar aquello que no era motivo de su aguardo.
Llegó un tiempo (indefinido, impreciso, indistinto, indiferente) en el que se dieron cuenta de lo inútil de su vigilancia. Se irguieron desperezándo sus extremidades y almas entumecidas, y como en un despertar un domingo de invierno, marcharon en silenciosa columna.
Pero algunos, aquellos que vigilaron con más ahínco, se quedaron inmóviles, ambos pies apoyados en el suelo, la mirada perdida. Se habían acostumbrado a esperar y ya no sabían hacer otra cosa.
Miércoles, 21 de Septiembre de 2005 00:07 ;?> Hay 6 comentarios.
Es el lento despertar de un sueño que me hubiera gustado estirar como el chicle. Volver a tener que hacer esfuerzos por creer en algo que pude llegar a creer a pies juntillas. El regreso a la duda ante a cosas que, francamente, me importan un bledo.
Pero también hay algunas huellas que no se borran.
Martes, 20 de Septiembre de 2005 00:07 ;?> Hay 2 comentarios.
A veces las palabras se atragantan en la boca. Intentan salir, abrirse paso desde donde han sido pronunciadas hasta ese momento glorioso en el que el aire en el exterior produce un sonido que se derrama, esperando ser interpretado. Si eso no ocurre, las palabras tienen un corto periodo de vida, y perecen asfixiadas luchando por ser oídas. Las razones por las que esto sucede son muchas. La mayoría de las veces conscientemente no las dejamos estallar en el exterior, así que implosionan y son olvidadas.
Con los deseos ocurre lo mismo. Cuando no se permite que un deseo se inflame y explote, acaba por morirse. Y un deseo muerto dentro de nosotros pesa mucho más que una palabra que se ha desintegrado.
Jueves, 15 de Septiembre de 2005 11:58 ;?> Hay 4 comentarios.
Porque hoy me he encontrado de nuevo con ella. La rutina cara a cara. Y a los lados. Y tras de mí.
La rutina hoy olía a lluvia de broma, a goma quemada, a metal, a perfume barato y a sudor. Olía a tierra aplastada y a humo. También a lejía, amoniaco y a libros viejos llenos de polvo.
Hoy me decía al oído algo que sonaba como un pájaro mudo. Un estruendo y un agudo arañadzo. Cambiaba tan rápidamente de idioma como de registro y me era difícil comprenderla. Hoy no ha cantado. Me ha faltado eso.
Lucía un vestido gris que tornaba al negro para luego cambiar al azul y amarillo deslumbrante. Pero como casi siempre, me la he encontrado vestida de largo, mirándo con sorna mis brazos descubiertos y mi piel erizada por sus caricias frías. Su vestido volvió a cambiar al ocre al mismo tiempo que el calor volvía a sus manos.
La rutina hoy sabía a café caliente. Me lo he tomado a su salud, porque al fín y al cabo, encontrarme hoy con ella me ha hecho sentir...
Jueves, 08 de Septiembre de 2005 01:56 ;?> Hay 2 comentarios.
Sé que en el cuarto piso de un bloque de la calle de atrás, están viendo la misma serie televisiva que se ve en el comedor de mi casa. Las luces cambian y titilan a la vez, ofreciendo un resplandor inquietante. Los mismos diálogos pero, quizá, recibidos de una manera diferente.
Sé que en el primer piso del portal contíguo, también están mirando lo mismo en el televisor. O tal vez se hayan quedado dormidos sin prestarle ninguna atenicón.
Sé que en el bajo de un edificio de la misma calle, ven otro programa diferente. Más pausado, más calamdo, y en el primer piso de enfrente se acaba de hacer la oscuridad total, que suena a sueño pero no a descanso.
A través del patio, la luz de una cocina delata presencia. A mí solo me ilumina la bombilla del frigorífico y bebo agua mientras pienso en un vecino de 18 años al que suele acompañar en coche un amigo que no se marcha hasta que ha cruzado a la seguridad del portal.
Y por la mañana todos volveremos a ser desconocidos.
La ciudad por la noche tiene mucha más vida.
Martes, 06 de Septiembre de 2005 01:49 ;?> Hay 7 comentarios.
Quería ser sirena. Se sentaba en el fondo de la piscina y aguantaba la respiración y aprovechaba las aguas poco profundas ceranas a la playa para bucear entre los pocos peces que se atrevían a acercarse a ella. Luego decidió ser bailarina, pero de eso se olvidó enseguida. Quiso ser exploradora y descubridora de mundos ocultos. Nunca le apeteció ser hada madrina, pero sí bruja. Y de las malas y poderosas, como Morgana.
Trotamundos o capitán de un barco. Quiso ser escritora de novelas de misterio, pero nunca se resistía a adivinar el final de lo que iba a escribir, así que se aburría enseguida. Reportera de guerra o poeta con capa negra. Cantante en un grupo de música inclasificable, pero solo haciendo los coros, en un segundo plano. Quiso ser fotógrafa de cielos y atardeceres.
Quiso ser espía, como James Bond. O mejor aún, ser la malvada y perversa enemiga que por fín vence al agente 007, o la sustituta de Watson que consigue atrapar a Moriarty.
Incluso una vez llegó a querer ser hombre lobo.
Ahora, sólo intenta ser ella misma.
Sábado, 03 de Septiembre de 2005 19:36 ;?> Hay 4 comentarios.
Ogro salía todos los días de su cueva a dar un paseo. Salía bien temprano porla mañana porque no podía soportar el calor, pues tenía todo el cuerpo cubierto de pelo. Siempre hacía el mismo recorrido, y en su camino se encontraba con Árbol. Cuando esto ocurría, ogro se plantaba delante de Árbol y le gruñía:
- ¡Árbol, te estás torciendo! ¡Deberías avanzar recto! ¡Con las ramas bien estiradas hacia arriba!- Y acto seguido, como Árbol no respondiera, comenzaba a darle golpes con su enorme hombro, para enderezar el camino del tronco.
Y Árbol no decía nada.
Bruja vivía muy cerca de Árbol. Al principio, Árbol se alegró de tener a alguien cerca con quien poder charlar de vez en cuando, pero según fue pasando el tiempo, cada vez que veía a Bruja salir por las mañanas, temblaba desde la raíz hasta las ramas. Bruja se levantaba de mal humor y al mirar por la ventana y ver a Árbol, salía corriendo a su encuentro.
-¡Árbol! ¿No ves que por tu culpa no me da el sol en el tejado de la casa? ¿Sabes lo malo que eso es para mí? ¡Voy a congelarme de frío sin el calor del sol y solo tú tendrás la culpa! ¡Y además, sabes de sobra que no me gusta que tus hojas caigan al suelo! ¿No podrías aguantarlas un poco más? Me llenas la puerta de hojarasca y algún día voy a tropezar y ¡plum! me caeré y me romperé la espalda, y será culpa tuya. ¿Qué te he hecho yo para que me trates tan mal?
Y Árbol no decía nada.
Un día, Árbol empezó a marchitarse. Los golpes de Ogro habían conseguido hacerle crecer en zig zag, y sus ramas, que habían aprendido a buscar el sol tibio de la mañana y quedaban resguardadas del abrasador calor de la tarde, al ser desviadas, se habían empezado a secar. Además, de tanto aguantar las hojas secas para no ensuciar la puerta de Bruja, el tiempo que le quedaba para regenera su sabia era muy poco, y aunque era un árbol jóven, empezó a parecer un árbol muuuy viejo.
A veces, Árbol miraba sus raíces hundidas en la tierra. Sabía que ellas eran las que le daban de comer y las que le permitían estar vivo, pero también las que le sujetaban al lugar en el que no podía ser felíz.
Grillo intentaba animarla todos los días y cantaba para él hermosas melodías que lo mantuvieran distraido. A veces, dejaba de cantar para que pudiera pensar tranquilo, y en una leve sacudida, se deshacía de unas cuantas hojas secas.
Pájaro charlaba con él y le animaba a no rendirse. Cuando venía a visitarle, Árbol se sentía aliviado y estiraba un poquito más sus ramas hacia dónde él quería.
Un día, Árbol comenzó a inclinarse hacía delante. Sin importarle los golpes de Ogro ni los reproches de Bruja porque le tapaba la luz que entraba por la ventana. Y tanto se inclinó, que quebró sus raices y quedó tendido en el suelo. Y comenzó a rodar y rodar. Rodó tanto, que llegó a casa de Leñador.
Leñador miró a Árbol y se dijo.
-¡Qué buen tronco y que buenas ramas!
Cortó las ramas en pedacitos. Algunos los utilizó para avivar el fuego en la chimenea. Las ramas de Árbol, saltaron y bailaron al son de las brasas y se divirtió mucho.
Del tronco, Leñador hizo unas bonitas estanterías. Allí colocó maravillosos cuentos y libros, y Árbol se sentía felíz todas las noches cuando podía elegir a qué escenario de fantasía trasladarse. También sirvieron las estanterías para guardar muchos recuerdos, de viajes que Leñador y su familia hacían alrededor del mundo. Así que es como si Árbol hubiera viajado mucho también.
Ogro y Bruja se encontraron en el hueco vacío que dejó Árbol. Y de repente se sintieron muy tristes y recordaron el día que enterraron la semilla en la tierra. Pensaron que después de aquel esfuerzo, Árbol había sido un desagradecido marchándose sin despedirse.
Jueves, 01 de Septiembre de 2005 01:11 ;?> Hay 4 comentarios.
Hoy me he encontrado de golpe con eso que he estado buscando desde que comenzó el calor. Los vecinos que se arremolinan entorno a los bancos de madera sujetando una cerveza fría entre las manos y picoteando de un plato de aceitunas, mientras parlotean sin parar sobre temas repetidos pero que nunca aburren. Los gritos y risas de los niños que saltan y corretean entre columpios inexistentes. Gente en la calle, alzando sus voces hacia un cielo semiestrellado en el que se confunden las luces de las constelaciones y las farolas, en una competición sin fín por ver quien brilla más. Y todo eso ahora, que agosto se acaba...
Por cierto, ya he regresado.
Lunes, 29 de Agosto de 2005 15:53 ;?> Hay 3 comentarios.
Exigimos libertad de movimientos. Estamos hartos de bailar "paquito el chocolatero"
Deseamos poder charlar con otros nimpoches que se encuentren algo alejados, así como perder de vista al compañero de al lado, en el caso de tener a alguien. Imprescindible contar con labios para eso.
Reclamamos el derecho a separar las piernas, poder mantener el elquilibrio a la pata coja si nos apetece.
Revindicamos unos brazos. ¡Brazos para los nimpoches ya! ¡Abajo la barra de hierro!
Reclamamos libertad de expresión para poder elegir nuestra propia ropa.
Estamos hartos de que inexpertos noveles nos hagan girar y girar sin parar. A partir de ahora será necesario un cursillo mínimo de adiestramiento.
Como última demanda, pedimos permiso para poder establecer contacto con nimpochas, de las que sabemos su existencia, pero a las que nunca hemos tenido el placer de conocer.
Por el bien de todos vosotros, esperamos que se nos tome en serio. Amenazamos con saltar al suelo y en una terrible insurrección, morder piernas y tobillos de todo aquel que se nos cruce por delante.
Dicho queda.
Sábado, 20 de Agosto de 2005 18:31 ;?> Hay 2 comentarios.
"Una vez encontré un genio que me concedió un deseo, sólo uno. Cuando me acerqué y le susurré mi deseo al oído, el genio se enfadó muchísimo. "No pienses que voy a malgastar un deseo en una tontería como esa" y desapareció en una nube de polvo que hizo que mis ojos picaran"
Me gusta contar esta historia porque cada persona imaginará un deseo diferente. Quizá alguien haya imaginado el verdadero.
Lunes, 15 de Agosto de 2005 21:29 ;?> Hay 1 comentario.
Por ser el día que es hoy, muchos cielos se llenarán de colores brillantes y estruendos que llegan a nuestros oídos después de la lluvia de estrellas artificiales que lo provocan.
¿Recordáis cúando mirábais hacia arriba conteniendo la respiración? ¿Recordáis cómo observábaís una culebrilla relampagueante que dejaba su estela en el negro infinito? ¿Y cómo guiñábais los ojos a cada explosión? ¿Os acordáis de como se os escababa un leve suspiro y vuestras pupilas se abrían y cerraban ante un tunel de destellos? ¿Guardaís en la memoria cómo se iluminaba el rostro de al lado, al que mirábais a hurtadillas para ver su reacción? ¿De cómo le apretábais la mano a alguien ante una carrera de ruidos sin brillo? ¿Y de cómo se paralizaba el lugar, caras en alto y aplauso final?
Yo sí.
Domingo, 14 de Agosto de 2005 21:24 ;?> Hay 1 comentario.
Ésto iba a ser un pequeño texto sobre la mañana de hace dos días. Iba a hablar de como me gustó escuchar el sonido de las gotas disolverse en el suelo caliente, el placer que sentí al oler un viento cargado de agua y de cómo lo dejé juguetear un poco con mi pelo. De la luz azul, calmada, sosegada, que como una elegante dama entraba en mi casa sin ninguna estridencia, casi, casi, como en un susurro. Este texto iba a hablar sobre mi primer día de otoño. Mi otoño del mes de agosto. Pero llegué tarde. Y la mañana de hoy tiene tanto que contar, que prefiero contar la anterior. La de hoy, si me lo permitís, me la guardo para mí.
Viernes, 12 de Agosto de 2005 00:58 ;?> Hay 5 comentarios.
me aburro mucho...
Martes, 09 de Agosto de 2005 15:21 ;?> Hay 4 comentarios.
Me aburro....
Martes, 09 de Agosto de 2005 13:54 ;?> Hay 4 comentarios.
Esperábamos impacientes su llamada de teléfono. Todo estaba listo. Regalo, sonrisa "felíz cumpleaños", tarta de cinco kilos y frase tronchante escrita en la superficie, con chocolate.
Como no llamaba, tomamos la iniciativa. El problema fue que al ser muy tarde, se negó a venir. Las intensas negociaciones no sirvieron de nada así que nos quedamos chafados en el sofá, mirándo la tarta con expresión compugida. Y como no había nada que hacer, y no podía ser de otra manera si juntas a cuatro cabezas que en una tarta de cumpleaños han escrito el mensaje "El Lucaash se ha quitao las bfotas", alguien dijo que le apetecía pastel.
Cuando me quise dar cuenta las luces estaban apagadas y cantábamos el cumpleaños felíz a voz en grito mirando un montón de velitas, mientras la homenajeada se encontraba en un bar del centro esperando nuestra llegada.
Si no hubiera existido un malentendido telefónico en el que supuestamente nosotros apareceríamos de un momento a otro ante la cumpleañera para que se nos invitara a cenar el día de su felíz aniversario, habría sido divertido enseñarle al día siguiente, las fotos de cómo nos zampábamos su tarta y soplábamos las velas por ella. Si la espera no se hubiera prolongado hasta casi las tres de la mañana, también habría sido divertido entregarle la tarta a medias y hacerle soplar las 23 velitas medio derretidas.
Maldito pretérito subjuntivo.
Lunes, 08 de Agosto de 2005 01:08 ;?> Hay 6 comentarios.
Él miraba por la ventana del tren. Observaba el paisaje, el reflejo en el cristal de los asientos que había a su lado, y el paisaje opuesto que se colaba en su propia ventana como en un juego de espejos. Pensaba que la ventana de un tren es una puerta a un mundo mágico. Es como una pequeña puerta a través de la cual puedes ver un hermoso jardín, pero esta vez no hay llave que la abra, ni frasco que nos haga enconger para colarnos a través de la cerradura. Si el tren se parara, le encantaría salir. Pisar aquella tierra que veía desde su asiento, pues seguro que no se podía acceder a ella de ningún otro modo, solo así, parando el tren. Se tumbaría entre el maíz y miraría al cielo.
Yo leía arrullada por el traqueteo. Y cuando levanté la cabeza y lo miré, lo imaginé pensando todas esas cosas. Pueden ser ciertas o no.
Viernes, 05 de Agosto de 2005 01:11 ;?> Hay 3 comentarios.
Cuando el camarero me pregunte "¿Qué quieres?" le diré "Una ración de besos y otra de abrazos". En el mercado, al "¿Qué desea?" del tendero le contaré que mi deseo es poder pasear tranquila por una ciudad pequeña con viejas tahonas, espejos, bodegones y grillos. En la tienda, a la amable señorita que me pregunte "¿Te puedo ayudar en algo?" le diré que sí, me puede ayudar ocn el exámen de sintaxis que es realmente dificil. En el fondo, todo el mundo está dispuesto a echar una mano. Sólo hay que saber leer entre líneas.
Sábado, 30 de Julio de 2005 20:26 ;?> Hay 2 comentarios.
Después de comprender que el vivir en una mentira lo único que nos ha de producir es risa, decidimos que era obligatorio erigir un monumento a la figura del Butanero. Sí Señoryseñora.
Conclusión: Delante de una cerveza, la vida es mucho más fácil.
Lunes, 25 de Julio de 2005 17:48 ;?> Hay 2 comentarios.
Los rayos del sol comienzan a colarse por mi ventana, sin ningún permiso y sin llamar. Me giro y aprieto los ojos. Las voces de los niños que han salido a aprovechar la mañana, ahora que no tienen que estar encerrados en un aula. Me giro de nuevo y entierro la cabeza bajo la almohada. Saludos mañaneros con olor a verduras, huevos y pan. Me encojo entre las sábanas, me repliego, me hago una bola, quiero volverme pequeña y desaparecer entre las fibras del colchón. Y cuando lo estaba consiguiendo ha llegado a mis oidos una melodía. El sonido era agridulce, igual de agridulce que las canciones de los segadores. Invitaba a estirar las piernas, separar los brazos, revolverte el pelo y abrir lentamente los ojos. Vislumbrar la habitación bañada por el comienzo de un nuevo día, y poder observar por la ventana un cielo cubierto de antenas y tejas. Y reconozco sonidos pero no melodías. Un timbre musical que llevaba años sin escuchar y que siempre me ha producido la sensación de estar en calma, segura y agusto. Aunque la melodía no sea la misma y ésta parezca más elaborada. Repaso mentalmente todos mis utensilios punzantes, cuchillos y tijeras, y los sueño despierta despidiendo pequeños puntos de luz. Porque la melodía que escuchaba, era la melodía del afilador, que regresó a mis oídos después de mucho tiempo, como un viejo amigo que vuelve con fuerzas renovadas. Ha sido un bonito despertar.
Sábado, 23 de Julio de 2005 01:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.
- Me siento sola - Estás sola. - ¿Estoy sola? - Sí,lo estás. - Pero hay gente. - ¿dónde? - Los oigo. Los oigo ahí fuera. - Pero no están contigo. Sigues sola. - y tú ¿por qué no te vas y me dejas en paz? - Te quedarías más sola. - Es verdad. No te vayas. Quédate conmigo. - Ya lo hago. Siempre lo hago. Siempre estoy contigo. - Si te fueras, quizá viniera alguien. - Si me fuera, tú también te irías. - Lo sé. - No lo digas. Se lo que vas a decir. - ¿Ah sí? - Me vas a decir que me quede a tu lado. - Sí. - Y que no diga nada. - Sí. - Como si no estuviera. - Sí, como si no estuviéramos.
Viernes, 22 de Julio de 2005 01:20 ;?> Hay 1 comentario.
Si me diera la vuelta sobre mí misma, me daría cuenta que todos esos vértices que admiro se vuelven redondos.Y yo me volvería esférica. Y entonces comenzaría a rodar y rodar y rodar. Rodaría desde Madrid a Corfú, y desde allí a San Francisco. Y un día, me daría cuenta de que estoy rodando por un desierto del que ya no reconozco el sabor de la arena que me llena la boca.
Jueves, 21 de Julio de 2005 21:58 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Ese era el menú para cenar con mi amiga, cuando ella saliera de trabajar, es decír, muy tarde. Y no se si será por eso de que cenar gazpacho no es demasiado bueno, o porque irremediablemente mis amigos me siguen sorrpendiendo cada día más, pero he seguido el consejo de mi invitada de "esto lo tienes que escribir en tu blog".
No ha sido nada especial. Ella comía parsimoniosamente tortilla con tomate frito, mientras yo giraba y giraba un pasapurés colocado en el sitido donde debería estar mi plato, porque "el gazpacho con tropezones no me gusta". Así que lo he colado todo de nuevo y mi brazo derecho ahora parece el de Heman, pero ella no ha probado el gazpacho, con tropezones o sin ellos.
Aparte de eso, la noche se ha completado con la recomendación de pedir, como garantía de una apuesta, espermatozoides congelados (no pienso explicar eso en profundidad, así que podéis dejar de leer aquí si queréis), un leve atrangantamiento con agua, y una comprobación a las dos de la mañana del eco que se crea con los edificios de enfrente, utilizando para ello, sonidos estomacales poco ortodoxos....
Lo mejor de todo, es que éste no ha sido un caso excepcional. Las cenas con mis amigos suelen ser así. Y que duren muchos años.
Martes, 19 de Julio de 2005 03:46 ;?> Hay 5 comentarios.
Alguien una vez me regaló una estrella. Tendidos boca arriba, yo sobrecogida ante tal inmensidad, él disfrutando serenamente, con esa tranquilidad que a veces le envidiaba. "mira cuántas estrellas. Elige una", me dijo. Alargué la mano como hacen los niños cuando, fascinados, se les invita a elegir un artículo en una tómbola de una feria. "esa" dije en voz alta, señalando al infinito y clavando mi mirada en un puntito brillante, pequeñito, que brincaba como un infante el día de su cumpleaños entre sus hermanos mayores. "Pues te la regalo. Esa estrella es para tí". No recuerdo cuál es. Ni siquiera sabría encontrarla. Incluso puede que esa misma estrella haya sido regalada millones de veces a otras personas, en otros lugares...Pero una vez me perteneció y fue sólo mía.
Lunes, 18 de Julio de 2005 03:26 ;?> Hay 7 comentarios.
¿Sabes lo bonito de estos momentos? Que enseguida se olvidan. Y cuando vuelves a vivir alguno parecido, Vuelven todos en torrente a la memoria y nos llenan los ojos, las orejas y las narices. Vivir un instante como éste, es volver a vivir todos los instantes, pero no iguales, porque ya han cambiado, ahora hay que añadir uno más. Eso es lo que ocurre con los amaneceres. Cuando ves como el sol despunta, estás viendo despuntar todos los soles que te han sorprendido despierta a lo largo de tu vida. Por eso son tan intensos estos momentos. No lo olvides. O mejor, olvídalo y recuérdalo cuando sea oportuno.
Jueves, 14 de Julio de 2005 01:05 ;?> Hay 2 comentarios.
Todo daba vueltas. Palabras y frases de desánimo, miedos que se hacían con voz propia y no dudaban en estrenar este nuevo don lanzándolo al aire. Pesadas cargas a la espalda, autoimpuestas, exoimpuestas, macroimpuestas, microimpuestas....El grifo llena de agua caliente la bañera, que aunque estrecha, se presenta como una agradable salvación. El aparato de música lanza acordes que se funden con la nube de vapor del cuarto de baño, y la voz de una mujer acaricia suavemente un cuerpo medio sumergido en el agua. Olores de jabones que no eran olidos desde que era una niña invitan a cerrar los ojos. Solo se escucha la música y el sonido agradable que produce el agua cuando un cuerpo se mueve con cuidado dentro de ella. Un frasco resbala y se sumerge, pero lo hace suavemente, sin estruendo, con el tono de una sola gota flotando en el ambiente, animando a ser recordado. Es hora de aclararse el jabón y envolverse en un albornoz. Ahora, si nada falla, en el espejo debería aparecer el reflejo de una Gilda sonriente que comenzará a cepillarse una sedosa melena pelirroja. No es así. Y lo mejor, es que no me importa.
Martes, 12 de Julio de 2005 21:43 ;?> Hay 2 comentarios.
La discoteca de verano, gozaba de una pista de baile que contaba con un palco intentando imitar el estilo griego y cinco escalones enormes, enyesados y pintados, que hacían las veces de tarima para bailar. Las 17 primaveras de mi amiga estaban en todo su esplendor y lo demostraban a toda la concurrencia masculina que por allí caminase. Mis 17 años pasaban más desapercibidos, y solo llamaban la atención a la concurrencia femenina que criticaba mis extrañas ropas y las trenzas de mi pelo.
Como tantas noches, mi compañía habitual desapareció por la puerta de la mano de un chico buen parecido, y yo me quedé con un grupo de personas que fueron desapareciendo poco a poco. Para cuando esto ocurrió, yo me encontraba charlando con dos chicos a los que conocía vagamente, de haberlos visto anteriormente en algún sitio, pero sin saber especificar cuál.
Animada por la música pachanguera que reventaba mis oidos, me subí en el primer escalón y comencé a bailar. (Creo que en ese momento conseguí reunir sobre mi persona, más miradas femeninas de las pueda reunir en toda mi vida junta). Uno de mis dos consortes, un chico moreno de complexión fuerte, se animó y se subió conmigo a bailar. Lo hacía realmente bien y animó a su compañero a que hiciera lo mismo. Acabamos subidos en el tercer escalón (cosa que rozaba los límites de la imprudencia en un pueblo como aquel) y convenciendo al pincha discos para que cambiara de música.
Conseguí persuadir al chico moreno para que todos las copas a las que pretendía invitarme se convirtieran en cervezas, y así logré mantenerme en pie. Cada cierto tiempo, mi pareja de baile miraba el reloj y me gritaba al oído "¡Y a las cinco al campo!". Voy a explicar esto de ir "al campo" para los que sean muy urbanitos. Para las gentes del mal llamado "mi pueblo", alrededores y supongo en cualquier entorno rural, ir "al campo" no supone ir a pasar el día de picnic a las afueras de la ciudad. Supone marchar a un terreno ocupado con vides, olivas o cereal, y trabajar allí podando, cavando, regando o arando hasta más o menos las dos de la tarde. Cuando me decía ésto, yo miraba sorrpendida el reloj "te quedan dos horas" le decía, a lo que él sacudía la cabezay contestaba "¡ya no duermo!". Cuando dieron las cinco, le miré angustiada y me vociferó "¡A las cinco ya no llego, tendrán que ser las seis!".
A las cinco y media, amablemente me acompañaron a casa y marcharon a cambiarse de ropa para comenzar una molesta jornada de trabajo en domingo, que asumían sin ninguna pesadumbre por su parte.
El domingo, durante la hora del café, la amiga que me abandonó, me contó sus venturas y desventuras con su pareja nocturna y luego me dijo "Bueno....¿y tú qué?, sabrás que todo el pueblo está hablando de tí hoy", a lo que yo sorprendida respondí "Anda y ¿por qué?, si solo estuve bailando un rato, ni que nunca me hubieran visto subida a los escalones pegando brincos..." "hombre, ya", replicó mi amiga "Si por tí no era, pero nunca habían visto a los dos seminaristas tan animados...Sabías que los dos toman los hábitos este verano ¿verdad?"
Entonces recordé de que me sonaban las caras de mis dos bailarines del sábado noche. Los había visto caminar detrás de la procesión, vestidos de monaguillo, mirando con pasión un cristo agonizante mientras sujetaban una vela.
Viernes, 08 de Julio de 2005 14:18 ;?> Hay 2 comentarios.
La noche se planteaba bien. Solas en casa de una amiga, 16 desbordantes años de "quiero-saber-de-todo-y-como-ya-soy-muy-mayor-puedo-hacer-lo-que-me-de-la-gana" (eso sí,quenoseenterenmispadres), la feria del pueblo de al lado (famosas en toda la comunidad), y un mueble bar repletito.
La anfitriona de la casa, llegó una hora y media tarde, con el otro 25 por ciento de la congregación en un estado semejante al de un Hooligan en Mallorca. Se disculpó amablemente, entre los gritos de "¡miraaaaaaaaaaa me he potado toda la bota nueva!" de su acompañante.
Voy a ahorrarme los preliminares, ya los contaré en otro momento. A mitad de la noche, alguien propuso escuchar una psicofonía. Y yo, que había aguantado el tirón del chupito de Jack Daniels con cara de "tomo whisky todos los días para desayunar", empalidecí. Despues de asegurarme una y mil veces que aquello no daba miedo (Es una chorrada estúpida, se sabe que todo fue un monataje, trae la fregona que he vuelto a vomitar), nos encerramos en el dormitorio, nos sentamos en la cama y alguien le dió al botón de play. Lo siguiente que recuerdo es que tenía la cabeza debajo de la almohada, y cantaba a voz en grito "B-I-N-G-O que se llamaba Biiiiingoooooooo". Cuando mis amigas consiguieron tranquilizarme, volvimos a salir al salón. Entonces escuchamos un estruendo en el portal. Sonó como si una bombona de butano hubiera caido rodando por las escaleras.
El 75 por cierto de la reunión amistosa iba bastante afectada por nuestro amigo Jack y su compañera María, así la peregrinación a la puerta para mirar por la mirilla, fue un tanto esperpéntica. Allí, la dueña de la casa pegó la nariz a la puerta y luego la ví marchar a la cocina farfullando algo así como "jodido yonki, cagonsumadre, verastúahora" Y cuando reapareció llevaba un cuchillo carnicero en la mano.
Y entonces cundió el pánico. Yo me refugié detrás de la pared del pasillo y solo podía decir "Suelta el cuchillo, por favor, antes de nada suelta el cuchillo". Amiga número dos dando tumbos marcha a la cocina y viene armada con el cuchillo del pan "y las tijeras del pejcao porque no había otra cosa". Amiga número tres, mirando la puerta divertida y habiendo abandonado sus botas en la cocina, se lanza contra la puerta a la voz de "hooooola yonki, ¿Cómo estás?". Rugido de amiga número uno "¡A ese joputa lo rajo!", cling-clong-clang de tijeras de "pejcao" y cuchillo del pan de amiga número dos que se queda paralizada, y mi persona lanzada en plan supermán contra la puerta, justo a tiempo para cerrarla y atrancar con dos cerrojos y la cadena.
Después de este ataque de pánico, observamos mejor, y descubrimos que el supuesto yonki era una anciana vecina, que estaba limpiando la escalera (a las cuatro y media de la mañana) con un trapo y con los pies. Mi teoría de que su hijo había llegado completamente colocado, y la señora enfadada y en un arranque, le había arreado con la bombona de butano, se lo había cargado y ahora limpiaba la sangre, no hizo nada de gracia, pero yo, una vez guardados cuchillos y objetos punzantes, tenía ganas de juerga. Observé la cara de mi amiga número uno, estaba seria y pensativa de pronto, se levantó y poniendo su cara a dos centímetros de la mía me gritó "¡PERO NO TE DAS CUENTA QUE SI SE LLEGA A ABRIR LA PUERTA, TAL Y COMO ESTABA YO, RAJO A LA VIEJA DE ARRIBA ABAJO!". Entonces empalidecí y me callé, pero ella añadió "IMAGINATE SI MI PADRE SE ENTERA DE QUE NOS HEMOS FUMADO SU MARIHUANA!"
Viernes, 08 de Julio de 2005 01:40 ;?> Hay 2 comentarios.
Un día dijo basta, y decidió olvidar. Primero de todo olvidó los malos ratos. Aquellos minutos interminables en los que la angustia se apoderaba de ella y la habitación se hacía demasiado grande y ella demasiado pequeña. Luego olvidó las regañinas y los enfados. Los gritos, las palabras más altas que otras, los insultos arrojados a la cara como un jarro de agua fría o lanzados por la espalda, calientes como un hierro al rojo. Más tarde se deshizo de las bofetadas, de los momentos tristes, de las decepciones y desilusiones todo de una vez. Pero no tenía bastante, así que decidió olvidar también los momentos de dolor físico. Y como aún le parecia poco, de un plumazo olvidó las lágrimas y los nervios que se agarrotaban en el estómago y en la voz. Frenética comenzó a olvidarse también de la desorientación, las frases de ánimo y también de las de compasión. Le siguieron las confesiones y las carcajadas, pero luego se animó y también desterro las risas y las sonrisas. Las bajadas de ojos, las caricias, los abrazos, los saludos y las despedidas. Se olvidó de los amaneceres, de los atardeceres y de los crepúsculos. De las canciones y de los gritos, de los susurros, de los gemidos. Al final se olvidó también de los secretos inconfesables y de los inconfesados. Y cuando se olvidó de los besos robados, nunca más se volvió a levantar.
Jueves, 07 de Julio de 2005 02:12 ;?> Hay 2 comentarios.
En mi imaginación es otoño. Es otoño y yo llevo un abrigo marrón de paño, bufanda y guantes. Camino por la calle llena de hojas secas, de una ciudad bonita, silenciosa, y llena de gente que pasea sin importarle el viento que comienza a soplar. Llamo a una puerta y me recibe una sonrisa. Y en una habitación casi sin iluminar, nos apiñamos un grupo de personas, que fumamos, charlamos, reímos y escuchamos la música procedente de un aparato entorno al cual todos estamos sentados. De vez en cuando, nos callamos y el silencio se llena solamente con acordes. Algunos cerramos los ojos, otros miran por la ventana. Si alguien saca un libro, se abre por cualquier página y se leen las palabras, y quedan suspendidas entre nosotros y las notas arrancadas de una guitarra, o de un piano, o de un tambor. Cuando hace frío, nos arropamos unos a otros, con mantas y abrazos. Y cuando la botella, llena de un licor que embriaga pero no emborracha, se acaba, Regresamos paseando, escuchando nuestras pisadas en las aceras húmedas por la leve lluvia que ha caído. Pero sólo en mi imaginación.
Sábado, 02 de Julio de 2005 21:48 ;?> Hay 2 comentarios.
Mis horrorizados ojos contemplan una enorme figura de chocolate a imagen y semejanza de Elton John. (Por favor, ¿no habíamos quedado en que los contenidos obscenos y de mal gusto se dejarían para fuera del horario infantil?). Mi ascendente masculino directo, que se encontraba en un estado de semi-inconsciencia siestil, despierta de pronto y comienza a contarme una batallita. Normalmente es la parte femenina de la casa la que narra aventuras y desventuras, mientras la parte masculina ameniza la velada con ronquidos, así que muy interesada me he propuesto escucharle.
El pueblo de mi ascendencia masculina directa, es pequeñito, medio despoblado, y sólo lo he visitado cuatro veces. En una ocasión, se obsequió a la iglesia con un cristo tallado en chocolate, con motivo de la celebración de la virgen de agosto. Esta novedad, animó a la totalidad de los habitantes, y muy felices, pidieron por votación popular que se bendijera al místico bombón durante la misa del día de la gran fiesta. El cura accedió complacido y colocó a Jesus-sweet-Christ en una capilla de la pequeña ermita.
El día 15 de agosto, los feligreses y feligresas lucían sus mejores galas, los niños habían sido peinados con raya en medio y las niñas enseñaban orgullosas sus calcetines calados, cuajados de lacitos y encajes. Después de la misa tradicional, el curo se giró y le pidió al sacristan que le acercará el cristo de chocolate y el agua bendita para proceder a su bendición. Cuando el sacristán se acercó a la capilla, la figura había sucumbido a los calores de agosto en tierras manchegas, y ocupaba su lugar una masa informe de color marrón. Sin saber que hacer, y temiéndo que la ira del cura recayera sobre su persona, el sacristán se giró y en un tono de voz lo suficientemente alto para probar su inocencia dijo:
"Señor Cura, el cristo se ha cagao y se ha ido".
Viernes, 17 de Junio de 2005 17:23 ;?> Hay 4 comentarios.
Los sentimientos olvidados, crean la misma sensación que una visita pesada. Un día llaman a tu puerta, y tú te asomas por la mirilla. Dan ganas, lo reconozco, de quedarse muy callada y esperar hasta que se marche, pero en cambio le abres la puerta y le dices "vaya,¡cuánto tiempo sin verte!, pasa, pasa". Y entonces el sentimiento olvidado, se instala cómodamente en tu vida de nuevo. Ahí es cuando empieza de nuevo nuestra agonía "¿vendrá para unos días o piensa quedarse un tiempo?", o lo que es peor, "¿piensa instalarse aquí para siempre?". Así pasan los días, y te lo cruzas por los pasillos. Sonríes y saludas amablemente, aunque te dan ganas de empujarle balcón abajo cuando se asoma a fisgonear. Consume todos tus recursos, no te deja pensar en otra cosa, y tienes un estado de nervios tal, que ladras cada vez que alguien te hace preguntas de la vida cotidiana, como "¿quieres el café con hielo o con leche?" o "¿Te acuerdas en qué siglo se llevó a cabo la guerra de los teatros en Inglaterra?". Afortunadamente, después de un tiempo se marcha. Te despides de él aliviada, agitando la mano. Y es entonces cuando te encuentras a tí misma, echándolo de menos....
Jueves, 16 de Junio de 2005 02:10 ;?> Hay 1 comentario.
Es un fantástico mundo el de los okupas veraniegos. Desde hace tres veranos, son cinco los que se instalan tranquilamente en los techos de mi casa. Dos de ellos son viejos conocidos. Dos bichejos de color verde limón, de estilizadas y delicadas alas y medio centímetro de largo. Caminan despacito, dando pequeños vuelos cortos posándose delicadamente sin ruido de nuevo en el techo. Este año, uno de ellos se ha adelantado. Será la avanzadilla, porque el pasado verano, llegó a haber overboking en los altillos de mi casa. El resto de la plantilla lo forman una polilla gorda y despistada que intenta desesperadamente romperme la lámpara...no puedo quejarme, su gusto estético demuestra ser mucho más refinado que el de mis padres. La acompaña un insecto alado indefinido de color oscuro. Es el más tímido de la plantilla, pocas veces sale a saludarme. El quinto fue una visita fugaz que no ha vuelto a repetirse. Creo que se marchó ofendido por el modo en el que le pedí gentilmente que se fuera. Estando yo felizmente reposando en el sofá, mientras enrojecía mis ojos con una película lacrimógena de madrugada, escuché el zumbido de lo que podía haber sido perfectamente un montacargas pidiendo atención. Al ver una sombra en la pared y escuchar el sonido metálico de mi lámpara al chocar contra algo, me imaginé que la polilla habría ganado peso durante el invierno. Pero al levantar la vista lo que ví fue un espectáculo maravilloso. Un murciélago de unas dimensiones bastante generosas daba vueltas y vueltas alrededor de las dos únicas luces que quedan con vida en los horribles brazos de la lámpara metálica. "¡Ah no!" me dije a mí misma "¡mamíferos de ningún tipo, tengan alas o no!" así que cerré la puerta del comedor para que no se instalara cómodamente en ningún otro rincón de la casa. Luego me dí cuenta por su comportamiento que probablemente tuviera un importante transtorno de personalidad y se creyera polilla. Pensaría que el mejor modo de ser aceptado entre los demás insectos, sin que éstos desconfiaran y temieran por su vida, era alojarse en una casa de tan buena reputación como la mía. Así que intenté dialogar con él, amablemente. Pero no parecía escucharme. Tenía el mismo empeño que mi inquilina la polilla: acabar con mi lámpara de techo, aunque obviamente el murciélago amenazaba con conseguirlo...y supongo que a mis padres no les valdría como excusa "un murciélago esquizofrénico se ha cargado la lámpara" y sospecharían de mí. Busqué a la polilla para que me ayudara, pero habiendo reconocido a un depredador natural, se había recluído entre mis trofeos de voleibol y demás figuritas de bodas y recuerdos de la geografía mundial. Así que no me quedó otro remedio. Tengo que velar por el buen nombre de mi casa. Y admitir un murciélago entre mis inquilinos no colaboraría a ello. Cogí el cepillo de barrer y lo expulsé de mi comedor, no sin que antes tirara al suelo y rompiera en mil pedazos una escalofriante figura de porcelana en forma de borreguito. Si vuelve por aquí algún día, le daré las gracias por ello.
Martes, 07 de Junio de 2005 01:38 ;?> Hay 4 comentarios.
Estreno atuendo (look para los que seais muy chic) , y bien molón. Nunca soñé con tener este aspecto tan maravilloso, ahora puedo perder de verdad a mi dueña por cualquier vagón de metro. No la necesito, pues la gente sólo tendrá ojitos para mí...Presumida que es una....
Viernes, 03 de Junio de 2005 02:03 ;?> Hay 4 comentarios.
Milagrosamente aguantaban el equilibrio de su propio cuerpo en las escaleras mecánicas. Ocupaban las dos filas y se notaba que eso molestaba al resto de viajeros, pero nadie decía nada. Allí estaban, muy juntitos, con la mirada perdida y hablando demasiado alto. La coleta en la que ella llevaba recogido el pelo, dejaba escapar algunos mechones, que nerviosamente se metía detrás de las orejas, para que acto seguido se volvieran a escapar. Sus manos tenían las uñas mordidas, y eran muy delgadas, como garfios. Sujetaban un cigarrillo entre los dedos con la destreza del que lleva fumando mucho tiempo. Una vida entera pegada a un cigarrillo. Llevaba un bolso grande, sucio, roído, y parecía pesar demasiado para la fragilidad de su cuerpo. Él vestía, como ella, un chándal. Un chándal que dejaba asomar unos calcetines que se mantenían abrazados alrededor de un tobillo hinchado, agotado de caminar. Sus zapatillas, de esas del "todo a cinco euros", de esas del montón, se arrastraban renqueantes e inseguras a las órdenes de unos pies que parecían tener vida propia y estar cansados de ella. Algo discutían y a su alrededor se había creado un espacio vacío del que parecían no percatarse. Se reñían el uno al otro, miraban a los lados, sacudían la cabeza y cuando sus miradas se encontraban, volvían a reñirse. Sus voces tenían el tono monótono y arrastrado en el que coinciden todos aquellos que han sido y siguen siendo esclavos de la heroína. Si hubiera prestado atención, el resto de mundo hubiera escuchado alguna palabra cariñosa entre las reprimendas que uno a otro se dedicaban. Pero el mundo no prestaba atención, solo miraban con espanto y desconfianza. De arriba a abajo, desde el agujero de la zapatilla en la punta del pie, hasta la flor roja del coletero. Cuando el interminable camino de las escaleras mecánicas terminó, se pararon un instante. Escuché un "no" y un "pues me voy". Me asombré al ver el paso decicido de la mujer avanzando con una dignidad que no esperas en ese cuerpo. Atravesó el hall y alcanzó la puerta de salida. Él, quedó parado, como perdido. Dió media vuelta y sus ojos chocaron con los míos por unos instantes, pero sospecho que nisiquera los miró. Volvió a girar y la buscó entre la multitud. Su voz se quebró en un "espera" y un "perdóname" quedó flotando a mi lado mientras lo veía correr, con zancadas largas y temblorosas, con todo su cuerpo inclinado hacia adelante, intentando cortar el viento, intentando ser más veloz, maldiciendo por notar que sus movimientos se llevaban a cabo a cámara lenta. Un pasillo se abrío a ambos lados de su carrera. Tenía espacio libre para ir más deprisa y alcanzarla. Creo que se me nubló la vista, y tuve que bajar la cabeza. Todavía me emociono al recordar la ternura con la que sus ojos pugnaban por una solución y buscaban un coletero rojo entre la multitud. Los he vuelto a ver sólo una vez. Abrazados, riéndose, ella agarrada al cigarrillo, él agarrado a su cintura. Pasean por cuatro caminos como dos enamorados más. Dos enamorados a la que la gente les deja paso libre. Aunque no lo hicieran, no importaría. Ellos no nos ven. Sólo se ven el uno al otro.
Viernes, 20 de Mayo de 2005 02:11 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Un domingo como otro cualquiera. Sin demasiados planes. Un domingo cansado. Y alguen propone ir a patinar. Nos alejamos unos kilómetros para encontrar un pabellón de hielo que nos guste. Y al entrar, mochila al hombro, siento como me da un vuelvo el estómago. ¿Acaso estoy nerviosa por patinar? ¿Me preocupa que mi pies no quepan ya en mis patines?...Pero he comprendido enseguida. El olor del hielo me ha puesto nerviosa. Era la misma sensación que me provocaba a los 14 años, cuando pasaba tardes enteras en una pista de patinaje sobre hielo, riendo, hablando, llorando, contando...en fín, creciendo. Curioso sitio para crecer. Curioso sitio para comenzar a sentir esas cosas que se sienten a los 14 años. Muchas emociones, o quizá lo que a mí entonces me parecían emociones, acompañadas por el olor característico y metálico del hielo consegido a base de mucha agua y gas natural. Lo mejor ha sido al mirar a mi alrededor. Y al ver las caras que se deslizaban a mi lado, igual que antaño, exactamente igual que en aquellas tardes, he comprendido porqué el olor del hielo es para mí algo especial.
Lunes, 16 de Mayo de 2005 01:28 ;?> No hay comentarios. Comentar.
En un día tan malo como hoy, se agradece poder salir al balcón y oler ( un poquito porque mi nariz tiene un tapón) la lluvia. No puedo decír tierra mojada porque mentiría, no, ya no. Si cierro los ojos es como si estuviera en el mar. Las hojas se mueven y hacen "shhhhh, shhhhhh" (las olas). El viento sopla y hace "uuuuhh, uhhhh" (la brisa). Las persianas crujen y hacen "crraaaak patacraaak" (las maderas de mi barca)... Y así viajo, sin salir de mi balcón.
Jueves, 12 de Mayo de 2005 01:20 ;?> Hay 1 comentario.
En la estación estival, mis incursiones nocturnas al balcón se veían recompensadas por el murmullo de las hojas de los árboles, que se mecen cuando sopla una brisa suave. Podía quedarme horas apoyada en la barandilla y observando la calle desierta. Si cerraba los ojos, ese agradable rumor me acariciaba y era el mejor "buenas noches" que podía recibir. En las largas y tortuosas madrugadas sofocantes, me levantaba a hurtadillas y me sentaba en la terraza. Esa nana me arrullaba hasta que mis párpados se volvian pesados y caían lentamente sobre los ojos otra vez.
Este año he visto como han florecido los árboles de un parque alejado. Poco a poco. Ahora estan cubiertos de hojas y veo mecerse sus cabelleras al ritmo del viento, bailando en la lejanía. Pero este año algo ha cambiado. El parquecito que hay bajo mi ventana ya no es el mismo. El arbol que me dormía y a veces me hacía sonreír como una idiota sin razón alguna, el árbol que ejectuba su danza con más gracia, con más experiencia, el árbol que me dedicaba a mí sus canciones, ya no está. Un día me desperté con un desagradable ruido. Un sonido que desde siempre me ha hecho estremecer: El sonido de una sierra cortándo un árbol vivo. Escondí la cabeza bajo la almohada y me quedé inmóvil, deseando estar dormida todavía. Pero aquel árbol estaba siendo arrancado de mi vida. Solo llegué a asomar mi cara entre mis manos a la ventana, y ví sus ramas, cuajadas de yemas descansar en un camión como pequeñas ninfas muertas. Las lágrimas acudieron a mis ojos en un gesto de despedida y mi voz se tornó débil y apagada porque también ella estaba triste. Ahora mis amaneceres están vacíos. Mirar el parque me produce tristeza y asfixia. Cuando recuperaba sus hojas, sus ramas me impedían ver más allá, y tenía que levantar la cabeza hacia el cielo y mirar la distancia. Todavía lo hago. No me acostumbro a observar ese campo de visión que ha estado oculto tanto tiempo. Escudriño el suelo en busca de sus raíces e intento cerrar los ojos e imaginarlo. Y a veces lo veo bailar otra vez para mí. Pero no es algo real.
Poco a poco, desaparecieron todos los árboles. Lentamente sin hacer ruído, y de aquel gran ballet, no queda ya ninguna danza que mirar. Exactamente igual que pasará con nosotros. Yo que ahora escribo, tú que ahora lees. Algún día nos marcharemos, sin hacernos notar. Y en poco tiempo, nuestros bailes se habrán olvidado. O quizás, quede alguien que, como yo, nos imagine. Para mí puede que sea suficiente.
Lunes, 09 de Mayo de 2005 03:50 ;?> Hay 2 comentarios.
Hace ya algún tiempo comencé a buscar un libro que leí en mis años escolares. He encontrado el título, pero ninguna de las nuevas ediciones mantiene las ilustraciones que tanto me hicieron soñar. Así que dado que mi búsqueda por internet ha sido del todo infructuosa, hoy me he decidido por buscar en una librería de viejo. Ya conocía la tienda. Había asomado mi cabeza tímidamente alguna vez. Pero hoy me he sumergido de lleno en el espacio con más libros por milímetro cuadrado de todos los que conozco.
El bullicio de la carretera cercana se apaga al entrar en la librería y de fondo, el sonido de una emisora de radio con música tan variada, que de primeras crea un esperpéntico contraste con el lugar en el que me encuentro.
Resuelta (tanto como mi camirar de perfil entre las altas torres de libros me permitían) he avanzado por la tienda. Allí dentro, solo somos tres personas: Un hombre al que grácilmente he adelantado en la puerta, de cabello blanco y americana marrón sofocante, que lo mimetizaba con el medio, y el librero, escondido detrás de una estantería colocada estratégicamente. Fantaseo pensando qué esconderá el librero allí detrás. Pero en lugar de preguntárselo, saludo cortestemente, cosa que la americana marrón no ha hecho.
Ya en el espacio reservado para "infantil y juvenil" no he podido evitar la tentación de arrastrar un dedo sobre el lomo de los libros. Me he encontrado con viejos amigos a los que casi tenía olvidados. El ejemplar que busco no lo encuentro. Unicamente doy con uno de otra colección que me mira hostil, con sus ilustraciones tristes y descoloridas. Así que acudo en busca de la sabiduría infinita del amo de la fortaleza de tinta, tintero, pluma y palillero.
Cuando le planteo mi pregunta me sonríe. "El título me suena de oirlo...." Le expongo mi problema. No se el nombre de la editorial, ni el de la colección, ni el del ilustrador. Sólo soy capaz de decirle que se cuáles no son. Perplejidad del guardian ante mi exposición. Buscamos juntos, de nuevo, en aquel angosto callejón de historias. Al observar un libro verde que ha llamado mi atención lo sostengo y digo "el formato era éste". Así que repasamos los títulos publicados de la colección. Ni rastro de lo que busco. Disculpa amable del librero "de ilustradores no entiendo, pero puedes seguir buscando"
Resignada, me olvido y me pongo a observar con deleite los estantes. Autores españoles, en francés, Humanidades....En la tienda somos cinco y el librero, que ha vuelto ha desaparecer tras su fuerte de papel. Todos los señores de la tienda visten traje. Son tres. Una señora pregunta si también se compran libros. Soy la más jóven del lugar, como dicen en los cuentos.
No se cuánto tiempo llevo en la tienda, pero ya me remuevo como un pez, con facilidad y gracia entre los anaqueles. Mis ojos se posan en un libro. Pedro Páramo. Instintivamente lo cojo, lo abro, lo miro y ya no lo suelto. Sigo mirando más tentaciones que me llaman a gritos. Desde Hardy, con sus pastas elegantes, hasta un tratado de Saussure, edición de la década de los cincuenta.
Pero yo abrazo mi librito. Lo siento temblar entre mis dedos, temeroso de que me arrepienta. Me acerco al librero y le extiendo el ejemplar. Él lo abre y me señala las páginas pintadas a lápiz, llenas de anotaciones. "¿Sábes que está...?" Nuevo estremecer del librito en sus manos. "Sí" le interrumpo. No quiero que humille a mi nuevo amigo. El librero me hace una rebaja en el precio, pago y me marcho.
Quizá piense que estoy loca, que soy jóven y todavía no se comprar. Pero lo que él no sabe es que el libro me pidió desde la estantería que lo llevara conmigo, que lo rescatara del desprecio y la humillación de todos los que lo rechazan por haberse dejado exprimir al máximo, como sus notas al margen delatan.
¡Qué tontos! Mi libro encierra un secreto. Y es que contiene dos historias: La que sus páginas cuentan en nombre del autor, y la que el lector dejó plasmada de su puño y letra.
Viernes, 06 de Mayo de 2005 11:23 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Arrastrar con cuidado un boligrafo sobre un papel sólo por el placer de hacer menos infinito ese recurso inagotable de combinaciones que un sistema lingüístico ofrece. Ardua tarea da del poeta, que por haber nacido unos siglos más tarde, (unos siglos señoras, díganme que son 200 ó 300 años en la historia de nuestro viejo planeta), ve reducido notablemente el número de combinaciones originales a su disposición. Se adopta entonces la técnica del disfraz, de la máscara; es decir, del sinónimo. Cambiar palabra a palabra algo que en un tiempo sonó magnífico. Retorcerlo, hacerlo igual pero con menos magnificencia. Afortunadamente contamos con un don precioso que juega a nuestro favor: La connotación y el subjetivismo. Dos musas aliadas que permiten que un sólo texto se convierta en millones de textos diferentes. Díganme entonces ¿Cuántas Ophelias hay en el mundo? ¿Cúantas Bel-Imperia? ¿Cuántas Pecola? ¿Cuántas Dulcinea? La respuesta no es fácil. Hay un número monstruoso suelto, libre, sin correa ni bozal. Lo que en algún momento pudo resultar un magnífico aliado, se torna ahora en pesadilla. Los textos toman vida propia y se independizan de sus creadoras. Adoptan a nuevas madres que los miman y hacen suyos. Y lo que es peor: Este ejército de rebeldes nos sobreviven. Tanto que después de mucho tiempo, ni siquiera los reconoceríamos. Los miraríamos como una madre defraudada que sujeta a su criatura por los hombros y le dice "¿qué te ha pasado?". Altivas, levantarían la barbilla. Han perdido la esencia que les dimos, pero han adoptado otra, dos, mil, millones...Son más grandes que nosotras y ya no estamos ahí para frenarlas, revindicar como nuestra la palabra. Así que es aquí donde reside el infinito, es por ésto por lo que el sistema de palabras de una lengua nunca se acaba y siempre es original. Es eso lo que nos asusta. Y cualquier intento de cambiarlo será inútil. Incluso éste.
(Gracias a Pierre Menard por hacerme reflexionar sobre ésto)
Miércoles, 04 de Mayo de 2005 16:40 ;?> No hay comentarios. Comentar.
¡Qué de cosas nos quedan por aprender! Si durante un puente largo, la opción es salir a hacer una barbacoa, ahí van unas nociones básicas para que la empresa sea todo un éxito.
1. Llegar temprano al sitio elegido, o en su defecto mandar una avanzadilla (vease tambien pringado de turno) a reservar sitio, mesa, sombra y barbacoa. 2. Asegurarse de que la carne no está congelada antes de acometer la misión de asarla. 3. Llevar contigo unas pinzas, o algún objeto no conductor del calor, para mover la carne cuando está sobre las brasas candentes (si es que ya se ha descongelado). 4. Nunca olvidarse el abridor (o en su defecto al amigo o amiga que te abre el botellín con los dientes). 5. El hielo en una bolsa no enfría las cervezas que están en otra. Intenta ponerlo todo junto si deseas tener bebidas no indigestas.
Con estas cinco premisas el día se presenta como agradable. Pero si queremos una jornada realmente inolvidable, tenemos que agenciarnos con el "kit del dominguero".
1. Gorra de publicidad y riñonera. 2. Calcetines (raya roja y raya azul) subidos casi hasta la rodilla. (el modelo de calcetín con dos raquetas bordadas tambien nos vale) 3. Bermudas psicodélicas y chancla de marca. 4. Reproductor de música con una selección de las canciones más horteras que estén de moda. Si no se dispone de ellas, recurrir a los chichos, los chunguitos, cualquier grupo que empiece por "los C...", o una recopilación de grandes éxitos de radio olé. 5. Sombrilla, mantel, raquetas, juego de petanca, balón de fútbol desinflado, colchoneta de playa y caja de puros para invitar a los amigos.
Pese a lo que pueda parecer, el dominguero es buena gente, siempre está dispuesto a echar una mano y tendrás su amistad para siempre si accedes a sus ofertas de trueque, por las que siente una pasión incontrolada: -Majetes,¿nos daís un vasito de vuestra Sangría? Si quereís vosotros os podeis pasar por la mesa del árbol grande y tomaros un cafelito, que veo que no tenéis....
Y es que como siempre, hay algunos que ni para domingueros servimos.
Martes, 03 de Mayo de 2005 23:06 ;?> Hay 1 comentario.
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Le
he mangado este diseño al bueno de
Nadie,
de aquel
blog
que tanto me gustaba y que todavía de vez en cuando, repaso
como un si
fuera un libro viejo.
Además, gracias por los fondos a secondhandrose
con su fantástica colección de papel pintado.